Notas de Elena | Lección 3 | Para que sean uno | Escuela Sabática|4to. Trimestre 2018

Sábado 13 de octubre  “Para que sean uno”

Cuando Jesús estaba por dejar a sus discípulos, oró por ellos en una manera sumamente conmovedora y solemne para que todos pudieran ser uno “como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”. Juan 17:21-23. El apóstol Pablo en su primera epístola a los Corintios los exhorta a la unidad: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis toda una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”. 1 Corintios 1:10 (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 490).

Para que sean uno, así como nosotros somos uno. Juan 17:22.

En estas palabras tenemos una declaración convincente que comprueba el hecho de que la unidad, la benevolencia y el amor existirán entre los que sean cristianos verdaderos. El Redentor del mundo es exaltado, glorificado en el carácter de todos aquellos que creen… Cuán tremendas las consecuencias para el mundo que penden de los que se dicen cristianos, que dicen creer que la Biblia es la Palabra de Dios…

Os ruego en el nombre de Jesús de Nazaret que desterréis todo lo que se asemeje al orgullo espiritual y el amor a la supremacía. Convertíos en niñitos, ya que cuando termine la lucha, llegaréis a ser miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Leed Juan 17 una y otra vez. Esa oración que nuestro Salvador elevó a su Padre en favor de sus discípulos es digna de repetirse a menudo, y de ser practicada en la vida diaria. Alzará al hombre caído, porque el Señor ha prometido que si conservamos esta unidad, Dios nos amará como amó a su Hijo; el pecador se salvará, y Dios será glorificado eternamente (Sons and Daughters of God, p. 295; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 297).

Quien expresó esta oración está intercediendo hoy delante del Padre en favor de los seres humanos a quienes redimió. Los presenta delante de Jehová diciendo: “Los tengo esculpidos en las palmas de mis manos” compare con. Isaías 49:16.

Santificación es llegar a la unidad con Cristo mediante la obediencia a la verdad; éste es el propósito de Dios para nosotros. Por la santificación y la unidad los cristianos deben dar evidencia al mundo de que, mediante Cristo, se hizo una obra perfecta en favor de ellos. De esta manera deben dar testimonio de que Dios envió a su Hijo para salvar a los pecadores.

¿Permitirán Uds. que Cristo realice esta obra de santificación en sus corazones? Hoy pueden ser perfectos en El. Tienen la seguridad de que por medio de la santificación de la verdad pueden ser perfeccionados en la unidad {Alza tus ojos p. 29).

Domingo 14 de octubre: Jesús ora por sí mismo

Cristo había concluido la obra que se le había confiado. Había glorificado a Dios en la tierra. Había manifestado el nombre del Padre. Había reunido a aquellos que habían de continuar su obra entre los hombres. Y dijo: “Yo soy glorificado en ellos. Y ya no estoy en el mundo, mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. ¡Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que ellos sean uno, así como nosotros lo somos!”

Así, con el lenguaje de quien tenía autoridad divina. Cristo entregó a su electa iglesia en los brazos del Padre. Como consagrado sumo sacerdote, intercedió por los suyos. Como fiel pastor, reunió a su rebaño bajo la sombra del Todopoderoso, en el fuerte y seguro refugio. A él le aguardaba la última batalla con Satanás, y salió para hacerle frente {El Deseado de todas las gentes, p. 635).

 El conocimiento de Dios… es el fundamento de toda verdadera educación y de todo verdadero servicio. Es la única real salvaguardia contra la tentación; y solamente eso puede hacerle a uno semejante a Dios en carácter. Por medio del conocimiento de Dios y de su Hijo Jesucristo, se imparten a los creyentes “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”. Ningún buen don se niega al que sinceramente desea obtener la justicia de Dios.

“Esta empero es la vida eterna —dijo Cristo—, que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado” (Juan 17:3). Y el profeta Jeremías declaró: “No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar; en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio, y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:23, 24). Difícilmente puede la mente humana entender la anchura, profundidad y altura de las realizaciones espirituales del que obtiene este conocimiento {Los hechos de los apóstoles, p. 423).

