Notas de Elena | Lección 8 | La unidad en la fe | Escuela Sabática|4to. Trimestre 2018

La unidad en la fe

Sábado 17 de noviembre

Nunca encontramos a dos personas exactamente iguales. Entre los seres humanos como en las cosas del mundo natural existe la diversidad. La unidad en la diversidad entre los hijos de Dios, la manifestación de amor y tolerancia, a pesar de las diferencias de disposición, éste es el testimonio de que Dios envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores.

La unidad que existe entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de uno ni otro. Son uno en mente, propósito y carácter, pero no en persona. El hombre, al someterse a la ley de Dios y participar de su Espíritu, llega a ser participante de la naturaleza divina. Cristo conduce a sus discípulos a una unión viva consigo mismo y con el Padre. El hombre se completa en Cristo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en su mente. La unidad con Cristo establece un vínculo de unión de los unos con los otros. Esta unidad es para el mundo la prueba más convincente de la majestad y la virtud de Cristo, y de su poder para quitar el pecado {Hijos e hijas de Dios, p. 288).

La unidad del pueblo escogido de Dios ha sido terriblemente sacudida. Dios ofrece una alternativa, la cual no es una influencia entre muchas ni está en el mismo nivel que las demás; en cambio es una influencia que supera todas las demás influencias que existen sobre la faz de la tierra; su naturaleza es correctiva, animadora y ennoblecedora. Los que trabajan en el evangelio deberán ser íntegros y estar santificados, pues se relacionan con los grandes principios de Dios. Unidos con Cristo, son colaboradores con Dios. Así es como el Señor desea unir a sus seguidores para que sean un poder para el bien, y que cada uno desempeñe su parte y todos compartan el sagrado principio de la dependencia de la Cabeza {Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 244).

No hay excusa para que alguno tome la posición de que no hay más verdades para ser reveladas, y que todas nuestras exposiciones de las Escrituras carecen de errores. Que ciertas doctrinas hayan sido sostenidas como verdades durante muchos años no es una prueba de que nuestras ideas son infalibles. El paso del tiempo no convertirá el error en verdad, y la verdad tiene la capacidad de ser imparcial. Ninguna doctrina verdadera perderá algo por una investigación cuidadosa.

  • Vivimos en tiempos peligrosos y no es apropiado que aceptemos todo lo que se pretende que sea verdad sin examinarlo minuciosamente; ni podemos rechazar nada que lleve los frutos del Espíritu de Dios. Pero deberíamos ser enseñables, mansos y humildes de corazón. Algunos se oponen a todo lo que no esté de acuerdo con sus propias ideas, y al hacerlo ponen en peligro sus intereses eternos tan ciertamente como lo hizo la nación judía al rechazar a Cristo (El otro poder, p. 35).

Domingo 18 de noviembre: Salvación en Jesús

Cristo vino a este mundo para mostramos lo que Dios puede hacer y lo que nosotros podemos hacer en cooperación con Dios. Fue al desierto en la carne humana para ser tentado por el enemigo. Sabe lo que es tener hambre y sed. Conoce las debilidades y flaquezas de la carne. Fue tentado en todo como nosotros somos tentados.

Nuestro rescate ha sido pagado por nuestro Salvador. Nadie necesita estar esclavizado por Satanás. Cristo está ante nosotros como nuestro ejemplo divino, ayudador todopoderoso. Hemos sido comprados por un precio que es imposible de calcular. ¿Quién puede medir la bondad y misericordia del amor redentor? (Comentarios de Ellen G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1074).

El que quiera llegar a ser hijo de Dios, debe recibir la verdad que enseña que el arrepentimiento y el perdón han de obtenerse nada menos que mediante la expiación de Cristo. Asegurado de esto, el pecador debe realizar un esfuerzo en armonía con la obra hecha para él y con una súplica incansable, debe acudir al trono de gracia para que el poder renovador de Dios llegue hasta su alma. Cristo únicamente perdona al arrepentido, pero primero hace que se arrepienta aquel a quien perdona. La provisión hecha es completa y la justicia eterna de Cristo es acreditada a cada alma creyente (Mensajes selectos, t. 1, p. 461).

Estamos ahora en el campo de batalla…

Sea la Palabra de Dios el motivo de nuestro estudio…

A todos los que creen en él, Cristo les dio la facultad de ser hijos de Dios. Todos los que son considerados miembros de la familia real vivirán para Aquel que es la propiciación de sus pecados. A medida que conocen más y más la verdad, sus pies se afirman más y más sobre el fundamento seguro. Ni la inundación ni la tempestad los pueden sacar de allí (Cada día con Dios, p. 263).

