Notas de Elena | Lección 13 | ¿Debe oírlo el mundo entero? | Escuela Sabática


Sábado 19 de septiembre

La tierra quedó obscura porque se comprendió mal a Dios. A fin de que pudiesen iluminarse las lóbregas sombras, a fin de que el mundo pudiera ser traído de nuevo a Dios, había que quebrantar el engañoso poder de Satanás. Esto no podía hacerse por la fuerza. El ejercicio de la fuerza es contrario a los principios del gobierno de Dios; él desea tan solo el servicio de amor; y el amor no puede ser exigido; no puede ser obtenido por la fuerza o la autoridad. El amor se despierta únicamente por el amor. El conocer a Dios es amarle; su carácter debe ser manifes­tado en contraste con el carácter de Satanás. En todo el universo había un solo ser que podía realizar esta obra. Únicamente Aquel que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios, podía darlo a conocer. Sobre la obscura noche del mundo, debía nacer el Sol de justicia, “tra­yendo salud eterna en sus alas.” (El Deseado de todas las gentes, p. 13).

Los misterios del pasado y el futuro están abiertos para el que gobierna los cielos, y Dios ve más allá de la calamidad, las tinieblas y la ruina que ha traído el pecado. Aunque lo rodeen las nubes y las tinieblas, sin embargo la justicia y el juicio constituyen el fundamento de su trono…

Mediante el plan de salvación ha de cumplirse un propósito más amplio aunque la salvación del hombre y la redención del mundo. Por medio de la revelación del carácter de Dios en Cristo, se manifestaría ante el universo la benevolencia del gobierno de Dios, se refutaría la acusación de Satanás, se manifestaría la naturaleza del pecado y se demostraría plenamente la perpetuidad de la ley de Dios (A fin de conocerle, p. 368).

 

Domingo 20 de septiembre: No hay otro nombre bajo del cielo

 

Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia a la ley de Jehová.

Los convidados a la fiesta de bodas fueron inspeccionados por el rey, y se aceptó solamente a aquellos que habían obedecido sus requerimientos y se habían puesto el vestido de bodas. Así ocurre con los convidados a la fiesta del evangelio. Todos deben ser sometidos al escrutinio del gran Rey, y son recibidos solamente aquellos que se han puesto el manto de la justicia de Cristo.

La justicia es la práctica del bien, y es por sus hechos por lo que todos han de ser juzgados. Nuestros caracteres se revelan por lo que hacemos. Las obras muestran si la fe es genuina o no (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 253, 254).

Hay hoy día miles que necesitan aprender la misma verdad que fue enseñada a Nicodemo por la serpiente levantada. Confían en que su obediencia a la ley de Dios los recomienda a su favor. Cuando se los invita a mirar a Jesús y a creer que él los salva únicamente por su gracia, exclaman: “¿Cómo puede esto hacerse?”

Como Nicodemo, debemos estar dispuestos a entrar en la vida de la misma manera que el primero de los pecadores. Fuera de Cristo, “no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Por la fe, recibimos la gracia de Dios; pero la fe no es nuestro Salvador. No nos gana nada. Es la mano por la cual nos asimos de Cristo y nos apropiamos sus méritos, el remedio por el pecado. Y ni siquiera podemos arrepentimos sin la ayuda del Espíritu de Dios. La Escritura dice de Cristo: “A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepen­timiento y remisión de pecados”. El arrepentimiento proviene de Cristo tan ciertamente como el perdón (El Deseado de todas las gentes, p. 147).

¿Deseamos llegar a ser discípulos de Cristo, pero no sabemos cómo principiar? ¿Estamos en la oscuridad y no sabemos cómo hallar la luz? Sigamos la luz que poseemos. Dispongamos nuestro corazón para obe­decer lo que sabemos de la Palabra de Dios, en la cual reside su poder, su misma vida. A medida que recibamos la Palabra con fe, ella nos dará poder para obedecer. Si prestamos atención a la luz que tenemos, recibiremos más luz. Edificaremos sobre la Palabra de Dios y nuestro carácter se formará a semejanza del carácter de Cristo.

Cristo, el verdadero fundamento, es una piedra viva; su vida se imparte a todos los que son edificados sobre él. “Vosotros también como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual”. Y “todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor”. Las piedras se unifican con el fundamento, porque en todo mora una vida común, y ninguna tempestad puede destruir ese edificio (El discurso maestro de Jesucristo, p. 126).

