Sábado 23 de agosto La luz que emana de los que reciben a Jesucristo no se origina en ellos. Toda ella procede de la Luz y de la Vida del mundo… Cristo es la luz, la vida, la santidad y la santificación de todo aquel que cree, y su luz debe ser recibida e impartida en toda clase de buenas obras (La maravillosa gracia de Dios, p. 124). Se me ha mostrado que los discípulos de Cristo son sus representantes en toda la tierra; y Dios se propone que sean luces en las tinieblas morales de este mundo, esparcidos por todo el país, en los pueblos, aldeas y ciudades; “espectáculo al mundo, y a los ángeles, y a los hombres”… Él desea que las almas de ellos se saturen de los principios del cielo; pues entonces, al tener contacto con el mundo, manifestarán la luz que hay en ellos. Su inquebrantable fidelidad en cada acto de la vida será un medio de iluminación (Servicio cristiano, p. 26). Nuestra luz debe brillar en medio de las tinieblas morales. Muchos de los que están hoy en las tinieblas verán que hay una esperanza de salvación para ellos, cuando perciban un destello de la Luz del mundo. Tal vez vues- tra luz sea pequeña; pero recordad que es Dios quien os la ha dado, y que él os tiene por responsables de hacerla brillar. Es posible que alguien encienda su antorcha en la vuestra, y que su luz sea el medio de sacar a otras perso- nas de las tinieblas (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 369, 370). Domingo 24 de agosto: Ser la luz del mundo. La humanidad por sí misma no tiene luz. Aparte de Cristo somos un cirio que todavía no se ha encendido, como la luna cuando su cara no mira hacia el sol; no tenemos un solo rayo de luz para disipar la oscuridad del mundo. Pero cuando nos volvemos hacia el Sol de justicia, cuando nos relaciona- mos con Cristo, el alma entera fulgura con el brillo de la presencia divina.

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