Cristo, nuestro Salvador, en quien moraba la perfección absoluta, lúe hecho pecado en favor de la raza caída. No cometió falta alguna, pero llevó el terrible peso de la culpabilidad de todo el mundo. Llegó a ser nuestra propiciación, a fin de que todos los que le recibieran pudieran llegar a ser hijos de Dios. Se levantó la cruz para salvar al hombre. La elevación de Cristo sobre la cruz fue el medio ideado por el cielo para despertar en el alma arrepentida el sentido de la pecaminosidad del pecado. Mediante la cruz, Cristo trata de atraer a todos a sí mismo. Murió como la única esperanza de salvación para los que, por causa del pecado, estaban en la hiel de amargura. Mediante la obra del Espíritu Santo había de introducirse un nuevo principio de poder mental y espiritual en el hombre, para que, mediante la asociación con la divinidad, llegara a ser uno con Dios {Alza tus ojos, p. 189).

¡Qué tema de meditación nos resulta el sacrificio que hizo Jesús por los pecadores perdidos!… ¿Cuánto debemos estimar las bendiciones así puestas a nuestro alcance? ¿Podría Jesús haber sufrido más?… ¿No debiera esto enternecer el corazón más duro, cuando recordamos que por nuestra causa dejó la felicidad y la gloria del cielo, y sufrió pobreza y vergüenza, cruel aflicción y una muerte terrible? No podemos medir cuánto más profundas habrían sido nuestras aflicciones, cuánto mayores nuestras desgracias, si Jesús no nos hubiese rodeado con su brazo humano de simpatía y amor, para levantamos (Testimonios para la iglesia, t. 5, 296).

Lunes 19 de noviembre: La segunda venida de Cristo

La promesa de la segunda venida de Cristo habría de mantenerse siempre fresca en las mentes de sus discípulos. El mismo Jesús a quien ellos habían visto ascender al cielo, vendría otra vez, para llevar consigo a aquellos que aquí estuvieran entregados a su servicio. La misma voz que les había dicho: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo,” les daría la bienvenida a su presencia en el reino celestial…

A aquellos que le hayan amado y esperado, los coronará con gloria, honor e inmortalidad. Los justos muertos se levantarán de sus tumbas, y los que estén vivos serán arrebatados con ellos al encuentro del Señor en el aire. Oirán la voz de Jesús, más dulce que ninguna música que hayan sentido alguna vez los oídos mortales, diciéndoles: Vuestra guerra ha terminado. “Venid, benditos de mi padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. Mateo 25:34 (Los hechos de los apóstoles, p. 27).

Jesús regresa como ascendió al cielo pero con mayor esplendor. Viene con la gloria de su Padre y con todos los santos ángeles que lo escoltan. En vez de la cruel corona de espinas que hirió sus sienes llevará una corona de resplandeciente gloria sobre su sagrada frente… Jesús viene no para reinar como un soberano temporal. Levantará a los justos de la muerte, transformará a los santos vivos con la gloriosa inmortalidad y con todos los santos tomará el reino en presencia de todo el cielo” (La fe por la cual vivo, p. 353).

Cristo viene con poder y grande gloria. Viene con su propia gloria’ y con la del Padre. Y le acompañarán los santos ángeles. Mientras todo el mundo esté sumido en tinieblas, habrá luz en toda morada de los santos. Percibirán la primera vislumbre de su segunda aparición.

Una luz sin sombra brillará de su resplandor, y Cristo el Redentor será admirado por todos los que le sirvieron. Mientras huyan los impíos, los que siguieron a Cristo se regocijarán en su presencia.

Entonces los redimidos de entre los hombres recibirán la herencia que se les prometió. Así obtendrá un cumplimiento literal el propósito de Dios para con Israel. El hombre no puede impedir que se cumpla la voluntad de Dios. Aun en medio de las manifestaciones del mal, los propósitos de Dios han estado avanzando constantemente hacia su realización. Así sucedió con la casa de Israel durante toda la historia de la monarquía dividida; y así sucede hoy con el Israel espiritual (Profetas y reyes, pp. 531, 532).

La venida del Señor ha sido en todo tiempo la esperanza de sus verdaderos discípulos. La promesa que hizo el Salvador al despedirse en el Monte de los Olivos, de que volvería, iluminó el porvenir para sus discípulos al llenar sus corazones de una alegría y una esperanza que las penas no podían apagar ni las pruebas disminuir. Entre los sufrimientos y las persecuciones, “el aparecimiento en gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” era la “esperanza bienaventurada” (El conflicto de los siglos, p. 304).