Lunes 21 de septiembre: ¿Cuánto debe uno conocer?

“También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10:16).

La verdad se debe presentar con tacto divino, amabilidad y delicadeza. Debe provenir de un corazón que ha sido hecho impre­sionable y compasivo… Que nuestras palabras sean amables cuando tratamos de ganar almas. Dios será la sabiduría para la persona que la busca en la fuente divina. En todas partes hemos de buscar oportuni­dades, debemos perseverar en oración y estar siempre listos a dar una razón de la esperanza que hay en nosotros, con humildad y temor. Debemos mantener nuestros corazones vueltos hacia Dios, para que nunca vayamos a impresionar desfavorablemente una sola alma por la cual Cristo murió y para que, cuando la oportunidad se presente, podamos hablar las palabras adecuadas y en el momento oportuno. Si comienzan a realizar un trabajo para Dios de esta manera, el Espíritu de Dios será su ayudador. El Espíritu Santo aplicara a las almas las palabras habladas en amor. La verdad ejercerá poder de convicción cuando se la hable bajo la influencia de la gracia de Cristo (Exaltad a Jesús, p. 205).

En todo lugar, a cada hora del día, hay un Vigilante santo que cote­ja cada cuenta, cuyo ojo capta toda la situación, sea ésta de fidelidad o de deslealtad y engaño…

El salmista escribe: “Oh, Jehová tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos, has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos… Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinie­blas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz” (Salmo 139:1-12)…

Todo el cielo se interesa en nuestra salvación. Los ángeles de Dios están… anotando las obras de los hombres. En el libro de memoria de Dios se registran las palabras de fe, los actos de amor y la humildad de espíritu (A fin de conocerle, p. 236).

Los principios revelados en las Escrituras deben enseñarse a todos. Debemos comer la Palabra de Dios; esto significa que no debemos apartamos de sus preceptos. Debemos introducir sus verdades en nues­tra vida diaria y captar los misterios de la divinidad.

Orad a Dios. Estad en comunión con él. Estudiad la mente de Dios, como quienes se esfuerzan por alcanzar la vida eterna y que necesitan conocer su voluntad. Podéis revelar la verdad únicamente como la conocéis en Cristo. Debéis recibir y asimilar sus palabras; éstas deben llegar a formar parte de vosotros. Esto es lo que significa comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios. Debéis vivir por cada palabra que procede de la boca de Dios; es decir, lo que Dios ha revelado. No todo ha sido revelado; porque no podríamos soportar tal revelación. Pero Dios ha revelado todo lo que es necesario para nuestra salvación. No debemos dejar su Palabra para aceptar las suposiciones de los seres humanos (Consejos sobre la salud, p. 367).

 

Martes 22 de septiembre: Universalismo y pluralismo

 

Hay muchas personas que están clamando por el Dios viviente, y anhelan la presencia divina. Las teorías filosóficas o los ensayos litera­rios, por brillantes que sean, no pueden satisfacer el corazón. Los aser­tos e invenciones de los hombres no tienen ningún valor. Que la Palabra de Dios hable a la gente. Que los que han escuchado solo tradiciones, teorías y máximas humanas, oigan la voz de Aquel cuya palabra puede renovar el alma para vida eterna.

El tema favorito de Cristo era la ternura paternal y la abundante gracia de Dios; se espaciaba mucho en la santidad de su carácter y de su ley; se presentaba a sí mismo a la gente como el Camino, la Verdad, y la Vida. Sean éstos los temas de los ministros de Cristo. Presentad la verdad tal cual es en Jesús. Aclarad los requisitos de la ley y del evan­gelio. Hablad a la gente de la vida de sacrificio y abnegación que llevó Cristo; de su humillación y muerte; de su resurrección y ascensión; de su intercesión por ellos en las cortes de Dios; de su promesa: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mimo” (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 22).

“Y hablóles Jesús otra vez, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida” (Juan 8:12).

