Notas de Elena | Lección 5 | La experiencia de la unidad en la Iglesia primitiva | Escuela Sabática|4to. Trimestre 2018

La experiencia de la unidad en la Iglesia primitiva

Sábado 27 de octubre

Cristo hizo provisión para que su iglesia fuera un cuerpo transformado, iluminado por la luz del cielo, que poseyese la gloria de Emanuel. Él quiere que todo cristiano esté rodeado de una atmósfera espiritual de luz y paz. No tiene límite la utilidad de aquel que, poniendo el yo a un lado, da lugar a que obre el Espíritu Santo en su corazón, y vive una vida completamente consagrada a Dios.

¿Cuál fue el resultado del derramamiento del Espíritu en el día de Pentecostés? Las buenas nuevas de un Salvador resucitado fueron proclamadas hasta los confines más remotos del mundo habitado. El corazón de los discípulos quedó sobrecargado de una benevolencia tan completa, profunda y abarcante, que los impulsó a ir hasta los confines de la tierra… Mientras proclamaban la verdad tal cual es en Jesús, los corazones cedían al poder del mensaje. La iglesia veía a los conversos acudir a ella desde todas las direcciones. Los apóstatas se volvían a convenir. Los pecadores se unían con los cristianos en la búsqueda de la perla de gran precio… Cada cristiano veía en su hermano la divina similitud del amor y la benevolencia. Un solo interés prevalecía. Un objeto de emulación absorbía a lodos los demás. La única ambición de los creyentes consistía en revelar un carácter semejante al de Cristo y trabajar para el engrandecimiento de su reino (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 26).

Después del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos salieron para proclamar al Salvador resucitado, poseídos del único deseo de salvar almas. Se regocijaban en la dulzura de la comunión con los santos. Eran afectuosos, atentos, abnegados, dispuestos a hacer cualquier sacrificio en favor de la verdad. En sus relaciones cotidianas unos con otros, manifestaban el amor que Cristo les había ordenado revelar al mundo. Por sus palabras y sus acciones desinteresadas, se esforzaban por encender este amor en otros corazones.

Los creyentes debían continuar cultivando el amor que llenaba el corazón de los apóstoles después del derramamiento del Espíritu Santo. Debían proseguir adelante y obedecer gustosos al nuevo mandamiento:

“Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34). Debían vivir tan unidos con Cristo que se vieran capacitados para cumplir sus requerimientos. Debían ensalzar el poder de un Salvador que podía justificarlos por su justicia (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 241).

La paciencia es una planta que crecerá rápidamente si se cultiva con esmero. Al conocemos cabalmente a nosotros mismos, y combinando nuestra firme decisión con la gracia de Dios, podremos ser vencedores y llegar a la perfección en todas las cosas sin que nada nos falte.

La paciencia derrama el bálsamo de la paz y el amor en los acontecimientos de la vida hogareña… La paciencia buscará unidad en la iglesia, la familia y la sociedad. Debemos fundir esta virtud en nuestra vida (Mi vida hoy, p. 100).

Domingo 28 de octubre: Días de preparación

[Después de la ascensión de Cristo] la gente los miraba con asombro. Después del enjuiciamiento y la crucifixión de Cristo, se había pensado que se mostrarían abatidos y avergonzados. Sus enemigos esperaban ver en su rostro una expresión de pesar y derrota. En vez de eso, había solamente alegría y triunfo. Sus rostros brillaban con una felicidad que no era terrenal. No lloraban por sus esperanzas frustradas; sino que estaban llenos de alabanza y agradecimiento a Dios…

Los discípulos ya no desconfiaban de lo futuro. Sabían que Jesús estaba en el cielo, y que sus simpatías seguían acompañándolos. Sabían que tenían un amigo cerca del trono de Dios, y anhelaban presentar sus peticiones al Padre en el nombre de Jesús. Con solemne reverencia, se postraban en oración, repitiendo la garantía: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido” [Juan 16:23, 24], Extendían siempre más alto la mano de la fe… Y el día de Pentecostés les trajo la plenitud del gozo con la presencia del Consolador, así como Cristo lo había prometido (El Deseado de todas las gentes, p. 772).

