Sábado 24 de octubre

Muy crueles eran las burlas que le tocó soportar. Su alma sensible quedaba herida de par en par por las saetas del ridículo dirigidas contra él por aquellos que despreciaban su mensaje y se burlaban de su pre-ocupación por que se convirtieran. Declaró: “Fui escarnio a todo mi pueblo, canción de ellos todos los días”. “Cada día he sido escarnecido; cada cual se burla de mí”. “Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza” (Lamentaciones 3:14; Jeremías 20:7, 10). Pero el fiel profeta era diariamente fortalecido para resistir. Declaró con fe: “Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada”. “Cantad a Jehová, load a Jehová: porque librado ha el alma del pobre de mano de los malignos” (versículos 11, 13).

Lo experimentado por Jeremías durante su juventud y también durante los años ulteriores de su ministerio, le enseñaron la lección de que “el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es ordenar sus pasos”. Aprendió a orar así: “Castígame, oh Jehová, mas con juicio; no con tu furor, porque no me aniquiles” (Jeremías 10:23, 24).

Cuando fue llamado a beber la copa de la tribulación y la tristeza, y cuando en sus sufrimientos se sentía tentado a decir: “Pereció mi fortaleza, y mi esperanza de Jehová”, recordaba las providencias de Dios en su favor, y exclamaba triunfantemente: “Es por la misericordia de Jehová que no somos consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi parte es Jehová, dijo mi alma; por tanto en él esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le buscare. Bueno es esperar callando en la salud de Jehová” (Lamentaciones 3:18, 22-26) (Profetas y reyes, pp. 309, 310).

La venida del Señor ha sido en todo tiempo la esperanza de sus verdaderos discípulos. La promesa que hizo el Salvador al despedirse en el Monte de los Olivos, de que volvería, iluminó el porvenir para sus discípulos al llenar sus corazones de una alegría y una esperanza que las penas no podían apagar ni las pruebas disminuir. Entre los sufrimientos y las persecuciones, “el aparecimiento en gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” era la “esperanza bienaventurada” (El conflicto de los siglos, p. 347).

Cuando llegue el tiempo de la prueba, los que hayan seguido la Palabra de Dios como regla de conducta, serán dados a conocer. En verano no hay diferencia notable entre los árboles de hojas perennes y los que las pierden; pero cuando vienen los vientos de invierno los primeros permanecen verdes en tanto que los otros pierden su follaje. Así puede también que no sea dado distinguir actualmente a los falsos creyentes de los ver-daderos cristianos, pero pronto llegará el tiempo en que la diferencia saltará a la vista. Dejad que la oposición se levante, que el fanatismo y la intolerancia vuelvan a empuñar el cetro, que el espíritu de persecución se encienda, y entonces los tibios e hipócritas vacilarán y abandonarán la fe; pero el verdadero cristiano permanecerá firme como una roca, con más fe y esperanza que en días de prosperidad (El conflicto de los siglos, p. 660).

Domingo 25 de octubre: Sacerdotes y profetas impíos

Dios se presenta con ruegos y promesas a los que están cometiendo faltas. Trata de mostrarles sus errores y de llevarlos al arrepentimiento. Pero si se niegan a humillar su corazón delante de él, si se esfuerzan por ensalzarse por sobre él, tiene que manifestárseles por medio de castigos. No se aceptará de parte de los que insisten en deshonrar a Dios, apoyándose en el brazo del poder del mundo, ninguna apariencia de estar cerca de Dios ni ninguna afirmación de que hay unidad con él.

Si el pueblo de Dios se hubiera mantenido en el lugar que le fue seña-lado, como depositario de la verdad sagrada y eterna que debía llegar al mundo pagano, Jerusalén habría permanecido hasta hoy. Pero los israelitas fueron rebeldes. Y cuando Dios hubo hecho todo lo que él podía hacer, hasta el punto de enviar a su Hijo unigénito, ellos ignoraron de tal manera las Escrituras y el poder de Dios, que rechazaron la única ayuda que podría haberlos salvado de la ruina. “Este es el heredero –dijeron– venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad”.

Dios escogió a Israel para que fuera una luz para los gentiles, para que los hiciera retomar a su lealtad. Pero Israel mismo quedó cegado ante la luz y sordo a los mensajes enviados para abrirle el entendimiento (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1177).