Todos aquellos que viajan por el camino al cielo, necesitan un guía seguro. Nosotros no debemos andar en la sabiduría humana. Es nues­tro privilegio escuchar a la voz de Cristo hablándonos a medida que realizamos el viaje, y sus palabras son siempre palabras de sabiduría…

Satanás está trabajando con gran diligencia para labrar la ruina de las almas de los hombres. Ha descendido con gran poder, sabiendo que le queda poco tiempo. Nuestra única seguridad está en seguir estrecha­mente junto a Cristo, caminando en su sabiduría y practicando su ver­dad. Nosotros no siempre podemos detectar rápidamente la obra satá­nica; no sabemos adonde coloca sus trampas. Pero Jesús comprende las sutiles artes del enemigo, y puede mantener nuestros pies por el camino seguro… “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”, declara Cristo.

¿De qué serviría un camino directo y seguro rumbo a la gloria, si ninguna luz de verdad brillara sobre él para hacer que los viajeros lo deseen? ¿De qué serviría la verdad que brilla en el camino si no hubiera vida en las personas que recorren ese camino en el viaje de los peregri­nos de la tierra al cielo? Teniendo la declaración de Cristo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”, todos los que creen en Jesús, el Guía, pueden caminar confiadamente hacia el cielo, seguros de que están en la senda trazada en la Palabra como el Camino. Hay seguridad siguiendo ese camino.

Cristo, su carácter y su obra, es el centro y la circunferencia de toda verdad. Él es la cadena a la cual están unidas las joyas de la doc­trina. En él se encuentra todo el sistema de la verdad (Nuestra elevada vocación, p. 18).

Cristo es nuestro modelo, y los que siguen a Cristo no andarán en tinieblas, pues no procurarán su propio placer. Glorificar a Dios será el continuo propósito de su vida. Cristo representó el carácter de Dios ante el mundo. El Señor Jesús condujo su vida de tal forma que los hombres estuvieron obligados a reconocer que había hecho bien todas las cosas. El Redentor del mundo fue la luz del mundo, pues su carácter fue sin falta. Aunque era el unigénito Hijo de Dios, y el heredero de todas las cosas del cielo y de la tierra, no dejó un ejemplo de indolencia y com­placencia propia (A fin de conocerle, p. 158).

 

Miércoles 23 de septiembre: Pecadores que necesitan gracia

 

El plan de salvación trazado por el Cielo es bastante amplio para abarcar todo el mundo. Dios anhela impartir el aliento de vida a la humanidad postrada. Y no permitirá que se quede chasqueado nadie que anhele sinceramente algo superior y más noble que cuanto puede ofrecer el mundo. Envía constantemente sus ángeles a aquellos que, si bien están rodeados por las circunstancias más desalentadoras, oran con fe para que algún poder superior a sí mismos se apodere de ellos y les imparta liberación y paz. De varias maneras Dios se les revelará, y los hará objeto de providencias que establecerán su confianza en Aquel que se dio a sí mismo en rescate por todos, “a fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, y guarden sus manda­mientos” (Salmo 78:7) (Profetas y reyes, p. 280).

Dios dio a su Hijo unigénito para que muriera por una raza de rebel­des, a fin de que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. ¿Por qué no caminamos y obramos en la forma como Dios lo ha señalado? ¿Cómo puede alguno agradar al enemigo destruyendo la obra de otros, utilizando las facultades que Dios le dio para destruir la esperanza y empujar a las almas al desánimo? En cada iglesia hay hombres y mujeres jóvenes que necesitan la ayuda de un fuerte y com­pasivo apretón de manos; de un interés amante como el de Cristo, que les impedirá irse. Pongan fin a las disputas acerca de las cosas pequeñas. Desaparezcan las declaraciones poco amables, como algo odioso y sin provecho. No pronuncien palabras que no benefician, y acérquense a los que han errado. Atérrense de ellos y atráiganlos a Cristo. Digan a Satanás que no puede tenerlos porque son propiedad del Salvador. No den a Satanás la oportunidad de introducirse en nuestras filas. “No he venido para condenar, sino para salvar”, declaró Cristo. Los ángeles son enviados desde las cortes celestiales no para destruir sino para valorar y proteger a las almas en peligro, para salvar a los perdidos, para traer a los extraviados de nuevo al redil. ¿No tienen, entonces, palabras para los perdidos y extraviados, que surjan de un corazón compasivo? ¿Los dejarán perecer o les extenderán una mano ayudadora? Alrededor de ustedes hay almas que están en peligro de perecer. ¿No trabajarán en favor de ellas y orarán con ellas? ¿No las atraerán al Salvador con cuerdas de amor? Cesen los reproches y pronuncien palabras que inspirarán en ellos la fe y el valor (Alza tus ojos, p. 115).

