Notas de Elena | Lección 12 | La organización de la Iglesia y su unidad | Escuela Sabática | 4to. Trimestre 2018

La organización de la Iglesia y su unidad

Sábado 15 de diciembre

En estas horas finales del tiempo de gracia concedido a los hijos de los hombres, cuando falta tan poco para que la suerte de cada alma sea decidida para siempre, el Señor del cielo y de la tierra espera que su iglesia se levante a obrar como nunca antes. Los que han sido libertados en Cristo por un conocimiento de la verdad preciosa son considerados por el Señor Jesús como sus escogidos, favorecidos por sobre todos los demás en la tierra; y él espera de ellos que manifiesten las alabanzas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Las bendiciones tan liberalmente concedidas deben ser comunicadas a otros. La buena nueva de la salvación debe ir a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

En las visiones de los profetas antiguos se representaba al Señor de gloria como otorgando luz especial a su iglesia en los días de tinieblas e incredulidad que preceden a su segunda venida. Como Sol de Justicia, iba a levantarse sobre su iglesia, para traer “salud” “en sus alas”. Malaquías 4:2. Y de todo verdadero discípulo debe irradiar una influencia que difunda vida, valor, auxilio y verdadera sanidad (. Patriarcas y profetas, pp. 528, 529).

Cuando la iglesia se despierte a la comprensión de lo que debe hacerse en nuestro mundo, los miembros tendrán afán por las almas de los que no conocen a Dios y que, en su ignorancia espiritual, no pueden comprender la verdad para este tiempo. La abnegación y el sacrificio del yo han de entretejerse en toda nuestra experiencia. Hemos de orar y velar en oración para que no haya inconsistencia en nuestra vida. No debemos dejar de mostrar a otros que comprendemos que velar y orar significa vivir nuestras oraciones ante Dios, para que pueda contestarlas (Mensajes selectos, t. 1, p. 136).

La persona que cree en Jesucristo como su Salvador personal debe ser un obrero colaborador suyo, ligado a su corazón de amor infinito, trabajando con él en acciones de abnegación y benevolencia. Aquel a quien Cristo ha revelado su gracia perdonadora practicará las obras de Cristo, manteniéndose unido a él. Dios llama a aquellos por quienes ha hecho un sacrificio infinito, para que tomen su posición como colaboradores suyos y promuevan el avance de la acción misericordiosa de su divina benevolencia.

Cristo se ha separado de la tierra, pero sus seguidores todavía quedan en el mundo. Su iglesia, constituida por los que le aman, debe ser en palabra y acción, en su amor desinteresado y benevolencia, una representación del amor de Cristo. Al practicar la abnegación y llevar la cruz han de ser el medio para implantar el principio del amor en el corazón de aquellos que no están relacionados con el Salvador por un conocimiento experimental (El ministerio médico, p. 419).

Domingo 16 de diciembre: Cristo, la cabeza de la iglesia

El Señor no permitirá que su tesoro humano, ganado por Cristo, la Cabeza, se pase a las filas del enemigo, sin hacer todos los esfuerzos posibles en su favor. La única esperanza de los redimidos consiste en cumplir los mandamientos de Dios. Este es el evangelio que ha resonado a través de los siglos hasta llegar a nuestros días.

A todos Cristo nos hace llegar la invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30). Por mucho tiempo esta invitación, venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, ha resonado en claros tonos en medio de un mundo confundido y lleno de problemas. Dios no dejará que el hombre siga sus propios caminos y haga su propia voluntad, para que se pierda, sin hacer un esfuerzo definido para recuperarlo. El propósito del ministerio de Cristo, el ámbito de su misericordia y su poder, no tienen límites (Cada día con Dios, p. 26).

Cuando las pruebas los rodean, cuando el abatimiento y la sombría incredulidad dominan sus pensamientos, cuando el egoísmo amolda sus acciones, no ven la necesidad que tienen de Dios, ni de un conocimiento profundo y cabal de su voluntad. No conocen la voluntad de Dios, ni pueden conocerla mientras viven para el yo. Confían en sus buenas intenciones y resoluciones, y la suma principal de sus vidas se compone de resoluciones hechas y resoluciones quebrantadas. Lo que todos necesitan es morir al yo, dejar de aferrarse a él y entregarse a Dios (Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 595).

