Notas de Elena 02 2014 Sábado 29 de marzo
“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (S. Mateo 22:37).
El que tiene el amor de Dios derramado en el corazón, reflejará la pureza y el amor que existen en Jehová, y que Cristo manifestó en este mundo. El que ama a Dios en su corazón no tiene enemistad contra la Ley de Dios, sino que rinde obediencia voluntaria a todos sus mandamientos, y esto es lo que constituye el cristianismo. El que ama en forma suprema a Dios, revelará amor a sus semejantes que pertenecen a Dios tanto por la creación como por la redención. El amor es el cumplimiento de la Ley; y es deber de todo hijo de Dios prestar obediencia a sus mandamientos… La Ley de Dios, que es perfecta santidad, es la única verdadera norma de carácter. El amor se expresa en la obediencia, y el amor perfecto echa fuera el temor. Los que aman a Dios tienen el sello de Dios en la frente, y obran las obras de Dios. Ojalá que todos los que profesan el cristianismo conocieran lo que significa amar a Dios prácticamente… Tendrían cierta comprensión de la santidad de Dios; sabrían que ocupa un lugar exaltado, y que la estela de su gloria llena el templo. Tendrían una influencia poderosa sobre la vida y el carácter de los que los rodean, obrarían como la levadura en la masa de la humanidad, transformando a otros por medio del poder de Jesucristo. Relacionados con la fuente del poder, nunca perderían su influencia vital, sino que crecerían siempre en eficiencia, abundando continuamente en la obra del Señor (Hijos e hijas de Dios, p. 53).  www.EscuelaSabatica.es

Domingo 30 de marzo: La ley romana
Los ángeles contemplan a José y María, mientras llegan, fatigados, a la ciudad de David para ser empadronados, cumpliendo así el decreto de Augusto Cesar. En la providencia de Dios ellos vienen a este lugar en el que la profecía había predicho que Cristo debía nacer. Buscan un lugar para descansar pero no hay lugar para ellos; si lo hay para los ricos y honorables, los que encuentran descanso y refrigerio, mientras que estos cansados viajeros deben encontrar refugio en una tosca construcción solamente preparada para proteger a las bestias (Review and Herald, 17 de diciembre de 1872).
En el tiempo del nacimiento de Cristo, la nación estaba tascando el freno bajo sus amos extranjeros, y la atormentaba la disensión interna. Se les había permitido a los judíos conservar la forma de un gobierno separado; pero nada podía disfrazar el hecho de que estaban bajo el yugo romano, ni avenirlos a la restricción de su poder. Los romanos reclamaban el derecho de nombrar o remover al sumo sacerdote, y este cargo se conseguía con frecuencia por el fraude, el cohecho y aun el homicidio. Así el sacerdocio se volvía cada vez más corrompido. Sin embargo, los sacerdotes poseían aun gran poder y lo empleaban con fines egoístas y mercenarios. El pueblo estaba sujeto a sus exigencias despiadadas, y también a los gravosos impuestos de los romanos.
Este estado de cosas ocasionaba extenso descontento. Los estallidos populares eran frecuentes. La codicia y la violencia, la desconfianza y la apatía espiritual, estaban royendo el corazón mismo de la nación (El Deseado de todas las gentes, p. 22).
Los espías habían esperado que Jesús contestase directamente su pregunta, en un sentido o en otro. Si les dijese: Es ilícito pagar tributo a César, le denunciarían a las autoridades romanas, y éstas le arrestarían por incitar a la rebelión. Pero en caso de que declarase lícito el pago del tributo, se proponían acusarle ante el pueblo como opositor de la Ley de Dios. Ahora se sintieron frustrados y derrotados. Sus planes quedaron trastornados.
La manera sumaria en que su pregunta había sido decidida no les dejaba nada más que decir.
La respuesta de Cristo no era una evasiva, sino una cándida respuesta a la pregunta. Teniendo en su mano la moneda romana, sobre la cual estaban estampados el nombre y la imagen de César, declaró que ya que estaban viviendo bajo la protección del poder romano, debían dar a ese poder el apoyo que exigía mientras no estuviese en conflicto con un deber superior. Pero mientras se sujetasen pacíficamente a las leyes del país, debían en toda oportunidad tributar su primera fidelidad a Dios.
Las palabras del Salvador: “Dad… lo que es de Dios, a Dios”, eran una severa reprensión para los judíos intrigantes. Si hubiesen cumplido fielmente sus obligaciones para con Dios, no habrían llegado a ser una nación quebrantada, sujeta a un poder extranjero. Ninguna insignia romana habría ondeado jamás sobre Jerusalén, ningún centinela romano habría estado en sus puertas, ningún gobernador romano habría regido dentro de sus murallas. La nación judía estaba entonces pagando la penalidad de su apartamiento de Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 554).  www.EscuelaSabatica.es