En cada movimiento, los seguidores de Cristo han de revelar su consideración por los principios bíblicos -amar a Dios por sobre todo y a su prójimo como a sí mismos; reflejar la luz y las bendiciones sobre el camino de quienes están en la oscuridad; consolar a quienes están abatidos; dulcificar las aguas amargas en lugar de dar a beber hiel a los compañeros de peregrinación.

Incrementemos nuestro conocimiento de la verdad, dando toda la alabanza y la gloria a quien es uno con el Padre. Busquemos más fervientemente la unción celestial, el Espíritu Santo. Tengamos un cristianismo puro, creciente, para que al fin en las cortes celestiales podamos ser declarados completos en Cristo (Reflejemos a Jesús, p. 211).

Cada hombre está libre para elegir el poder que quiera ver dominar sobre él. Nadie ha caído tan bajo, nadie es tan vil que no pueda hallar liberación en Cristo. El endemoniado, en lugar de oraciones, no podía sino pronunciar las palabras de Satanás; sin embargo, la muda súplica de su corazón fue oída. Ningún clamor de un alma en necesidad, aunque no llegue a expresarse en palabras, quedará sin ser oído. Los que consienten en hacer pacto con el Dios del cielo, no serán abandonados al poder de Satanás o a las flaquezas de su propia naturaleza. Son invitados por el Salvador: “Echen mano… de mi fortaleza; y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!” Los espíritus de las tinieblas contenderán por el alma que una vez estuvo bajo su dominio. Pero los ángeles de Dios lucharán por esa alma con una potencia que prevalecerá. El Señor dice: “¿Será quitada la presa al valiente? o ¿libertaráse la cautividad legítima? Así empero dice Jehová: Cierto, la cautividad será quitada al valiente, y la presa del robusto será librada; y tu pleito yo lo pleitearé, y yo salvaré a tus hijos” (El Deseado de todas las gentes, p. 224).

Lunes 26 de octubre: Jeremías en el cepo

No es el plan de Dios enviar mensajeros que agraden o halaguen a los pecadores; no comunica mensajes de paz para arrullar en la seguridad camal a los que no se santifican. Antes impone cargas pesadas a la conciencia del que hace el mal, y atraviesa su alma con agudas saetas de convicción. Los ángeles ministradores le presentan los temibles juicios de Dios, para ahondar su sentido de necesidad, y para inducirle a clamar: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?” (Hechos 16:30). Pero la Mano que humilla hasta el polvo, reprende el pecado y avergüenza el orgullo y la ambición, es la Mano que eleva al penitente y contrito. Con la más profunda simpatía, el que permite que caiga el castigo, pregunta: “¿Qué quieres que se te haga?”

Cuando el hombre ha pecado contra un Dios santo y misericordioso, no puede seguir una conducta más noble que la que consiste en arrepentirse sinceramente y confesar sus errores con lágrimas y amargura en el alma. Esto es lo que Dios requiere; no puede aceptar sino un corazón quebrantado y un espíritu contrito (Profetas y reyes, p. 321).

Aunque no sea compatible con las inclinaciones naturales, el ministro de-be proclamar la pura verdad que estremecerá los oídos de los que escuchan porque ellos deben poner delante de los amantes de los placeres más que de Dios, los peligros que los acechan, y la suerte que espera a los impenitentes. Debido a que este mensaje no está de acuerdo con sus inclinaciones, o no es bienvenido por los que deben ser advertidos, se les impone la solemne responsabilidad de ser fieles a su declaración. El ministro encontrará males, que parecerán desafiar cualquier corrección. Serán alertados de pecados que parecen estar ocultos, que necesitarán ser expuestos a derecha e izquierda. El profeta dice. “Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta, y anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado. Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia, y que no hubiese dejado la ley de su Dios” (Isaías 58:1, 2) (La voz, su educación y uso correcto, p. 384).

¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Solamente por intermedio de Cristo podemos ponemos en armonía con Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés, cuando, convencidas de su pecado, exclamaron: “¿Qué haremos?” La primera palabra de contestación de Pedro fue: “Arrepentíos”. Poco después, en otra ocasión, dijo: “Arrepentíos pues, y volveos a Dios; para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 2:38; 3:19).