La oración se revestía de un nuevo interés, pues era comunión con su Salvador. Con nuevas y conmovedoras emociones y una firme confianza de que su oración sería respondida, se reunieron en el aposento alto para ofrecer sus peticiones y para demandar la promesa del Salvador, quien había dicho: “Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”. Oraban en el nombre de Jesús.

Tenían un evangelio que predicar: Cristo en forma humana, un varón de dolores; Cristo en su humillación, apresado por manos impías y crucificado; Cristo resucitado y ascendido al cielo a la presencia de Dios para ser el Abogado del hombre; Cristo que volvería otra vez con poder y gran gloria en las nubes del cielo (Comentarios de Elena G. de W hite en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1054).

Debemos orar por el derramamiento del Espíritu con tanto ahínco como lo hicieron los discípulos en el día del Pentecostés. Si clips lo necesitaban en aquel tiempo, nosotros lo necesitamos más hoy día… Sin el Espíritu y el poder de Dios, trabajaremos en vano por presentar la verdad.

Es por medio de la contemplación de Cristo, ejerciendo fe en él, experimentando por nosotros mismos su gracia salvadora, que estaremos calificados para presentarlo ante el mundo. Si hemos aprendido de él, Jesús será nuestro tema; su amor, ardiendo sobre el altar de nuestros corazones, llegará al corazón de las personas. La verdad será presentada, no como una teoría fría y muerta, sino con la demostración del Espíritu (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 147).

Lunes 29 de octubre: De Babel al Pentecostés

Notemos que el Espíritu fue derramado después que los discípulos hubieron llegado a la unidad perfecta, cuando ya no contendían por el puesto más elevado. Eran unánimes. Habían desechado todas las diferencias. Y el testimonio que se da de ellos después que les fue dado el Espíritu es el mismo. Notemos la expresión: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma…” (Hechos 4:32). El Espíritu de Aquel que había muerto para que los pecadores vivieran animaba a toda la congregación de los creyentes.

Los discípulos no pidieron una bendición para ellos mismos. Sentían preocupación por las almas. El evangelio había de ser proclamado hasta los confines de la tierra y solicitaban la medida de poder que Cristo había prometido. Entonces fue cuando se derramó el Espíritu Santo y miles se convirtieron en un día.

Así puede suceder ahora Desechen los cristianos todas las disensiones, y entréguense a Dios para salvar a los perdidos. Pidan con fe la bendición prometida, y ella les vendrá (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 27, 28).

Dios también está dispuesto a damos la misma bendición, siempre que tengamos real interés en ella.

El Señor no cerró los depósitos celestiales después de haber derramado su Espíritu sobre los primeros discípulos. También nosotros podemos recibir la plenitud de su bendición… Si no contamos con su poder es por la indiferencia, el letargo espiritual y nuestra indolencia. Abandonemos la mortal formalidad {Recibiréis poder, p. 25).

Todos los que profesan el nombre de Cristo deben estar esperando, aguardando y orando en unidad de corazón. Debieran abandonarse todas las diferencias, y la unidad y el tierno amor debieran llenarlo todo. Entonces nuestras oraciones ascenderían juntas a nuestro Padre celestial basadas en una fe fuerte y amorosa. Entonces podríamos aguardar con paciencia y esperanza el cumplimiento de la promesa…

Pero Dios sabe cómo y cuándo contestar nuestras oraciones. Es nuestra parte de la obra ponemos en relación con el canal divino. Dios es responsable por su parte de la obra. Fiel es el que prometió. Lo grande e importante para nosotros consiste en ser de un solo corazón y mente, para poner a un lado toda envidia y malicia, y vigilar y aguardar como humildes suplicantes. Jesús, nuestro representante y cabeza, está listo para hacer en favor de nosotros lo que hizo por los que oraban y vigilaban en el día de Pentecostés (La historia de la redención, p. 257).

Dios puede infundir nueva vida en cada alma que sinceramente desea servirle, y puede tocar los labios con un carbón encendido tomado del altar y hacer que se vuelva elocuente con su alabanza a Dios. Miles de voces serán impregnadas con poder para presentar públicamente las admirables verdades de la palabra de Dios. Se desatará la lengua del tartamudo, y los tímidos recibirán fuerza para dar un valeroso testimonio de la verdad. Quiera el Señor ayudar a su pueblo a limpiar el templo del alma de toda contaminación, y a mantener una relación tan íntima con él que puedan ser participantes de la lluvia tardía cuando esta se derrame (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1055).