Lunes 31 de marzo: Las leyes civiles de Moisés
Cristo vino a cumplir cada palabra de la Ley divina, y también a observar los preceptos y ceremonias de las instituciones mosaicas.
Al mismo tiempo, vino para hacer nuevas todas las cosas y transformarlas. La Ley de Dios había sido pervertida por los maestros judíos, quienes se consideraban celosos abogados de la Ley, pero a la vez eran sus transgresores (Manuscript Releases, t.18, p. 116).
La predicación de Juan se había posesionado tan profundamente de la nación, que exigía la atención de las autoridades religiosas.
El peligro de que se produjera alguna insurrección, inducía a los romanos a considerar con sospecha toda reunión popular, y todo lo que tuviese el menor viso de un levantamiento del pueblo excitaba los temores de los gobernantes judíos. Juan no había reconocido la autoridad del Sanedrín ni pedido su sanción sobre su obra; y había reprendido a los gobernantes y al pueblo, a fariseos y saduceos por igual. Sin embargo, el pueblo le seguía ávidamente. El interés manifestado en su obra parecía aumentar de continuo. Aunque él no le había manifestado deferencia, el Sanedrín estimaba que, por enseñar en público, se hallaba bajo su jurisdicción.
Ese cuerpo estaba compuesto de miembros elegidos del sacerdocio, y de entre los principales gobernantes y maestros de la nación. El sumo sacerdote era quien lo presidía, por lo general.
Todos sus miembros debían ser hombres de edad provecta, aunque no demasiado ancianos; hombres de saber, no solo versados en la religión e historia de los judíos, sino en el saber general.
Debían ser sin defecto físico, y hombres casados, y además, padres, pues así era más probable que fuesen humanos y considerados.
Su lugar de reunión era un departamento anexo al Templo de Jerusalén. En el tiempo de la independencia de los judíos, el Sanedrín era la corte suprema de la nación, y poseía autoridad secular tanto como eclesiástica. Aunque en el tiempo de Cristo se hallaba subordinado a los gobernadores romanos, ejercía todavía una influencia poderosa en los asuntos civiles y religiosos (El Deseado de todas las gentes, p. 106,107).
Poco después de llegar a la ciudad, el cobrador del impuesto para el templo vino a Pedro preguntando: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” Este tributo no era un impuesto civil, sino una contribución religiosa exigida anualmente a cada judío para el sostén del templo. El negarse a pagar el tributo sería considerado como deslealtad al templo, lo que era en la estima de los rabinos un pecado muy grave. La actitud del Salvador hacia las leyes rabínicas, y sus claras reprensiones a los defensores de la tradición, ofrecían un pretexto para acusarle de estar tratando de destruir el servicio del templo. Ahora sus enemigos vieron una oportunidad para desacreditarle. En el cobrador del tributo encontraron un aliado dispuesto.
Pedro vio en la pregunta del cobrador una insinuación de sospecha acerca de la lealtad de Cristo hacia el templo. Celoso del honor de su Maestro, contestó apresuradamente, sin consultarle, que Jesús pagaría el tributo (El Deseado de todas las gentes, p. 399, 400).  www.EscuelaSabatica.es