Muchos no están conscientes de su condición ni del peligro que corren; y hay mucho en el carácter y el estilo de la obra de Cristo que se opone a todo principio mundanal y al orgullo del corazón humano. Jesús requiere que nos entreguemos confiadamente en sus manos y que confiemos en su amor y sabiduría.

Como Nicodemo, nos podemos jactar de que nuestro carácter moral no ha estado errado y que no tenemos necesidad de humillamos ante Dios como un pecador común y corriente. Sin embargo, tenemos que conformamos con entrar en la vida eterna tal como lo hace el primero de los pecadores. Tenemos que renunciar a nuestra propia justicia y rogar para que la justicia de Cristo nos sea imputada. Para recibir fuerza, tenemos que depender enteramente de Cristo. El yo tiene que morir. Tenemos que reconocer que todo lo que deseamos proviene de las sobreabundantes riquezas de la divina gracia. Que sea éste el lenguaje de vuestro corazón: “No a nosotros, oh Señor, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, y en nombre de tu verdad”.

La fe genuina es seguida por el amor, y el amor por la obediencia. Todas las fuerzas y pasiones del hombre convertido son puestas bajo el control de Cristo. Su Espíritu es un poder renovador que transforma a la imagen divina a todo aquel que lo recibe (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 203).

Lunes 17 de diciembre: Liderazgo de servicio

En una oportunidad Juan estaba empeñado en una disputa con varios de sus hermanos, sobre cuál de ellos sería considerado el mayor. No tenían la intención de que sus palabras llegaran a oídos del Maestro; pero Jesús leyó sus corazones, y aprovechó la oportunidad para dar a sus discípulos una lección de humildad… “Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Marcos 9:35).

Los que poseen el espíritu de Cristo no tendrán ambición de ocupar una posición por encima de sus hermanos. Aquellos que son pequeños a sus propios ojos son los que serán considerados grandes a la vista de Dios…

¡Qué preciosa lección es ésta para todos los seguidores de Cristo! Los que descuidan los deberes de la vida que les incumben directamente, los que no usan de misericordia y bondad, cortesía y amor, aun hacia un niñito, están descuidando a Cristo. Juan sintió la fuerza de esta lección y la aprovechó {La edificación del carácter, pp. 53, 54).

La vida terrenal del Salvador no fue una vida de comodidad y devoción para sí, sino que él trabajó con esfuerzo persistente, fervoroso e infatigable por la salvación de la perdida humanidad. Desde el pesebre hasta el Calvario, siguió la senda de la abnegación y no procuró estar libre de tareas arduas y duros viajes, ni de trabajos y cuidados agotadores. Dijo: “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” [Mateo 20:28], Tal fue el gran objeto de su vida. Todo lo demás fue secundario y accesorio. Fue su comida y bebida hacer la voluntad de Dios y acabar su obra. En ésta no hubo amor propio ni egoísmo.

Así también los que son participantes de la gracia de Cristo estarán dispuestos a hacer cualquier sacrificio para que los otros por quienes él murió compartan el don celestial. Harán cuanto puedan para que su paso por el mundo lo mejore. Este espíritu es el fruto seguro del alma verdaderamente convertida. Tan pronto como uno acude a Cristo nace en el corazón un vivo deseo de hacer saber a otros cuán precioso amigo encontró en el Señor Jesús. La verdad salvadora y santificadora no puede permanecer encerrada en el corazón. Si estamos revestidos de la justicia de Cristo y rebosamos de gozo por la presencia de su Espíritu, no podremos guardar silencio. Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos algo que decir a otros {El camino a Cristo, p. 78).

Al hacer su obra [la Majestad de los cielos] se vio entre los afligidos, los pobres, los angustiados y los necesitados. Cristo era la personificación del refinamiento y la pureza; su vida y carácter eran elevados; pero en su ministerio no se lo encontró entre hombres de altisonantes títulos, ni entre los más honorables de este mundo, sino con los despreciados y necesitados. “Viene —dice el divino Maestro—, a salvar lo que se había perdido” … ¿Es el siervo mayor que su Señor? Él ha dado el ejemplo, y nos insta a que lo imitemos {Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 415).