Martes 30 de octubre: Confraternidad

La unión entre Cristo y su pueblo debe ser viva, verdadera e inagotable, asemejándose a la unión que existe entre el Padre y su Hijo. Esta unión es el fruto de la morada del Espíritu Santo. Todos los verdaderos hijos de Dios revelarán al mundo su unión con Cristo y sus hermanos. Aquellos en cuyos corazones mora Cristo, llevarán el fruto del amor fraternal. Comprenderán que como miembros de la familia de Dios están señalados para cultivar, fomentar y perpetuar el amor y la amistad cristianos, en espíritu, palabras y acción.

Ser hijos de Dios, miembros de la familia real, significa más de lo que muchos suponen. Los que son considerados por Dios como sus hijos, revelarán amor cristiano los unos por los otros. Vivirán y obrarán con un propósito: representar apropiadamente a Cristo ante el mundo. Por su amor y unidad mostrarán al mundo que son portadores de las credenciales divinas. Por la nobleza de su amor y su abnegación, demostrarán a los que los rodean que son verdaderos seguidores del Salvador. “Por esto conocerán todos los hombres que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Hijo e hijas de Dios, p. 295).

Sea cortés, tenga un corazón tierno, perdone a los demás. Que su yo se hunda en el amor de Jesús; así podrá honrar al Redentor y hacer la obra que él le ha asignado. Poco conoce las tribulaciones de las pobres almas que han caído en las cadenas de las tinieblas y carecen de resolución y fuerza moral. Esfuércese por comprender la debilidad de los demás. Ayude a los necesitados, crucifique su yo y permita que Jesús tome posesión de su alma para que pueda desarrollar los principios de la verdad en su vida diaria. Solo entonces será una bendición como nunca fue para la iglesia y aquellos con los que esté en contacto (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 135).

Los apóstoles llegaron a ser lo que fueron por la gracia de Cristo. La devoción sincera y humilde y la oración ferviente los pusieron en íntima comunión con él. Se sentaron con el Señor en los lugares celestiales. Comprendieron la enormidad de su deuda para con él. Mediante la oración sentida y perseverante obtuvieron el don del Espíritu Santo, y luego salieron cargados con la responsabilidad de salvar almas y colmados de celo a extender los triunfos de la cruz. Y como resultado de sus labores, muchas almas fueron trasladadas de las tinieblas a la luz y se organizaron numerosas iglesias (Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 33).

Las palabras: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15), se dirigen a todos los que siguen a Cristo. Todos los que son ordenados a la vida de Cristo están ordenados para trabajar por la salvación de sus semejantes. Ha de manifestarse en ellos el mismo anhelo que él sintió en su alma por la salvación de los perdidos. No todos pueden desempeñar el mismo cargo, pero hay cabida y trabajo para todos. Todos aquellos a quienes han sido concedidas las bendiciones de Dios deben responder sirviendo realmente; y han de emplear todo don para el progreso de su reino {Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 23).

Miércoles 31 de octubre: La generosidad y la codicia

Frente al ejemplo de benevolencia mostrado por los creyentes, contrastaba notablemente la conducta de Ananías y Safira, cuyo caso registrado por la pluma de la inspiración dejó una mancha obscura en la historia de la iglesia primitiva… [Bajo la influencia directa del Espíritu de Dios, Ananías y Safira habían hecho una promesa de dar al Señor el importe de la venta de cierta propiedad. Más tarde, Ananías y Safira agraviaron al Espíritu Santo cediendo a sentimientos de codicia. Empezaron a lamentar su promesa, y pronto perdieron la dulce influencia de la bendición que había encendido sus corazones con el deseo de hacer grandes cosas en favor de la causa de Cristo. Pensaban que habían sido demasiado apresurados, que debían considerar nuevamente su decisión… [Sintiendo vergüenza de que sus hermanos supieran que sus almas egoístas les hacían dar de mala gana lo que habían dedicado solemnemente a Dios, decidieron deliberadamente vender la propiedad, y pretender dar todo el producto al fondo general, cuando en realidad se guardarían una buena parte para sí mismos. Así se asegurarían el derecho de vivir del fondo común, y al mismo tiempo ganarían alta estima entre sus hermanos (Los hechos de los apóstoles, p. 59).