Jesús, resplandor de la gloria de su Padre, “no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo” (Filipenses 2:6, 7). Consintió en pasar por todas las experiencias humildes de la vida y en andar entre los hijos de los hombres, no como un rey que exigiera homenaje, sino como quien tenía por misión servir a los demás…

Jesús se vació a sí mismo, y en todo lo que hizo jamás se manifestó el yo. Todo lo sometió a la voluntad de su Padre. Al acercarse el final de su misión en la tierra, pudo decir: “Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese”. Y nos ordena: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” (Juan 17:4); renuncie a todo sentimiento de egoísmo para que éste no tenga más dominio sobre el alma {El discurso maestro de Jesucristo, pp. 17, 18).

Lunes 15 de octubre: Jesús ora por sus discípulos

Jesús no vivió para agradarse a sí mismo. Se entregó como un sacrificio vivo y consumidor en favor de los demás. Vino a elevar, a ennoblecer, a hacer felices a todas las personas con las que se relacionaba. Los que reciben a Cristo abandonarán todo rasgo descortés y áspero, y manifestarán la amabilidad y la bondad que hay en Jesús, porque Cristo mora en el corazón por la fe. Cristo era la Luz que brillaba en la oscuridad, y sus seguidores también deben ser la luz del mundo. Deben encender su lámpara en el altar divino. El carácter que es santificado por la verdad adquiere un lustre perfecto.

Cristo es nuestro modelo, pero a menos que lo contemplemos, que nos espaciemos en su carácter, no lo reflejaremos en nuestra vida práctica. Fue manso y humilde de corazón. Nunca cometió una acción ruda, nunca pronunció una palabra descortés. El Señor no se complace con nuestra conducta ruda y carente de simpatía manifestada hacia los demás. Debemos sacar de nuestro carácter todo egoísmo, y debemos llevar el yugo de Cristo. Entonces… Estaremos listos para vivir en compañía de los ángeles. Debemos estar en el mundo, pero no debemos ser del mundo (A fin de conocerle, p. 305).

La iglesia de Cristo debe estar en el mundo, pero no ser del mundo. Cuando Dios llama a su pueblo a juntarse en capacidad de iglesia, su designio es que formen una sola familia cristiana y que diariamente sean hechos más aptos para su lugar en la familia del cielo.

De esta manera Dios forma a los creyentes en su Palabra en un solo cuerpo, a fin de que su influencia sea una bendición unos a otros y para el mundo. Cada miembro convertido revela una transformación del carácter, y es fortalecido y sustentado por el valor y la fe del conjunto…

La iglesia es el objeto del más tierno amor y cuidado de Dios. Si los miembros se lo permiten, revelará su carácter por medio de ellos… Los que caminan y conversan con Dios practican la mansedumbre de Cristo. En sus vidas, la paciencia, la mansedumbre y el dominio propio están unidos al santo fervor y a la diligencia. A medida que avanzan hacia el cielo, se borran los rasgos duros de su carácter y se deja ver la santidad (In Heavenly Places, p. 283; parcialmente en los lugares celestiales, p. 285).

Solamente en la medida en que estuvieran unidos con Cristo, podían esperar los discípulos que los acompañara el poder del Espíritu Santo y la cooperación de los ángeles del cielo. Con la ayuda de estos agentes divinos, podrían presentar ante el mundo un frente unido, y obtener la victoria en la lucha que estaban obligados a sostener incesantemente contra las potestades de las tinieblas. Mientras continuaran trabajando unidos, los mensajeros celestiales irían delante de ellos abriendo el camino; los corazones serían preparados para la recepción de la verdad y muchos serían ganados para Cristo. Mientras permanecieran unidos, la iglesia avanzaría “hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden”. Cantares 6:10 (Los hechos de los apóstoles, p. 74).

Martes 16 de octubre: “Por los que han de creer en mi”

Un poder extraordinario de parte de Dios debe apoderarse de las iglesias adventistas del séptimo día. Entre los miembros se debe producir una reconversión, para que sean testigos de Dios y demuestren la autoridad del poder de la verdad que santifica el alma. La iglesia debe ser renovada, purificada y santificada, de lo contrario caerá sobre ella la ira de Dios con una fuerza muy superior que sobre los que nunca han profesado ser santos.