El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y abandono del mismo. No renunciaremos al pecado a menos que veamos su pecaminosidad; mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en la vida (El camino a Cristo, p. 21).

Martes 27 de octubre: Como un fuego en sus huesos

El profeta hizo lo que se le había ordenado. Luego, volviendo a la ciudad, se puso de pie en el atrio del templo, y declaró a oídos de todo el pueblo: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí yo traigo sobre esta ciudad y sobre todas sus villas todo el mal que hablé contra ella: porque han endurecido su cerviz, para no oír mis palabras” (véase Jeremías 19).

En vez de inducirlos a la confesión y al arrepentimiento, las palabras del profeta despertaron ira en los que ejercían autoridad, y en con-secuencia Jeremías fue privado de la libertad. Encarcelado y puesto en el cepo, el profeta continuó sin embargo comunicando los mensajes del Cielo a los que estaban cerca de él. Su voz no podía ser acallada por la persecución. Declaró acerca de la palabra de verdad: “Fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por sufrirlo, y no pude” (Jeremías 20:9) (Profetas y reyes, pp. 318, 319).

En todos los tiempos los testigos señalados por Dios se han expuesto al vituperio y la persecución por amor a la verdad. José fue calumniado y perseguido porque mantuvo su virtud e integridad. David, el mensajero escogido de Dios, fue perseguido por sus enemigos como una fiera. Da-niel fue echado al foso de los leones porque se mantuvo fiel al cielo. Job fue privado de sus posesiones terrenales y estuvo tan enfermo que le aborrecieron sus parientes y amigos; pero aun así mantuvo su integridad. Jeremías no pudo ser disuadido de decir las palabras que Dios le había ordenado hablar; y su testimonio enfureció tanto al rey y a los príncipes que le echaron en una inmunda mazmorra. Esteban fue apedreado porque predicó a Cristo y su crucifixión. Pablo fue encarcelado, azotado con varas, apedreado y finalmente muerto porque fue un fiel mensajero de Dios a los gentiles. Y Juan fue desterrado a la isla de Patmos “por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo”.

Estos ejemplos de constancia humana atestiguan la fidelidad de las promesas de Dios, su constante presencia y su gracia sostenedora. Testificaron del poder de la fe para resistir a las potestades del mundo. Es obra de la fe confiar en Dios en la hora más obscura, y sentir, a pesar de ser duramente probados y azotados por la tempestad, que nuestro Padre empuña el timón. Solo el ojo de la fe puede ver más allá de las cosas presentes para estimar correctamente el valor de las riquezas eternas…

Así será con todos los que deseen vivir píamente en Cristo Jesús. Persecuciones y vituperios esperan a todos los que estén dominados por el espíritu de Cristo. El carácter de la persecución cambia con los tiempos, pero el principio –el espíritu que la fomenta– es el mismo que siempre mató a los escogidos del Señor desde los días de Abel (Los hechos de los apóstoles, pp. 459, 460).

Miércoles 28 de octubre; “Maldito el día en que nací”

Ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pecado. Los hombres que han vivido más cerca, de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala, los hombres a los cuales Dios había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ninguna justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplen a Cristo (La fe por la cual vivo, p. 113).

Presentad a Dios vuestras necesidades, gozos, tristezas, cuidados y temores. No podéis agobiarlo ni cansarlo. El que tiene contados los cabellos de vuestra cabeza, no es indiferente a las necesidades de sus hijos. “Porque el Señor es muy misericordioso y compasivo” (Santiago 5:11). Su amoroso corazón se conmueve por nuestras tristezas y aun por nuestra presentación de ellas. Llevadle todo lo que confunda vuestra mente. Ninguna cosa es demasiado grande para que él no la pueda soportar; él sostiene los mundos y gobierna todos los asuntos del universo. Ninguna cosa que de alguna manera afecte nuestra paz es tan pequeña que él no la note.

No hay en nuestra experiencia ningún pasaje tan oscuro que él no pueda leer, ni perplejidad tan grande que él no pueda desenredar. Ninguna calamidad puede acaecer al más pequeño de sus hijos, ninguna ansiedad puede asaltar el alma, ningún gozo alegrar, ninguna oración sincera escaparse de los labios, sin que el Padre celestial esté al tanto de ello, sin que tome en ello un interés inmediato. El “sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas” (Salmo 147:3). Las relaciones entre Dios y cada una de las almas son tan claras y plenas como si no hubiese otra alma por la cual hubiera dado a su Hijo amado (El camino a Cristo, pp. 100, 101).