Martes 18 de diciembre: Cómo conservar la unidad de la iglesia

Pablo sabía que a la iglesia le esperaba un tiempo de grande peligro. Sabía que debía hacerse un fiel y fervoroso trabajo por aquellos a quienes se les había encargado el cuidado de las iglesias; y por eso le escribió a Timoteo… “[Predica] la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

Esta amonestación solemne a uno que era tan celoso y fiel como Timoteo, constituye un poderoso testimonio de la importancia y responsabilidad de la obra del ministerio evangélico. Llamándolo ante el tribunal de Dios, Pablo le ordena predicar la Palabra, y no los dichos y costumbres de los hombres; de estar listo para testificar por Dios en cualquier oportunidad que se le presente, delante de grandes congregaciones o círculos privados, por el camino o en los hogares, a amigos como a enemigos, en seguridad o expuesto a durezas y peligros, oprobios y pérdidas {Los hechos de los apóstoles, p. 400).

Vi que es sumamente importante que aquellos que prediquen la verdad posean modales refinados, y rehuyan las rarezas y excentricidades, y presenten la verdad en su pureza y claridad. Se me refirió a (Tito 1:9): “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen”. En el (versículo 16), Pablo habla de una clase que profesa conocer a Dios, pero lo niega por sus obras, siendo “reprobados en cuanto a toda buena obra”. Exhorta así a Tito: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, serios, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia… Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean prudentes; presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros” (Tito 2:1-8). Esta instrucción fue escrita para beneficio de todos aquellos a quienes Dios ha llamado a predicar la Palabra y también para beneficio de sus hijos que lo oyen (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 367).

Es un engaño del enemigo que alguien sienta que puede desvincularse de los agentes que Dios ha señalado y trabajar en una línea independiente por sí mismo, con su propia supuesta sabiduría, y sin embargo tener éxito… Somos un cuerpo, y todo miembro ha de estar unido al cuerpo, cada persona trabajando en su respectiva capacidad.

No es una buena señal cuando los hombres no se unen con sus hermanos, sino que prefieren actuar solos, cuando no aceptan a sus hermanos porque éstos no ejecutan sus planes. Si los hombres llevan el yugo de Cristo, no pueden separarse. Llevarán el yugo de Cristo. Trabajarán junto con él.

A medida que nos acercamos a la crisis final, en lugar del sentimiento de que hay menos necesidad de orden y armonía de acción, debemos ser más sistemáticos de lo que hemos sido hasta ahora. Toda nuestra obra debe ser conducida de acuerdo con planes bien definidos (Mensajes selectos, t. 3, p. 27).

Miércoles 19 de diciembre: La disciplina eclesiástica

Con espíritu de mansedumbre… ve al que yerra, y “redargüyele entre ti y él solo”. No le avergüences exponiendo su falta a otros, ni deshonres a Cristo haciendo público el pecado o error de quien lleva su nombre. Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificamos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad. Lo único que puede valemos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario…

Mientras tratamos de corregir los errores de un hermano, el Espíritu de Cristo nos inducirá a escudarle en lo posible de la crítica aun de sus propios hermanos, y tanto más de la censura del mundo incrédulo. Nosotros mismos erramos y necesitamos la compasión y el perdón de Cristo, y él nos invita a tratamos mutuamente como deseamos que él nos trate {El Deseado de todas las gentes, pp. 408, 409).

Simón fue conmovido por la bondad de Jesús al no censurarle abiertamente delante de los huéspedes. Él no había sido tratado como deseaba que María lo fuese. Vio que Jesús no quiso exponer a otros su culpa, sino que, por una correcta exposición del caso, trató de convencer su mente, y subyugar su corazón manifestando benevolencia. Una denuncia severa hubiera endurecido el corazón de Simón contra el arrepentimiento, pero una paciente admonición le convenció de su error.

Vio la magnitud de la deuda que tenía para con su Señor. Su orgullo fue humillado, se arrepintió, y el orgulloso fariseo llegó a ser un humilde y abnegado discípulo {El Deseado de todas las gentes, p. 521).