Martes 20 de noviembre: El ministerio de Jesús en el Santuario celestial

Jesús es nuestro Abogado, nuestro Sumo Sacerdote, nuestro Intercesor. Nuestra posición es como la de los israelitas durante el día de la expiación. Cuando el sumo sacerdote entraba en el lugar santísimo, que representaba el lugar donde nuestro Sumo Sacerdote intercede en la actualidad, y rociaba la sangre expiatoria sobre el asiento de la misericordia, afuera no se ofrecía ningún sacrificio propiciatorio. Mientras el sacerdote intercedía delante de Dios, cada corazón debía inclinarse contrito y suplicar el perdón de sus transgresiones…

El intelecto más poderoso que se haya creado es incapaz de comprender a Dios; la lengua más elocuente es incapaz de describirlo… Los seres humanos tienen un solo Abogado, un Intercesor capaz de perdonar sus transgresiones. ¿No rebosarán nuestros corazones de gratitud hacia Aquel que dio a Jesús para que fuera la propiciación por nuestros pecados? Mediten profundamente acerca del amor que el Padre ha manifestado en nuestro favor, el amor que ha expresado por nosotros. Ese amor no lo podemos medir, porque para él no hay medida. ¿Acaso se puede medir lo infinito? Lo único que podemos hacer es apuntar hacia el Calvario, al Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Exaltad a Jesús, p. 313).

Podemos regocijamos en la esperanza. Nuestro Abogado está en el Santuario celestial intercediendo por nosotros. Por sus méritos tenemos perdón y paz. Murió para poder lavar nuestros pecados, revestimos de su justicia, y hacemos idóneos para la sociedad del cielo, donde podremos morar para siempre en la luz… Cuando Satanás quiera llenar vuestra mente de abatimiento, lobreguez y duda, resistid sus sugestiones. Habladle de la sangre de Jesús, que limpia de todo pecado. No podéis salvaros del poder del tentador; pero él tiembla y huye cuando se insiste en los méritos de aquella preciosa sangre. ¿No aceptaréis, pues, agradecidos, las bendiciones que Jesús concede? ¿No tomaréis la copa de la salvación que él ofrece, e invocaréis el nombre del Señor?… Él vigila con el interés más intenso vuestro progreso en el camino celestial; él ve vuestros esfuerzos fervientes; nota vuestros descensos y vuestros restablecimientos, vuestras esperanzas y vuestros temores, vuestros conflictos y vuestras victorias (Testimonios para la iglesia, t. 5, pp. 296, 297).

Con la fe confiada de un niñito, hemos de acudir a nuestro Padre celestial, contándole todas nuestras necesidades. Siempre está listo para perdonamos y ayudamos. La fuente de sabiduría divina es inagotable, y el Señor nos anima a sacar abundantemente de ella. El anhelo que podríamos tener de bendiciones espirituales se describe en estas palabras: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”. Necesitamos una profunda hambre espiritual por los ricos dones que el cielo puede concedemos

Ojalá tuviéramos un deseo consumidor de comprender a Dios con un conocimiento experimental, de llegar a la cámara de audiencia del Altísimo con la mano de la fe levantada y dejando caer nuestra alma desvalida delante de Aquel que es poderoso para salvar. Su amante bondad es mejor que la vida (Sons and Daughters of God, p. 121; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 123, y en Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1165).

Miércoles 21 de noviembre: El sábado

Por haber sido hecho el sábado para el hombre, es el día del Señor. Pertenece a Cristo. Porque “todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho” [Juan 1:3]. Y como lo hizo todo, creó también el sábado. Por él fue apartado como un monumento recordativo de la obra de la creación. Nos presenta a Cristo como Santificador tanto como Creador. Declara que el que creó todas las cosas en el cielo y en la tierra, y mediante quien todas las cosas existen, es cabeza de la iglesia, y que por su poder somos reconciliados con Dios. Porque, hablando de Israel, dijo: “Diles también mis sábados, que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico” [Ezequiel 20:12], es decir, que los hace santos. Entonces el sábado es una señal del poder de Cristo para santificamos. Es dado a todos aquellos a quienes Cristo hace santos. Como señal de su poder santificador, el sábado es dado a todos los que por medio de Cristo llegan a formar parte del Israel de Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 255).

El sábado fue dado especialmente en beneficio del hombre y para honra del Señor…

El sábado había de ser una señal entre Dios y su pueblo para siempre. De esta manera se manifestaría la señal: todos los que guardaran el sábado pondrían de manifiesto mediante esa enseñanza que eran adoradores del Dios viviente, Creador de los cielos y la tierra. El sábado sería una señal entre el Señor y su pueblo mientras hubiera gente sobre la tierra que le sirviese {La historia de la redención, p. 144).

