Notas de Elena | Lección 10 | La destrucción de Jerusalén | Escuela Sabática


Sábado 28 de noviembre

Nunca, durante su ministerio, se olvidó Jeremías de la importancia vital que tiene la santidad del corazón en las variadas relaciones de la vida, y especialmente en el servicio del Dios altísimo. Previo claramente la caída del reino y la dispersión de los habitantes de Judá entre las naciones; pero con el ojo de la fe miró más allá de todo esto, hacia los tiempos de la restauración.

Repercutía en sus oídos la promesa divina: “Yo mismo recogeré el resto de mi rebaño de todos los países a donde las he echado, y las haré volver a sus rediles… He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré para David un Vástago justo, el cual remará como rey, y prosperará; y ejecutará juicio y justicia en la tierra. En sus días Judá será salvo, e Israel habitará seguro; y éste es su nombre con el cual será apellidado: JEHOVÁ, JUSTICIA NUESTRA” (Jeremías 23:3-6, V.M.) {Profetas y reyes, p. 314).

La iniquidad de Israel durante el último medio siglo antes de la cautividad asiria, fue como los días de Noé y como toda otra época cuando los hombres rechazaron a Dios y se entregaron por completo al mal hacer. La exaltación de la naturaleza sobre el Dios de la naturaleza, la adoración de las criaturas en vez del Creador, resultaron siempre en los males más groseros. Asimismo cuando el pueblo de Israel, en su culto de Baal y Astarte, rindió supremo homenaje a las fuerzas de la naturaleza, se separó de todo lo que es elevador y ennoblecedor y cayó fácilmente presa de la tentación. Una vez derribadas las defensas del alma, los extraviados adoradores no tuvieron barrera contra el pecado, y se entregaron a las malas pasiones del corazón humano.

Contra la intensa opresión, la flagrante injusticia, el lujo y el despilfarro desmedidos, los desvergonzados banquetes y borracheras, la licencia y las orgías de su época, los profetas alzaron la voz; pero vanas fueron sus protestas, vana su denuncia del pecado {Profetas y reyes, p. 211).

Dios requiere pronta e implícita obediencia a su ley; pero los hombres están dormidos o paralizados por los engaños de Satanás, quien les sugiere excusas y subterfugios, y vence sus escrúpulos diciendo, como dijo a Eva en el huerto: “No moriréis” (Génesis 3:4). La desobediencia no solo endurece el corazón y la conciencia del culpable, sino que tiende a corromper la fe de los demás. Lo que les parecía muy malo al principio, pierde gradualmente esta apariencia al estar constantemente delante de sus ojos, hasta que finalmente dudan de que sea realmente un pecado, e inconscientemente caen en el mismo error (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 488).

¿Dónde está la fe del pueblo de Dios? ¿Por qué sienten sus miembros tanta duda y desconfianza respecto de Aquel que provee a sus necesidades y los sostiene por su fuerza? El Señor probará la fe de su pueblo; mandará reprensiones, que serán seguidas por aflicciones, si no se escuchan estas advertencias. Quebrantará el fatal letargo del pecado a cualquier precio en aquellos que se han apartado de su fidelidad a él, y los despertará para que comprendan cuál es su deber (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 504).

Domingo 29 de noviembre: Llanto por Tamuz

A los que debieran haber sido guías espirituales del pueblo, “los ancianos de la casa de Israel”, en número de setenta, los vio ofreciendo incienso ante las representaciones idólatras que se habían introducido en cámaras ocultas dentro de las sagradas dependencias del atrio del templo. Los hombres de Judá se alentaban en sus prácticas paganas haciendo estas declaraciones blasfemas: “No nos ve Jehová; Jehová ha dejado la tierra” (Ezequiel 8:11,12).

El profeta había de ver “abominaciones mayores” aun. Le fueron mostradas, ante la puerta que conducía del atrio exterior al interior, “mujeres que estaban allí sentadas endechando a Tamuz”; y “en el atrio de adentro de la casa de Jehová… a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros al oriente, y encorvábanse al nacimiento del sol” (versículos 13-16).

Mediante Jeremías el Señor había declarado a los impíos que se atrevían presuntuosamente a presentarse en su nombre ante el pueblo: “Porque así el profeta como el sacerdote son fingidos: aun en mi casa hallé su maldad” (Jeremías 23:11). En la terrible acusación dirigida contra Judá según se relata al final de la narración que el cronista dejó acerca del reinado de Sedequías, se repitió así la acusación de que era violada la santidad del templo: “Y también todos los príncipes de los sacerdotes, y el pueblo, aumentaron la prevaricación, siguiendo todas las abominaciones de las gentes, y contaminando la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalén” (2 Crónicas 36:14).