Martes 1 de abril: Las leyes ceremoniales de Moisés
El pueblo de Dios, a quien él llamaba su especial tesoro, tenía el privilegio de contar con un doble sistema legal: el moral y el ceremonial.
El primero, que se fundamentaba en el Dios viviente, Creador del mundo, tenía como propósito que todos los seres humanos, en cada generación y hasta la eternidad, obedecieran sus preceptos. El segundo, dado por causa de la transgresión a la ley moral, y que consistía en ofrendas y sacrificios, señalaba hacia la futura redención. Ambos se distinguían claramente. La ley moral era parte esencial del plan divino para la humanidad y tan inmutable como él mismo. La ley ceremonial tenía el propósito particular de mostrar el plan de Cristo para la salvación de la raza. El sistema de sacrificios y ofrendas simbólicas fue establecido para que el pecador pudiera contemplar a Cristo como la gran Ofrenda. Pero los judíos estaban tan enceguecidos por el pecado y el orgullo, que eran muy pocos los que podían prefigurar la muerte de animales como expiación por el pecado. Por eso, cuando llegó Aquel a quien los sacrificios prefiguraban, no pudieron discernirlo. La ley ceremonial era gloriosa; era la provisión hecha por Cristo en consulta con su Padre para ejemplificar la salvación de la raza. Todo en ella señalaba a Cristo. Adán pudo ver a Cristo prefigurado en la inocente víctima que sufría por su transgresión a la Ley de Jehová. Toda esperanza de salvación dependía del momento cuando el símbolo se encontrara con la realidad; toda fe se basaba en el momento en que el tipo se encontrara con el antitipo.
Los estatutos que especificaban el deber de una persona hacia su prójimo eran instrucciones importantes que definían y simplificaban los principios de la ley moral, y tenían el propósito de ayudar a adquirir el conocimiento religioso que permitiría que el pueblo de Dios se mantuviera separado y distinguido de las naciones idólatras. Los reglamentos concernientes al matrimonio, la herencia y la imposición de una justicia estricta, eran peculiares y contrarios a las costumbres de otras naciones. Esa necesidad de preservar al pueblo de Dios de llegar a ser como las otras naciones que no amaban ni temían a Dios, también es una necesidad en esta era corrupta cuando prevalece la trangresión a la Ley de Dios y una temible idolatría. Si Israel necesitaba tal seguridad, cuanto más nosotros debemos ser guardados para no ser confundidos con los transgresores de la ley. El corazón humano es proclive a apartarse de Dios; por eso son tan necesarias la restricción y la disciplina (Review and Herald, 6 de mayo de 1875).
Aunque la ley ceremonial judía se había cumplido, y el templo estaba en ruinas, y Jerusalén iba a ser destruida, la ley de los Diez Mandamientos se mantenía viva, y viviría por las edades eternas.
El sistema de sacrificios y ofrendas había cesado cuando el símbolo se encontró con la realidad en la muerte de Cristo. La sombra dio lugar a la luz. Cuando el Cordero de Dios ofreció su ofrenda perfecta en la cruz, todas las ofrendas y sacrificios, los tipos y las sombras, dejaron de tener virtud alguna. Pero la Ley de Dios no fue crucificada con el Salvador; si así hubiera ocurrido, Satanás hubiese ganado la victoria que intentó en el cielo.
Pero fue expulsado de las cortes celestiales y ahora intenta engañar a los seres humanos con relación a la Ley de Dios. Pero esa Ley mantendrá su elevado carácter por la eternidad, así como es eterno el trono de Jehová. Cristo vino a vivir esa Ley, y declaró: “He guardado los mandamientos de mi Padre” (Review and Herald, 10 de octubre de 1899).  www.EscuelaSabatica.es

Miércoles 2 de abril: Las leyes rabínicas
A la mesa de los publícanos [Jesús] se sentaba como distinguido huésped, demostrando por su simpatía y la bondad de su trato social que reconocía la dignidad humana; y anhelaban hacerse dignos de su confianza los hombres en cuyos sedientos corazones caían sus palabras con poder bendito y vivificador.
Despertábanse nuevos impulsos, y a estos parias de la sociedad se les abría la posibilidad de una vida nueva.
Aunque judío, Jesús trataba libremente con los samaritanos, y despreciando las costumbres y los prejuicios farisaicos de su nación, aceptaba la hospitalidad de aquel pueblo despreciado.
Dormía bajo sus techos, comía en su mesa, compartiendo los manjares preparados y servidos por sus manos, enseñaba en sus calles, y los trataba con la mayor bondad y cortesía. Y al par que se ganaba sus corazones por su humana simpatía, su gracia divina les llevaba la salvación que los judíos rechazaban (El ministerio de curación, p. 16,17).
Todo lo que Dios ordena tiene importancia. Cristo reconoció que el pago del diezmo es un deber; pero demostró que no podía disculpar la negligencia de otros deberes. Los fariseos eran muy exactos en diezmar las hierbas del jardín como la menta, el anís y el comino; esto les costaba poco, y les daba reputación de meticulosos y santos. Al mismo tiempo, sus restricciones inútiles oprimían a la gente y destruían el respeto por el sistema sagrado ideado por Dios mismo. Ocupaban la mente de los hombres con distinciones triviales y apartaban su atención de las verdades esenciales. Los asuntos más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la verdad, eran descuidados. “Esto, dijo Cristo, era menester hacer, y no dejar lo otro”.
Otras leyes habían sido pervertidas igualmente por los rabinos. En las instrucciones dadas por medio de Moisés, se prohibía comer cosa inmunda. El consumo de carne de cerdo y de ciertos otros animales estaba prohibido, porque podían llenar la sangre de impurezas y acortar la vida. Pero los fariseos no dejaban estas restricciones como Dios las había dado. Iban a extremos injustificados. Entre otras cosas, exigían a la gente que colase toda el agua que bebiese, por si acaso contuviese el menor insecto capaz de ser clasificado entre los animales inmundos.
Jesús, contrastando estas exigencias triviales con la magnitud de sus pecados reales, dijo a los fariseos: “¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, mas tragáis el camello!” (El Deseado de todas las gentes, p. 569).