Los que sean santificados por la verdad demostrarán que ésta ha producido una reforma en sus vidas, y que los está preparando para ser trasladados al mundo celestial. Pero mientras en la vida predominen el orgullo, la envidia y las malas conjeturas, Cristo no podrá reinar en el corazón. Su amor no estará presente en el alma. En la vida de los que han llegado a ser participantes de la naturaleza divina, hay evidencia de que se ha crucificado el espíritu altivo y autosuficiente que conduce a la exaltación del yo. En su lugar mora el espíritu de Cristo, y los frutos del Espíritu aparecen en la vida. Cuando poseen la mente de Cristo, sus seguidores revelan las gracias de su carácter (Exaltad a Jesús, p. 295).

El Señor llama a hombres que tengan una fe sincera y un pensamiento sano, hombres que reconozcan la diferencia entre lo falso y lo verdadero. Cada uno debe mantenerse en guardia, estudiar y practicar las lecciones dadas en el capítulo 17 del Evangelio de Juan, y conservar una fe viva en la verdad presente. Necesitamos el dominio propio que nos permitirá conformar nuestras costumbres a la oración de Cristo.

La instrucción que me ha sido dada por Uno que tiene autoridad, es que debemos aprender a contestar la oración contenida en el capítulo 17 de Juan. Debemos hacer de esta oración nuestro primer estudio…

El propósito de Dios es que sus hijos se fusionen en la unidad. ¿No es vuestra esperanza vivir juntos en el mismo cielo? ¿Está Cristo dividido contra sí mismo? ¿Dará el éxito a sus hijos antes que hayan apartado de su medio toda discordia y toda crítica, antes que los obreros, en una perfecta unidad de intención, hayan consagrado sus corazones, sus pensamientos y sus fuerzas a una obra tan santa a la vista de Dios? {Testimonios para la iglesia, t. 8, pp. 250, 251).

Nada puede perfeccionar la perfecta unidad en la iglesia, sino el espíritu de una paciencia semejante a la de Cristo. Satanás puede sembrar discordia; solo Cristo puede armonizar los elementos discordantes… Cuando como obreros individuales de la iglesia amamos a Dios por sobre todo y al prójimo como a uno mismo, entonces no habrá trabajosos esfuerzos para unimos; habrá una unidad en Cristo, los oídos estarán cerrados a los informes, y nadie hará reproches contra su vecino. Los miembros de la iglesia apreciarán el amor y la unidad, y serán como una gran familia. Entonces portaremos ante el mundo las credenciales que darán testimonio de que Dios ha enviado a su Hijo al mundo. Cristo dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” {Reflejando a Jesús, p. 192).

Miércoles 17 de octubre: La unidad entre cristianos

Las palabras que el Señor envía serán rechazadas por muchos; pero las palabras que pueda hablar el hombre serán recibidas como luz y verdad. La sabiduría humana apartará de la abnegación, de la consagración, e ideará muchas cosas que tienden a invalidar el efecto de los mensajes de Dios. No podemos tener ninguna seguridad si dependemos de hombres que no están en estrecha relación con Dios. Ellos aceptan las opiniones de los hombres; pero no pueden discernir la voz del verdadero Pastor, y su influencia descarriará a muchos aunque ante sus ojos se acumule prueba sobre prueba que testifiquen de la verdad que el pueblo de Dios debe tener para este tiempo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 4, p. 1169).

También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor (Juan 10:16).

La verdad se debe presentar con tacto divino, amabilidad y delicadeza. Debe provenir de un corazón que ha sido hecho impresionable y compasivo… Que nuestras palabras sean amables cuando tratamos de ganar almas. Dios será la sabiduría para la persona que la busca en la fuente divina. En todas partes hemos de buscar oportunidades, debemos perseverar en oración y estar siempre listos a dar una razón de la esperanza que hay en nosotros, con humildad y temor… El Espíritu Santo aplicará a las almas las palabras habladas en amor. La verdad ejercerá poder de convicción cuando se la hable bajo la influencia de la gracia de Cristo {Exaltad a Jesús, p. 205).