Por sí misma, la hermosura de la naturaleza lleva al alma lejos del pecado y de las atracciones mundanas y la guía hacia la pureza, la paz y Dios…

El propósito que Cristo tenía al enseñar por parábolas corría parejas con su propósito en lo referente al sábado. Dios dio a los hombres el recordativo de su poder creador, a fin de que lo vieran en las obras de sus manos. El sábado nos invita a contemplar la gloria del Creador en sus obras creadas. Y a causa de que Jesús quería que lo hiciéramos, relacionó sus preciosas lecciones con la hermosura de las cosas naturales. En el santo día de descanso, más especialmente que en todos los demás días, debemos estudiar los mensajes que Dios nos ha escrito en la naturaleza. Debemos estudiar las parábolas del Salvador allí donde las pronunciara, en los prados y arboledas, bajo el cielo abierto, entre la hierba y las flores. Cuando nos acercamos íntimamente al corazón de la naturaleza, Cristo hace que su presencia sea real para nosotros, y habla a nuestros corazones de su paz y amor {Palabras de vida del gran Maestro, p. 14).

Jueves 22 de noviembre: La muerte y la resurrección

La inmortalidad prometida al hombre a condición de que obedeciera, se había perdido por la transgresión. Adán no podía transmitir a su posteridad lo que ya no poseía; y no habría quedado esperanza para la raza caída, si Dios, por el sacrificio de su Hijo, no hubiese puesto la inmortalidad a su alcance. Como “la muerte así pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron”, Cristo “sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (Romanos 5:12; 2 Timoteo 1:10). Y solo por Cristo puede obtenerse la inmortalidad. Jesús dijo: “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna, más el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida” (Juan 3:36). Todo hombre puede adquirir un bien tan inestimable si consiente en someterse a las condiciones necesarias. Todos “los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad”, recibirán “la vida eterna”. Romanos 2:7 {El conflicto de los siglos, p. 523).

El Dador de la vida llamará a su posesión adquirida en la primera resurrección, y hasta esa hora triunfante, cuando resuene la trompeta final y el vasto ejército avance hacia la victoria eterna, cada santo que duerme será mantenido en seguridad y guardado como una joya preciosa, como quien es conocido por Dios por su nombre. Resucitarán por el poder del Salvador que moró en ellos mientras vivieron y porque fueron participantes de la naturaleza divina (Mensajes selectos, t. 2, p. 309).

El dador de la vida viene para quebrantar las cadenas de la tumba. Traerá consigo a los cautivos y proclamará: “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). Allí está en pie la hueste de los resucitados. El último pensamiento fue el de la muerte y sus agonías. Los últimos pensamientos que ellos tuvieron eran acerca de la tumba, pero ahora proclaman: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55). Las agonías de la muerte fueron las últimas cosas que sintieron…

Cuando ellos despierten, todos los dolores habrán pasado. “¿Donde [está] oh, sepulcro, tu victoria?” Aquí están en pie, se coloca sobre ellos el toque final de la inmortalidad, y ascienden a encontrarse con el Señor en el aire. Los portales de la ciudad de Dios giran sobre sus goznes, y las naciones que han guardado la verdad entran (Mensajes selectos, 3, p. 492).

El Hijo de Dios llama a la vida a los santos dormidos… De la prisión de la muerte sale revestida de gloria inmortal…

Los justos vivos son mudados “en un momento, en un abrir de ojo”. A la voz de Dios fueron glorificados; ahora son hechos inmortales, y juntamente con los santos resucitados son arrebatados para recibir a Cristo, su Señor, en los aires…

Antes de entrar en la ciudad de Dios, el Salvador confiere a sus discípulos los emblemas de la victoria, y los cubre con las insignias de su dignidad real… Sobre la cabeza de los vencedores Jesús coloca con su propia diestra la corona de gloria. Cada cual recibe una corona que lleva su propio “nombre nuevo” (Apocalipsis 2:17), y la inscripción: “Santidad a Jehová”. A todos se les pone en la mano la palma de la victoria y el arpa brillante. Luego que los ángeles que mandan dan la nota, todas las manos tocan con maestría las cuerdas de las arpas, produciendo dulce música en ricos y melodiosos acordes. Dicha indecible estremece todos los corazones, y cada voz se eleva en alabanzas de agradecimiento (La maravillosa gracia de Dios, p. 357).

Viernes 23 de noviembre: Para estudiar y meditar

El otro poder, “Fundamentos, pilares e hitos”, p. 28-32.

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