Mantengamos nuestra confianza en Cristo bajo cualquier circunstancia. Debe serlo todo para nosotros: el primero, el último y el mejor en todas las cosas. Por consiguiente, eduquemos nuestra lengua para que formule alabanzas a su nombre, no solo cuando experimentemos alegría o regocijo, sino en todo momento.

Mantengamos nuestro corazón lleno de las preciosas promesas de Dios, para que podamos hablar palabras de alivio y fortaleza para los demás. Así podremos aprender el idioma de los ángeles celestiales, quienes, si somos fieles, serán nuestros compañeros en las edades eternas. Cada día deberíamos progresar ganando en perfección de carácter, y esto lo lograremos ciertamente si nos apresuramos hacia la meta (Hijos e hijas de Dios, p. 330).

Jueves 29 de octubre: Designios contra el profeta

El hecho de que somos llamados a soportar pruebas demuestra que el Señor Jesús ve en nosotros algo precioso que quiere desarrollar. Si no viera en nosotros nada con que glorificar su nombre, no perdería tiempo en retinamos. No echa piedras inútiles en su hornillo. Lo que él refina es mineral precioso. El herrero coloca el hierro y el acero en el fuego para saber de qué clase son. El Señor permite que sus escogidos pasen por el horno de la aflicción para probar su carácter y saber si pueden ser amol-dados para su obra.

El alfarero toma arcilla, y la modela según su voluntad. La amasa y la trabaja. La despedaza y la vuelve a amasar. La humedece, y luego la seca. La deja después descansar por algún tiempo sin tocarla. Cuando ya está bien maleable, reanuda su trabajo para hacer de ella una vasija. Le da forma, la compone y la alisa en el tomo. La pone a secar al sol y la cuece en el homo. Así llega a ser una vasija útil. Así también el gran Artífice desea amoldamos y formamos. Y así como la arcilla está en manos del alfarero, nosotros también estamos en las manos divinas. No debemos intentar hacer la obra del alfarero. Solo nos corresponde sometemos a que el divino Artífice nos forme (El ministerio de curación, pp. 373, 374).

No sabemos lo que Dios hará por nosotros si nos ponemos en armonía con él. Dios ve lo que puede hacer del hombre. Hay posibilidades que nuestra débil fe no alcanza a discernir. “Vosotros labranza de Dios sois, edificio de Dios sois” (1 Corintios 3:9). Él ve todos los rasgos de carácter que ahora son detestables, y él sabe que, si el hombre aprende a ser manso y humilde como Cristo, puede modelar y cambiar el espíritu combativo, la disposición desfavorable, y poner toda facultad del ser a la obra para adelantar su reino. Él anhela refinar, elevar y ennoblecer toda la vida… Mediante el poder del Espíritu Santo él puede utilizar los caracteres peores y convertirlos en hombres y mujeres de oportunidad (Nuestra elevada vocación, p. 337).

Que nadie engañe a su propia alma en este asunto. Si albergáis orgullo, estima propia, amor a la supremacía, vanagloria, ambición impía, murmuración, descontento, amargura, maledicencia, mentira, engaño, calumnia, Cristo no está morando en vuestro corazón… Debéis tener un carácter cristiano que prevalezca…

Debe haber completa conversión entre los que pretenden conocer la verdad; de otra manera, caerán en el día de la prueba. El pueblo de Dios debe alcanzar una norma elevada. Debe ser nación santa, pueblo adquirido por Dios, linaje escogido, celoso de buenas obras…

Necesitamos una reforma cabal en todas nuestras iglesias. El poder convertidor de Dios debe entrar en la iglesia. No posterguéis el día de la preparación. No dormitéis desapercibidos, sin tener aceite en las vasijas con vuestras lámparas. No permitáis que este asunto quede en peligrosa incertidumbre. Preguntaos a vosotros mismos con fervor: ¿Estoy yo entre los salvados, o entre los perdidos? ¿Estaré en pie o no estaré? Solo el limpio de manos y puro de corazón estará en pie en aquel día (¡Maranata: El Señor viene!, p. 48).

Viernes 30 de octubre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 132-141

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