Notas de Elena | Lección 13 | La restauración final de la unidad | Escuela Sabática | 4to. Trimestre 2018

La restauración final de la unidad

Sábado 22 de diciembre

El gran plan de la redención dará por resultado el completo restablecimiento del favor de Dios para el mundo. Será restaurado todo lo que se perdió a causa del pecado. No solo el hombre, sino también la tierra, será redimida, para que sea la morada eterna de los obedientes. Durante seis mil años, Satanás luchó por mantener la posesión de la tierra. Pero se cumplirá el propósito original de Dios al crearla. “Tomarán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, y hasta el siglo de los siglos…

Dios creó la tierra para que fuese morada de seres santos y felices. Ese propósito se cumplirá cuando, renovada por el poder de Dios y liberada del pecado y de la tristeza, llegue a ser la patria eterna de los redimidos (El hogar cristiano, pp. 488, 489).

La tierra prometida a los mansos no será igual a ésta, que está bajo la sombra de la muerte y de la maldición. “Nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia”. “Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán” [2 Pedro 3:13; Apocalipsis 22:3].

No habrá contratiempo, ni dolor, ni pecado; no habrá quien diga: “Estoy enfermo”. No habrá entierros, ni luto, ni muerte, ni despedidas, ni corazones quebrantados; mas Jesús estará allá, y habrá paz. “No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas” [Isaías 49:10] (El discurso maestro de Jesucristo, p. 20).

El manto de vuestro carácter debe ser lavado hasta que esté inmaculado, en la fuente abierta para toda impureza. Su valor moral será pesado en la balanza del Santuario, y si a usted lo encuentran falto, sufrirá una pérdida eterna. Toda terquedad, toda aspereza, deben ser quitadas de su carácter antes de que Jesús venga, pues cuando él venga, la preparación del alma habrá terminado.

Si usted no se ha apartado de su envidia, sus celos, su odio contra otros, no puede entrar en el reino de Dios. Usted no haría más que llevar la misma disposición consigo; pero no habrá nada de este carácter en el mundo venidero. Allá existirá solo amor, gozo y armonía. Algunos tendrán coronas más brillantes que otros, pero no habrá en ningún corazón, entre los redimidos, pensamiento de celos. Cada uno estará perfectamente satisfecho, porque será recompensado de acuerdo con sus obras (Mensajes selectos, t. 3, pp. 175,176).

Domingo 23 de diciembre: La certeza del regreso de Cristo

Ahora es el momento de preparamos para la venida de nuestro Señor. La preparación para salir a su encuentro no puede lograrse en un momento. En preparación para esta solemne escena, debiéramos esperar en actitud vigilante y velar, combinando todo ello con trabajo ferviente. Así glorifican a Dios sus hijos. En medio de las agitadas escenas de la vida, se oirán sus voces pronunciando palabras de ánimo, fe y esperanza. Todo lo que tienen y son está consagrado al servicio del Maestro (La maravillosa gracia de Dios, p. 353).

Al contemplar a Cristo, nos detenemos en la orilla de un amor inconmensurable. Nos esforzamos por hablar de este amor, pero nos faltan las palabras. Consideramos su vida en la tierra, su sacrificio por nosotros, su obra en el cielo como abogado nuestro, y las mansiones que está preparando para aquellos que le aman; y solo podemos exclamar: ¡Oh! ¡qué altura y profundidad las del amor de Cristo! “En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y ha enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 4:10; 3:1).

En todo verdadero discípulo, este amor, como fuego sagrado, arde en el altar del corazón. Fue en la tierra donde el amor de Dios se reveló por Cristo. Es en la tierra donde sus hijos han de reflejar su amor mediante vidas inmaculadas. Así los pecadores serán guiados a la cruz, para contemplar al Cordero de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 268, 269).