Sed cautos en vuestro trabajo, hermanos, para no atacar los prejuicios de la gente en forma muy violenta. No debe haber desviaciones del camino para atacar a otras denominaciones; porque eso crea tan solo un espíritu combativo y cierra los oídos y los corazones para la entrada de la verdad. Tenemos nuestra obra que hacer, la cual no ha de derribar, sino edificar. Hemos de reparar la brecha que ha sido hecha en la ley de Dios. La obra más noble es la de edificar, la de presentar la verdad con su fuerza y con su poder, y permitir que ella corte y se abra camino a través del prejuicio, y revele el error en contraste con la verdad…

Nuestra obra consiste en decir la verdad con amor, y no mezclar en la verdad los elementos no santificados del corazón natural, expresar cosas que participen del mismo espíritu que poseen nuestros enemigos. Todos los ataques incisivos volverán contra nosotros con doble fuerza cuando el poder esté en las manos de los que puedan ejercerlo para nuestro perjuicio. Me fue presentado repetidamente el mensaje de que no hemos de decir ni una sola palabra, no hemos de publicar una sola frase, especialmente referente a personalidades, que incite a nuestros enemigos contra nosotros y despierte sus pasiones hasta el grado máximo, a menos que sea positivamente esencial para vindicar la verdad (El evangelismo, p. 418).

Jueves 18 de octubre: Una fe que se comparte con amor

Uno de los últimos mandamientos que Cristo diera a sus discípulos fue: “Que os améis los unos a los otros: como os he amado” (Juan 13:34). ¿Estamos obedeciendo este mandato, o estamos condescendiendo con rasgos de carácter hirientes y no cristianos? Si de alguna forma hemos agraviado o herido a otros, es nuestro deber confesar nuestra falta y buscar la reconciliación. Esta es una condición esencial para que podamos presentamos a Dios con fe y pedir su bendición (Palabras de vida del gran Maestro, p. 110).

Muchos piensan que es imposible amar al prójimo como a sí mismos; pero ese amor es solo el fruto genuino del cristianismo. Amar a otros es vestirse del Señor Jesucristo; es caminar y obrar como viendo el mundo invisible. Debemos por ello mirar continuamente a Jesús, el autor y consumador de la fe…

El Señor dio lección tras lección para apartar a todos del egoísmo y establecer estrechos lazos de compañerismo y hermandad entre los hombres. Él deseaba que los corazones de los creyentes estuvieran estrechamente entretejidos con fuertes lazos de simpatía para que pudiera haber unidad en El. Juntos han de regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios, esperando la vida eterna por la virtud de Jesucristo. Si Cristo mora en el corazón, su amor se difundirá a otros y unirá corazón con corazón.

Donde se ha perfeccionado el amor, se guarda la ley y el yo no encuentra lugar. Los que aman a Dios en forma suprema trabajan, sufren y viven para quien dio su vida por ellos. Podemos guardar la ley solo apropiándonos de la justicia de Cristo. Cristo dice: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Cuando recibimos el don celestial, la justicia de Cristo, encontraremos que se ha provisto para nosotros la gracia de Cristo, y que los recursos humanos son impotentes {Reflejemos a Jesús, p. 95).

El amor hacia el hombre es la manifestación terrenal del amor hacia Dios. El Rey de gloria vino a ser uno con nosotros, a fin de implantar este amor y hacemos hijos de una misma familia. Y cuando se cumplan las palabras que pronunció al partir: “Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado,” (Juan 15:12). Cuando amemos al mundo como él lo amó, entonces se habrá cumplido su misión para con nosotros. Estaremos listos para el cielo, porque lo tendremos en nuestro corazón {El Deseado de todas las gentes, p. 596).

La vida de aquel en cuyo corazón habita Cristo revelará una piedad práctica. El carácter será purificado, elevado, ennoblecido y glorificado. Una doctrina pura acompañará a las obras de justicia; y los preceptos celestiales a las costumbres santas.

Los que quieren alcanzar la bendición de la santidad deben aprender primero el significado de la abnegación… “Si alguno quiere venir en pos de mí —dijo Cristo—, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (2 Corintios 4:17; Mateo 16:24). Es la fragancia del amor para con nuestros semejantes lo que revela nuestro amor para con Dios. Es la paciencia en el servicio lo que otorga descanso al alma. Es mediante el trabajo humilde, diligente y fiel cómo se promueve el bienestar de Israel. Dios sostiene y fortalece al que desea seguir en la senda de Cristo {Los hechos de los apóstoles, p. 447).

Viernes 19 de octubre: Para estudiar y meditar

El conflicto de los siglos, “Los Estados Unidos en la profecía”, p 496-499.

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