Delante de nosotros hay tiempos que probarán el alma de los hombres, y habrá necesidad de velar, de [practicar] la correcta clase de ayuno. Éste no será como el ayuno de los fariseos. Sus ayunos consistían en ceremonias externas. No humillaban el corazón ante Dios. Estaban llenos de amargura, envidia, malicia, contienda, egoísmo y justicia propia. Inclinaban la cabeza simulando humildad, pero eran codiciosos, llenos de estima y de importancia propias. En espíritu eran opresores, exigentes y orgullosos.
Todo el servicio judío había sido mal interpretado y mal aplicado. Se había pervertido el propósito de los sacrificios. Eran un símbolo de Cristo y de su misión, para que cuando viniera en la carne, el mundo pudiera reconocer a Dios en él y lo aceptara como su Redentor. Pero la falta de un verdadero servicio de corazón había hecho que los judíos fueran ciegos al conocimiento de Dios. Su religión se componía de exigencias, ceremonias y tradiciones (Comentario bíblico adventista, t. 5, p. 1062).  www.EscuelaSabatica.es

Jueves 3 de abril: La ley moral
Cuando Jesús vino a esta tierra, los judíos habían perdido el conocimiento del verdadero carácter de Dios. Se consideraban el más exaltado de todos los pueblos, pero no daban importancia a los mandamientos divinos, ni reflejaban el amor que es la síntesis del carácter de Dios. Nadie puede ser verdaderamente justo sin reflejar la imagen divina y manifestar amor por todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos, como lo hace el Señor. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Tener el nombre registrado en los libros de la iglesia y cumplir con las ceremonias externas de la religión no hace a nadie un hijo de Dios, porque las formalidades, por sí mismas, no tienen valor. Solo el puro de corazón verá a Dios en su verdadero carácter, como un Dios de amor, y reflejará esa pureza y amor… hacia sus prójimos que pertenecen a Dios por creación y redención. El amor es el cumplimiento de la Ley, y es el deber de cada hijo de Dios obedecer sus mandamientos.
Cada uno deberá dar cuenta de las habilidades y talentos que ha recibido. Ahora es el tiempo en que se probará a cada uno para saber si puede ser un súbdito de su reino, y los que aman a Dios en espíritu y en verdad, serán aceptados en el reino celestial.
La ley de Dios, perfecta en santidad, es la única norma del carácter, y los que la obedecen expresan su amor por él. El perfecto amor echa fuera el temor.
Los que profesan el cristianismo deben conocer en forma práctica lo que significa amar a Dios, y deben tener un gran sentido de lo sagrado que es llegar a ser uno con Cristo, así como él es uno con el Padre. Al comprender siquiera algo de la infinita santidad de Dios, de Aquel que es alto y sublime, y cuya gloria llena el templo, apreciarán más sus responsabilidades, adornarán la doctrina de Cristo nuestro Salvador, y ejercerán una poderosa influencia sobre la vida y el carácter de quienes los rodean.
Eso será una levadura que afectará toda la masa humana y transformará a otros por el poder de Jesús. Conectados con la Fuente del poder, nunca perderán su vital influencia, sino que se tornarán más y más eficientes y abundantes en la obra del Señor (The Youth’s Instructor, 26 de julio de 1894).
Cuando nos acerquemos a Jesús, él nos impartirá su amor, el cual fluirá en acciones amantes y compasivas hacia otros. Si no tenemos un supremo amor por Dios, tampoco tendremos amor por nuestro prójimo con el amor que tenemos por nosotros mismos.
En cambio cuando amamos a Dios con todo nuestro corazón, nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas, seremos como una corriente de agua viva en el desierto que nos rodea.
No estaremos esparciendo dudas ni sembrando cizaña a nuestro alrededor, ni nos conformaremos con una pobre experiencia espiritual. Diremos con Pablo: ” No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:12-14) (Signs of the Times, 22 de septiembre de 1890).  www.EscuelaSabatica.es

Viernes 4 de abril: Para estudiar y meditar
Joyas de los testimonios, t.1, p. 73-75; Testimonios para la iglesia, t.1, p. 185-187.  www.EscuelaSabatica.es

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