La emocionante verdad que ha estado sonando en nuestros oídos por muchos años, “el Señor está cerca; estad preparados”, no es menos cierta hoy que cuando primero oímos el mensaje. Están en juego en esto los intereses más preciados de la iglesia y del pueblo de Dios, y el destino de un mundo impenitente e impío, para este tiempo y la eternidad. Todos vamos encaminados hacia el juicio. “El Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivamos, los que hayamos quedado hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para salir al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”…

Estos eventos trascendentales están cercanos, pero muchos de los que profesan la verdad están dormidos… Solo para los que aguardan con esperanza y fe Cristo aparecerá sin pecado para salvación. Muchos poseen la teoría de la verdad, pero no conocen el poder de la santidad.

Si la palabra de Dios morara en el corazón, controlaría la vida. La fe, la pureza y la conformidad con la voluntad de Dios darían testimonio de su poder santificador (Testimonio para la iglesia, t. 5, p. 14).

Lunes 24 de diciembre: La promesa de la restauración

Si pudiéramos tener aunque sea una vislumbre de la ciudad celestial, jamás desearíamos vivir nuevamente en la tierra. Hay paisajes muy hermosos en la tierra y yo disfruto de todas estas manifestaciones de amor que observamos en la naturaleza. Las relaciono con el Creador. Pero sé que si amo a Dios y guardo sus mandamientos, en el cielo hay un más excelente y eterno peso de gloria reservado para mí…

Los santos ceñirán coronas de gloria sobre sus cabezas y tendrán arpas de oro en las manos. Tañerán esas arpas de oro, cantarán acerca del amor redentor y elevarán melodías a Dios. Olvidarán las pruebas y los sufrimientos que tuvieron en este mundo, que desaparecerán en medio de las glorias de la tierra nueva…

Represéntese vuestra imaginación la morada de los justos; y recordad que será más gloriosa que cuanto pueda figurarse la más brillante imaginación.

El lenguaje humano es inadecuado para describir la recompensa de los justos. Solo podrá ser conocida por los que la contemplen (Maranata: El Señor viene, pp. 366, 367).

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Apocalipsis 21:1). El fuego que consume a los malvados purifica la tierra. Todo rasgo de maldición desaparece. Ningún infierno eterno mostrará a los redimidos las terribles consecuencias del pecado. Solo queda un recuerdo: nuestro Redentor llevará siempre las marcas de su crucifixión. En su frente herida, sus manos y sus pies, se encuentran los únicos vestigios de la cruel obra que el pecado realizó (La historia de la redención, p. 450).

Para poder entrar al cielo, el hombre debe semejarse a Cristo, la esperanza de gloria, y llevar el cielo consigo. Solo el Señor Jesús puede amoldar y transformar el carácter. Por falta de paciencia, bondad, tolerancia, generosidad y amor, en un descuido se revelan rasgos del carácter carnal de forma repentina e involuntaria, y se pronuncian palabras ásperas que arruinan el alma (Fundamentáis of Christian Education, p. 279).

¡Oh, cuán felices seremos cuando nos reunamos junto al trono, revestidos de las túnicas blancas de la justicia de Cristo! No habrá más pesar ni separación, sino que moraremos en paz, felicidad y gloria por las edades sin fin de la eternidad. ¡Qué grupo de gente feliz seremos!

Consideremos ahora que tenemos los mismos privilegios aquí. Cuando tomamos en cuenta el infinito sacrificio que hizo nuestro Salvador para que pudiéramos llegar a ser hijos de Dios y miembros de la familia real, cuando pensamos en esa exaltación, cuando meditamos en que todos estos privilegios serán nuestros y pueden ser nuestros cada día, que podemos disponer de las prerrogativas que les corresponden a los hijos e hijas de Dios, ¿cómo puede quejarse alguien? ¿Cómo puede alguien murmurar? ¿Cómo pueden hallarse esas cosas en nuestro corazón? (Cada día con Dios, p. 331).

Martes 25 de diciembre: La resurrección y el restablecimiento de las relaciones

La trompeta aún no ha sonado. Quienes han descendido a la tumba todavía no han exclamado: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55). Los justos muertos aún no han sido arrebatados con los santos vivos para encontrarse con su Señor en el aire. Pero se aproxima el tiempo en que las palabras pronunciadas por el apóstol Pablo se cumplirán: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:16, 17)…

Esta tierra es el lugar de preparación para el cielo. El tiempo que pasamos aqui es el invierno del cristiano. Los vientos fríos de la aflicción soplan sobre nosotros, y las olas de los problemas nos arrollan. Pero en un futuro cercano, cuando Cristo venga, las penas y los lamentos habrán desaparecido para siempre. Entonces será el verano del cristiano. Todas las pruebas habrán concluido, y no habrá más enfermedad ni muerte. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. Apocalipsis 21:4 (Alza tus ojos, p. 309).