Se estaba acercando rápidamente el día de condenación para los habitantes del reino de Judá. Ya no podía el Señor ofrecerles la esperanza de que evitarían sus juicios más severos. Les dijo: “¿Y vosotros seréis absueltos? No seréis absueltos” (Jeremías 25:29.) (Profetas y reyes, p. 331).

La verdad se revela constantemente; a cada paso una luz nueva y más clara brilla en el sendero del pueblo de Dios para que pueda marchar hacia adelante

y hacia arriba. Y al obedecer la verdad seremos santificados. Por falta de esa santificación bíblica, el alma de muchos profesos cristianos se ha transformado en un santuario profanado, lleno de un formalismo superficial, o lleno de egoísmo, hipocresía, orgullo y pasión. Miles viven peligrosamente inconscientes de la culpa de sus pecados; desprecian las advertencias de los embajadores del Salvador, y consideran sus palabras livianamente.

Los siervos de Cristo se pueden sentir descorazonados cuando ven que hay tantos obstáculos para el progreso de la verdad; la obra parece avanzar muy lentamente. Pero su deber continúa siendo el mismo: sembrar la simiente de la verdad en todas las aguas. Cuando enfrenten dificultades y pruebas, deben llevarlas a Dios en oración. Tendrán que llorar entre el pórtico y el altar pidiendo al Señor: “Perdona el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel”. Al estudiar las Escrituras con oración ferviente y luchar con el Señor, se harán fuertes en la fuerza del Poderoso. Trabajad, hermanos, mientras el día dura; la noche viene cuando nadie puede obrar. El mundo debe ser amonestado y Dios nos ha llamado para hacer esta obra. Si descuidamos nuestro deber, habrá almas que se perderán por nuestra infidelidad (Signs of the Times, 16 de marzo, 1882).

Lunes 30 de noviembre: El desgraciado reinado de Sedequías

Los egipcios procuraron acudir en auxilio de la ciudad sitiada; y los caldeos, a fin de impedírselo, levantaron por un tiempo el sitio de la capital judía. Renació la esperanza en el corazón de Sedequías, y envió un mensajero a Jeremías, para pedirle que orase a Dios en favor de la nación hebrea.

La temible respuesta del profeta fue que los caldeos regresarían y destruirían la ciudad. El decreto había sido dado; la nación impía no podía ya evitar los juicios divinos. El Señor advirtió así a su pueblo: “No engañéis vuestras almas… Los caldeos… no se irán. Porque aun cuando hirieseis todo el ejército de los caldeos que pelean con vosotros, y quedasen de ellos hombres alanceados, cada uno se levantará de su tienda, y pondrán esta ciudad a fuego” (Jeremías 37: 9, 10). El residuo de Judá iba a ser llevado en cautiverio, para que aprendiese por medio de la adversidad las lecciones que se había negado a aprender en circunstancias más favorables. Ya no era posible apelar este decreto del santo Vigía {Profetas y reyes, p. 333).

Mientras los príncipes de Judá seguían esperando vanamente el auxilio de Egipto, el rey Sedequías se acordó con ansioso presentimiento del profeta de Dios que había sido echado en la cárcel. Después de muchos días, el rey le mandó buscar y le preguntó en secreto: “¿Hay palabra de Jehová? Jeremías contestó: Hay. Y dijo más: En mano del rey de Babilonia serás entregado” (Jeremías 37:17)…

El rey no se atrevió a manifestar abiertamente fe en Jeremías. Aunque el temor le impulsaba a solicitarle información en particular, era demasiado débil para arrostrar la desaprobación de sus príncipes y del pueblo sometiéndose a la voluntad de Dios según se la declaraba el profeta…

Al fin, los príncipes, enfurecidos por los consejos con que Jeremías contrariara repetidas veces su terca política de resistencia, protestaron vigorosamente ante el rey e insistieron en que el profeta era enemigo de la nación, y que, por cuanto sus palabras habían debilitado las manos del pueblo y acarreado desgracias sobre ellos, se le debía dar muerte.