La dracma perdida representa a los pecadores extraviados y errantes. El cuidado con que la mujer buscó la dracma perdida les enseña a los seguidores de Cristo una lección con respecto a su deber hacia los que yerran y se extravían de la senda recta. La mujer encendió su candil para tener más luz, luego barrió la casa y buscó diligentemente hasta encontrar la moneda.

Aquí se define claramente cuál es el deber de los cristianos hacia aquellos que necesitan ayuda porque se han apartado de Dios. No se debe abandonar en las tinieblas y el error a aquellos que han errado, sino que deben emplearse todos los medios de que se disponga para traerlos de nuevo a la luz. Se enciende el candil y, mediante fervientes oraciones en procura de luz celestial para encarar los casos de aquellos que se encuentran cercados por las tinieblas y la incredulidad, se escudriña la Palabra de Dios para hallar puntos claros de la verdad, a fin de que los cristianos se encuentren tan fortificados con los argumentos que surgen de ella, con sus amonestaciones, amenazas y expresiones de ánimo, que puedan alcanzar a los que se han apartado. La indiferencia y la negligencia tendrán que hacer frente al desagrado de Dios {Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 99).

Jueves 20 de diciembre: Organizados para la misión

Cada alma que cree en Cristo tiene una obra que hacer para El. Ningún cristiano verdadero puede ser perezoso en este tiempo de tan solemne importancia…

Las últimas palabras de Cristo a sus discípulos muestran la importancia que se coloca sobre la obra de esparcir la verdad. Justamente antes de su ascensión les dio la comisión: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Mateo 28:19, 20 {Alza tus ojos, p. 112).

Necesitamos vivir en estrecha comunión con Dios, para amamos unos a otros así como Cristo nos amó. Por este medio el mundo ha de conocer que somos sus discípulos. Que no haya exaltación de sí mismo. Si los obreros humillan sus corazones delante de Dios, vendrá la bendición. Mientras tanto recibirán nuevas ideas y se producirá un admirable reavivamiento de la obra médica evangélica y misionera.

La gran obra que tenemos por delante, como cristianos, consiste en extender el reino de Cristo tan rápidamente como sea posible, de acuerdo con la comisión divina. El evangelio debe avanzar de conquista en conquista, y de victoria en victoria. La grandeza del reino bajo todo el cielo se dará a los santos del Altísimo y ellos recibirán el reino y lo poseerán eternamente (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 175).

Cristo levantó su tabernáculo en medio de nuestro campamento humano. Hincó su tienda al lado de la tienda de los hombres, a fin de morar entre nosotros y familiarizamos con su vida y carácter divinos. “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” [Juan 1:14],

Desde que Jesús vino a morar con nosotros, sabemos que Dios conoce nuestras pruebas y simpatiza con nuestros pesares. Cada hijo e hija de Adán puede comprender que nuestro Creador es el amigo de los pecadores. Porque en toda doctrina de gracia, toda promesa de gozo, todo acto de amor, toda atracción divina presentada en la vida del Salvador en la tierra, vemos a “Dios con nosotros”…

Asimismo, cuando vino “en semejanza de los hombres,” se declaró el YO SOY. El Niño de Belén, el manso y humilde Salvador, es Dios, “manifestado en carne” [1 Timoteo 3:16], Y a nosotros nos dice: ‘“YO SOY el buen pastor.’ ‘YO SOY el pan vivo.’ ‘YO SOY el camino, y la verdad, y la vida.’ ‘Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.’ [Juan 10:11; 6:51; 14:6; Mateo 28:18]. ‘YO SOY la seguridad de toda promesa.’ ‘YO SOY; no tengáis miedo.’” “Dios con nosotros” es la seguridad de nuestra liberación del pecado, la garantía de nuestro poder para obedecer la ley del cielo (El Deseado de todas las gentes, pp. 15, 16).

Viernes 21 de diciembre: Para estudiar y meditar

Testimonios para los ministros, “Responsabilidad individual y unidad cristiana”, pp. 485-505.

Obreros evangélicos, “Unidad en la diversidad”, pp. 498-500.

Compartir

Recomendado

Comentarios de Facebook

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*