El Señor nos ha elegido como canales a través de los cuales pueda comunicar sus bendiciones…

El amor, la cortesía, la abnegación, jamás se perderán. Cuando alguno es elegido por Dios es cambiado de la mortalidad a la inmortalidad. Sus palabras y actos de bondad se manifestarán y serán preservados por las edades sin fin. Ningún acto de servicio abnegado, por pequeño o simple que sea, se pierde jamás. Por medio de los méritos imputados de la justicia de Cristo, la fragancia de tales palabras y acciones es preservada para siempre {En los lugares celestiales, p. 234).

Todos salen de sus tumbas de igual estatura que cuando en ellas fueran depositados. Adán, que se encuentra entre la multitud resucitada, es de soberbia altura y formas majestuosas, de porte poco inferior al del Hijo de Dios. Presenta un contraste notable con los hombres de las generaciones posteriores; en este respecto se nota la gran degeneración de la raza humana. Pero todos se levantan con la lozanía y el vigor de eterna juventud. Al principio, el hombre fue creado a la semejanza de Dios, no solo en carácter, sino también en lo que se refiere a la forma y a la fisonomía. El pecado borró e hizo desaparecer casi por completo la imagen divina; pero Cristo vino a restaurar lo que se había malogrado. Él transformará nuestros cuerpos viles y los hará semejantes a la imagen de su cuerpo glorioso. La forma mortal y corruptible, desprovista de gracia, manchada en otro tiempo por el pecado, se vuelve perfecta, hermosa e inmortal. Todas las imperfecciones y deformidades quedan en la tumba (El conflicto de los siglos, p. 627).

Miércoles 26 de diciembre: Una tierra nueva para los redimidos

En la Biblia a la heredad de los salvados se la llama patria (Hebreos 11:14-16). Allí el gran Pastor conduce a su rebaño a fuentes de aguas vivas. El árbol de vida da su fruto cada mes, y las hojas del árbol son para la sanidad de las naciones. Hay ríos de aguas corrientes, claras como el cristal, y en sus márgenes los árboles que siempre se mecen proyectan su sombra sobre los senderos preparados para los redimidos del Señor. Allí las amplias planicies desembocan en colmas hermosas, y las montañas de Dios yerguen sus elevados picos. En esas pacíficas planicies, junto a las corrientes vivas, el pueblo de Dios, por tanto tiempo peregrino y errante, encontrará un hogar (La historia de la redención, p. 451).

[Vimos el árbol de la vida y el trono de Dios, del que fluía un río de agua pura, y en cada lado del rio estaba el árbol de la vida. En una margen había un tronco del árbol y otro en la otra margen, ambos de oro puro y transparente. Al principio pensé que había dos árboles; pero al volver a mirar vi que los dos troncos se unían en su parte superior y formaban un solo árbol. Así estaba el árbol de la vida en ambas márgenes del río de vida. Sus ramas se inclinaban hacia donde nosotros estábamos, y el fruto era espléndido, semejante a oro mezclado con plata.

Todos nos ubicamos bajo el árbol, y nos sentamos para contemplar la gloria de aquel paraje… Procuramos recordar las pruebas más graves por las que habíamos pasado, pero resultaban tan insignificantes frente al incomparable y eterno peso de gloria que nos rodeaba, que no pudimos referirlas, y todos exclamamos: “¡Aleluya! Muy poco nos ha costado el cielo”. Pulsamos entonces nuestras áureas arpas cuyos ecos resonaron en las bóvedas del cielo (Primeros escritos, p. 17).

La capacidad de gozar de las riquezas de la gloria aumentará con el deseo que tengamos de poseerlas. ¿Cómo podremos aumentar nuestro aprecio por Dios y las cosas celestiales a menos que sea en esta vida? Si permitimos que las exigencias y los cuidados de este mundo absorban todo nuestro tiempo y toda nuestra atención, nuestras facultades espirituales se debilitarán y morirán por falta de ejercicio {Cada día con Dios, p. 85).