El cobarde rey sabía que las acusaciones eran falsas; pero a fin de propiciar a aquellos que ocupaban puestos elevados y de influencia en la nación fingió creer sus mentiras, y entregó a Jeremías en sus manos para que hiciesen con él lo que quisieran. El profeta fue arrojado “en la mazmorra de Malchías hijo de Amelech, que estaba en el patio de la cárcel; y metieron a Jeremías con sogas. Y en la mazmorra no había agua, sino cieno; y hundióse Jeremías en el cieno” (Jeremías 38:6). Pero Dios le suscitó amigos, quienes se acercaron al rey en su favor, y le hicieron llevar de nuevo al patio de la cárcel {Profetas y reyes, pp. 334-336).

Martes 1 de diciembre: La caída de Jerusalén

Si Sedequías se hubiese erguido valientemente y hubiese declarado que creía las palabras del profeta, ya cumplidas a medias, ¡cuánta desolación podría haberse evitado! Debiera haber dicho: “Obedeceré al Señor, y salvaré a la ciudad de la ruina completa. No me atrevo a despreciar las órdenes de Dios, por temor a los hombres o para buscar su favor. Amo la verdad, aborrezco el pecado, y seguiré el consejo del Poderoso de Israel”. Entonces el pueblo habría respetado su espíritu valeroso, y los que vacilaban entre la fe y la incredulidad se habrían decidido firmemente por lo recto. La misma intrepidez y justicia de su conducta habrían inspirado admiración y lealtad en sus súbditos. Habría recibido amplio apoyo; y se le habrían perdonado a Judá las indecibles desgracias de la matanza, el hambre y el incendio.

La debilidad de Sedequías fúe un pecado por el cual pagó una pena espantosa. El enemigo descendió como alud irresistible, y devastó la ciudad. Los ejércitos hebreos fueron rechazados en confúsión. La nación fue vencida. Sedequías fúe tomado prisionero y sus hijos fúeron muertos delante de sus ojos. El rey fue sacado de Jerusalén cautivo, se le sacaron los ojos, y después de llegar a Babilonia pereció miserablemente {Profetas y reyes, pp. 337, 338).

Nunca habrá un tiempo en la historia de la iglesia cuando el obrero de Dios pueda cruzarse de brazos y estarse cómodo, diciendo: “Todo es paz y seguridad”. Es entonces cuando sobreviene la repentina destrucción. Todas las cosas pueden estar avanzando en medio de una prosperidad aparente; pero Satanás está completamente despierto, y estudia y consulta con sus malos ángeles otra forma de ataque por la cual pueda tener éxito. El conflicto se hará más y más severo por parte de Satanás; porque él es movido por un poder de abajo. A medida que la obra del pueblo de Dios avance con energía santificada e irresistible, implantando el estandarte de la justicia de Cristo en la iglesia, movida por un poder que procede del trono de Dios, el gran conflicto se irá haciendo cada vez más severo, y cada vez más determinado. La mente se opondrá a la mente, los planes a los planes, los principios de origen celestial a los principios de Satanás. La verdad en sus diferentes fases estará en conflicto con el error en sus formas siempre cambiantes y progresivas, las que, si posible fuera, engañarán a los mismos escogidos.

Nuestra obra debe ser ferviente. No hemos de luchar como quien hiere al aire. El ministerio, el pulpito y la prensa demandan hombres como Ca- leb, que actúen y sean valientes, hombres que tengan agudeza para distinguir la verdad del error, cuyos oídos estén consagrados para escuchar las palabras del Vigilante fiel. Y el Espíritu del trono de Dios se hará sentir sobre el cristianismo degenerado, sobre el mundo corrompido, listo para ser consumido por los juicios largamente postergados de un Dios ofendido (Testimonios para los ministros, pp. 413, 414).

Miércoles 2 de diciembre: Todo tu corazón

Satanás presentaba a Dios como un ser egoísta y opresor, que lo pedía todo y no daba nada, que exigía el servicio de sus criaturas para su propia gloria, sin hacer ningún sacrificio para su bien. Pero el don de Cristo revela el corazón del Padre. Testifica que los pensamientos de Dios hacia nosotros son “pensamientos de paz, y no de mal”. Declara que aunque el odio que Dios siente por el pecado es tan fuerte como la muerte, su amor hacia el pecador es más fuerte que la muerte. Habiendo emprendido nuestra redención, no escatimará nada, por mucho que le cueste, de lo que sea necesario para la terminación de su obra. No se retiene ninguna verdad esencial para nuestra salvación, no se omite ningún milagro de misericordia, no se deja sin empleo ningún agente divino. Se acumula un favor sobre otro, una dádiva sobre otra. Todo el tesoro del cielo está abierto a aquellos a quienes él trata de salvar. Habiendo reunido las riquezas del universo, y abierto los recursos de la potencia infinita, lo entrega todo en las manos de Cristo y dice: Todas estas cosas son para el hombre. Usalas para convencerlo de que no hay mayor amor que el mío en la tierra o en el cielo. Amándome hallará su mayor felicidad {El Deseado de todas las gentes, p. 39).