La benevolencia constante y abnegada es el remedio de Dios para los pecados ulcerosos del egoísmo y la codicia. Dios ha dispuesto que la benevolencia sistemática sostenga su causa y alivie las necesidades de los sufrientes y menesterosos. Ha ordenado que la dadivosidad se convierta en un hábito que puede contrarrestar el pecado peligroso y engañoso de la codicia…

La práctica constante del plan de Dios de la benevolencia sistemática debilita la codicia y fortalece la benevolencia… Dios conoce nuestro peligro y nos ha protegido contra él con medios que previenen nuestra propia ruina. Se requiere el ejercicio constante de la benevolencia, para que la fuerza del hábito en las buenas obras pueda quebrar la fuerza del hábito en una dirección opuesta (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 601).

En la medida en que el amor de Cristo llene nuestros corazones y domine nuestra vida, quedarán vencidas la codicia, el egoísmo y el amor a la comodidad, y tendremos placer en cumplir la voluntad de Cristo, cuyos siervos aseveramos ser. Nuestra felicidad será entonces proporcional a nuestras obras abnegadas, impulsadas por el amor de Cristo…

El que da a los menesterosos beneficia a los demás, y se beneficia a sí mismo en un grado aún mayor. Dios podría haber alcanzado su objeto en la salvación de los pecadores sin la ayuda del hombre, pero él sabía que éste no podría ser feliz sin desempeñar en la gran obra una parte en la cual cultivara la abnegación y la benevolencia.

Para que el hombre no perdiera los bienaventurados resultados de la benevolencia, nuestro Redentor ideó el plan de alistarlo como colaborador suyo… Envía a sus pobres como representantes suyos… En la medida en que atendemos estos pedidos mediante nuestro trabajo y generosidad, nos vamos asemejando a Aquel que por nosotros se hizo pobre. Al impartir, beneficiamos a otros y así acumulamos verdaderas riquezas (Testimonios para la iglesia, t. 3, pp. 421, 422).

Jueves 1 de noviembre: Recuerden a los pobres

Los pobres son la heredad de Dios. Cristo ha dado su vida por ellos. Él demanda a aquellos a quienes ha colocado para que actúen como sus mayordomos que den liberalmente de los medios que les han sido confiados para aliviar a los pobres y para sostener la obra de Dios en la tierra. El Señor es rico en recursos. Ha colocado a los hombres para que actúen como sus tesoreros en este mundo. Lo que él les ha dado han de usarlo en el servicio de Dios (El ministerio de la bondad, p. 286).

En toda iglesia debe establecerse un fondo para los pobres. Luego cada miembro presentará una ofrenda de agradecimiento a Dios cada semana o cada mes, según resulte más conveniente. Esta ofrenda expresará nuestra gratitud por los dones de la salud, el alimento y las ropas cómodas. Y en la medida en que Dios nos bendijo con estas comodidades, apartaremos recursos para los pobres, los dolientes y los angustiados… Recordemos a los pobres. Privémonos de algunos de nuestros lujos; sí, aun de comodidades, y ayudemos a aquellos que pueden obtener solamente la más escasa alimentación e indumentaria. Al obrar en su favor, obramos para Jesús en la persona de sus santos. Él se identifica con la humanidad doliente… Demos regularmente, sea diez, veinte o cincuenta centavos por semana*, según lo que quisiéramos ver anotado en el registro celestial en el día de Dios (El ministerio de la bondad, p. 286, 287).

La medida de la regla de oro es la verdadera norma del cristianismo, y todo lo que no llega a su altura es un engaño. Una religión que induce a los hombres a tener en poca estima a los seres humanos, a quienes Cristo consideró de tanto valor que dio su vida por ellos; una religión que nos haga indiferentes a las necesidades, los sufrimientos o los derechos humanos, es una religión espuria. Al despreciar los derechos de los pobres, los dolientes y los pecadores, nos demostramos traidores a Cristo. El cristianismo tiene tan poco poder en el mundo porque los hombres aceptan el nombre de Cristo, pero niegan su carácter en sus vidas. Por estas cosas el nombre del Señor es motivo de blasfemia (El discurso maestro de Jesucristo, p. 115).

Viernes 2 de noviembre: Para estudiar y meditar

Los hechos de los apóstoles, “Pentecostés”, p. 29-37.

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