Los santos redimidos, que han amado a Dios y guardado sus mandamientos aquí, entrarán por las puertas de la ciudad, y tendrán derecho al árbol de la vida. Comerán de él con toda libertad tal como lo hicieron nuestros primeros padres antes de su caída. Las hojas de ese árbol inmortal y de amplia copa, serán para la sanidad de las naciones. Habrán desaparecido todos sus infortunios. Jamás volverán a sentir los efectos de la enfermedad, la tristeza y la muerte, porque las hojas del árbol de la vida los habrán sanado. Jesús verá el fruto del trabajo de su alma y se sentirá satisfecho, cuando los redimidos, que fueron objeto de angustias, fatigas y aflicciones, que gimieron bajo el peso de las calamidades, se reúnan en tomo del árbol de la vida para comer de su fruto inmortal, del que nuestros primeros padres perdieron todo derecho por haber quebrantado los mandamientos de Dios. Allí jamás habrá peligro de volver a perder el derecho al árbol de la vida, porque el que condujo a la tentación y al pecado a nuestros primeros padres será destruido en ocasión de la muerte segunda (Maranata, p. 335).

Jueves 27 de diciembre: La vida en la tierra nueva

En la tierra renovada los redimidos se dedicarán a las ocupaciones que brindaban felicidad a Adán y Eva en el principio. Se vivirá la vida del Edén, en los huertos y el campo. “Edificarán casas, y morarán en ellas; y plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas” …

Allí se desarrollarán todas las facultades y se mejorarán todos los talentos. Se llevarán a cabo las empresas más formidables, se satisfarán las aspiraciones más elevadas, y se lograrán las ambiciones más nobles. Surgirán nuevas alturas que escalar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos motivos de estudio que exigirán el concurso de las facultades de la mente y el espíritu.

Toda la familia de los redimidos no vivirá en un estado de ociosidad y ensueño… Toda la familia de los redimidos se deleitará en servir al que es Dueño suyo por creación y redención (Mi vida hoy, p. 369).

Encabezados por Jesús, todos descendimos desde la ciudad hacia esta tierra, sobre un monte muy grande… Luego miramos hacia arriba y vimos la gran ciudad… [y] todos exclamamos: “Ya desciende la ciudad, la gran ciudad; viene de Dios y del cielo”, y la ciudad descendió y se estableció sobre la llanura en la que nos encontrábamos. Luego comenzamos a contemplar las cosas gloriosas que había dentro de ella. Vi casas muy hermosas que parecían de plata, soportadas por cuatro columnas engarzadas con perlas, algo muy hermoso a la vista, que debían ser habitadas por los santos y que tenían una repisa de oro. Vi a numerosos santos entrar en las casas, quitarse sus brillantes coronas y colocarlas en la repisa, y luego salir al campo que rodeaba las casas para hacer algo con la tierra; pero no era nada semejante a lo que hacemos con la tierra aquí. Una luz gloriosa brillaba alrededor de su cabeza y alababan continuamente a Dios.

Vi además otro campo lleno de flores, y al cortarlas exclamé: “¡No se marchitarán!” Luego vi un campo de pasto alto, cuya contemplación causaba gran alegría; era un verde intenso con reflejos plateados y dorados mientras ondeaba orgullosamente para gloria del rey Jesús. Luego entramos en un campo lleno de toda clase de animales: leones, corderos, leopardos y lobos, todos juntos en perfecta armonía (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 69).

Para los trabajados y cargados, para los que lucharon la batalla de la fe será un incomparable descanso; porque poseerán el vigor y la juventud de la inmortalidad, y no tendrán que contender nunca más con el pecado y Satanás {Mi vida hoy, p. 369).

Viernes 28 de diciembre: Para estudiar y meditar

Consejos para la iglesia, “He aquí yo vengo pronto”, pp. 645-653.

La maravillosa gracia de Dios, “¡Por fin en el hogar!”, p. 359.

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