Todos serán probados en esta vida. Si confían, por fe, en los méritos de Cristo y sirven a Dios de todo corazón, tendrán un título a esas mansiones que Jesús ha preparado para todos los que le aman…

Amemos a Dios sobre todas las cosas y no permitamos que nada se interponga entre nosotros y nuestro Dios (.A fin de conocerle, p. 205).

El amor debe ser el principio que impulse a obrar. El amor es el principio fundamental del gobierno de Dios en los cielos y en la tierra, y debe ser el fundamento del carácter del cristiano. Solo este elemento puede hacer estable al cristiano. Solo esto puede habilitarlo para resistir la prueba y la tentación.

Y el amor se revelará en el sacrificio. El plan de redención fue fundado en el sacrificio, un sacrificio tan amplio y tan profundo y tan alto que es inconmensurable. Cristo lo dio todo por nosotros, y aquellos que reciben a Cristo deben estar listos a sacrificarlo todo por la causa de su Redentor. El pensamiento de su honor y de su gloria vendrá antes de ninguna otra cosa. Si amamos a Jesús, amaremos vivir para él, presentar nuestras ofrendas de gratitud a él, trabajar por él. El mismo trabajo será liviano. Por su causa anhelaremos el dolor, las penalidades y el sacrificio. Simpatizaremos con su vehemente deseo de salvar a los hombres. Sentiremos por las almas el mismo tierno afán que él sintió.

Esta es la religión de Cristo. Cualquier cosa que sea menos que esto es un engaño. Ningún alma se salvará por una mera teoría de la verdad o por una profesión de discipulado. No pertenecemos a Cristo a menos que seamos totalmente suyos (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 29, 30).

Jueves 3 de diciembre: Los setenta años

Jeremías predijo el cautiverio de muchos de los judíos, como su castigo por no prestar atención a la palabra del Señor. Los caldeos serían usados como el agente mediante el cual Dios castigaría a su pueblo desobediente. Su castigo debía estar en proporción con su inteligencia y con las amonestaciones que habían despreciado. “Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto -declaró el profeta- y servirán estas naciones al rey de Babilonia setenta años. Y cuando sean cumplidos los setenta años, castigaré al rey de Babilonia y a aquella nación por su maldad, ha dicho Jehová, y a la tierra de los caldeos; y la convertiré en desierto para siempre” (Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 1179).

Dios no nos trata como los hombres se tratan entre sí. Sus pensamientos son pensamientos de misericordia, de amor y de la más tierna compasión. El dice: “¡Deje el malo su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá compasión de él, y a nuestro Dios, porque es grande en perdonar!” “He borrado, como nublado, tus transgresiones, y como una nube tus pecados” (Isaías 55:7; 44:22). “No me complazco en la muerte del que muere, dice Jehová el Señor: ¡volveos pues, y vivid!” (Eze- quiel 18:32). Satanás está pronto para quitamos la bendita seguridad que Dios nos da. Desea quitamos toda vislumbre de esperanza y todo rayo de luz del alma; mas no se lo permitáis. No prestéis oído al tentador, antes decid: “Jesús ha muerto para que yo viva. Me ama y no quiere que perezca. Tengo

un Padre celestial muy compasivo; y aunque he abusado de su amor, aunque he disipado las bendiciones que me ha dado, me levantaré e iré a mi Padre y le diré: “¡Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: haz que yo sea como uno de tus jornaleros!” En la parábola vemos cómo será recibido el extraviado: “Y estando todavía lejos, le vio su padre; y conmoviéronsele las entrañas; y corrió, y le echó los brazos al cuello, y le besó” (Lucas 15:18-20).

Más aun esta parábola, tan tierna y conmovedora, es apenas un reflejo de la compasión de nuestro Padre celestial. El Señor declara por su profeta: “Con amor eterno te he amado, por tanto te he extendido mi misericordia” (Jeremías 31:3). Cuando el pecador está aún lejos de la casa de su Padre desperdiciando su hacienda en un país extranjero, el corazón del Padre se compadece de él; y cada deseo profundo de volver a Dios, despertado en el alma, no es sino la tierna invitación de su Espíritu, que insta, ruega y atrae al extraviado al seno amorosísimo de su Padre {El Camino a Cristo, pp. 53, 54).

Viernes 4 de diciembre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 337-341

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