Los hombres son mortales. Pueden ser piadosos con sinceridad y aun así cometer muchos errores en su comprensión y tener muchos defectos de carácter. Sin embargo, no pueden ser seguidores de Cristo y permanecer junto al que “ama y hace mentira” (Apocalipsis 22:15). Una vida tal es fraudulenta, una falsedad perpetua, un engaño fatal. Los hombres y las mujeres tendrán que enfrentarse a sus pecados y recono­cerlos abiertamente. Esa será la prueba definitiva de su valentía. Decir: “Soy responsable de ese error” requiere una fuerza de introspección que el mundo solo posee en muy escasa medida. Pero quien tenga el valor de decir esto con sinceridad obtiene una decidida victoria sobre sí mismo y cierra efectivamente la puerta al enemigo.

La adherencia a los más estrictos principios de la verdad, con fre­cuencia será la causa de incomodidades presentes, incluso de pérdidas temporales, pero aumentará la recompensa en la vida futura. La religión no consiste en un mero sistema de doctrinas estériles, sino en la fe prác­tica que santifica la vida y corrige la conducta en el círculo familiar y en la iglesia. Muchos diezman la menta y la ruda y, al mismo tiempo, des­cuidan asuntos de mayor importancia: la misericordia y el amor de Dios. Para la perfección del carácter cristiano es esencial andar humildemente con Dios. Dios exige los principios más rectos en los más minuciosos detalles de las transacciones de la vida. Cristo dijo: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Lucas 16:10) (Testimonios para la iglesia, tomo 4, p. 331).

 

Jueves 24 de septiembre: El llamado de la misión

 

Dios dará sabiduría a los que le piden, pero aquellos que son llama­dos a trabajar en campos difíciles y peculiares deben estudiar los méto­dos de Cristo y no intentar trabajar con sus propios rasgos de carácter. Esos rasgos, heredados o cultivados, son conocidos por Satanás, quien intentará revelarlos en el trabajo. Deben ser eliminados del alma para que el Espíritu de Cristo pueda tomar posesión del habla y de los pode­res físicos, mentales y morales, no sea que en medio de importantes asuntos Satanás pueda usar su poder maestro para crear condiciones que hagan aflorar esos rasgos de carácter y traigan derrota en lugar de victoria para la causa de Dios.

Dice el apóstol: “Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él” (1 Corintios 9:20-23). Sabemos que el apóstol no sacrificó ni una jota de sus princi­pios; no permitió que la sofistería y las máximas humanas lo desviaran, ni procuró coincidir con las suposiciones y afirmaciones de aquellos que enseñaban como doctrinas mandamientos de hombres. Y aunque la iniquidad y la transgresión estaban en ascenso, no permitió que su amor se enfriara. Debe mostrarse celo y fervor, pero al mismo tiempo, al presentarse algunos asuntos de nuestra fe, se debe ser cuidadoso, no sea que inmediatamente se levante el prejuicio entre aquellos con quienes debemos tratar (The Southern Work, p. 76).

Así como los discípulos salieron para proclamar el evangelio, llenos con el poder del Espíritu, también los siervos de Dios deben salir hoy. A nuestro alrededor hay campos blancos para la siega. Esos campos deben cosecharse. Debemos llevar la Palabra, llenos con un abnegado deseo de proclamar el mensaje de misericordia a los que están en las tinieblas del error y la incredulidad…

El Señor Dios ha hecho la promesa eterna de proporcionar poder y gracia a todos los que están santificados mediante la obediencia a la ver­dad. Jesucristo, a quien se le dio todo el poder en el cielo y en la tierra, se une en simpatía con sus instrumentos, las almas sinceras que día a día participan del pan viviente “que descendió del cielo” (Juan 6:33). La iglesia en la tierra, unida con la iglesia en el cielo, puede realizar todas las cosas (A fin de conocerle, p. 346).

 

Viernes 25 de septiembre: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 757-768.

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1 Comment

  • Silvia 2 años ago

    Buen dia: gracias por lo que hacen por ayudarnos en el estudio de la leccion, pero hay un pero, Estas notas que tanto ayudan a una mejor comprension son dadas al final de la semana cuando ya casi no ayudan en nada porque no darlas al principio? son importantes mas que el comentario de cualquier otro humano Son palabra de Dios
    Gracias y feliz semana