El Dios a quien servimos no hace acepción de personas. El que dio a Sa- lomón el espíritu de sabio discernimiento está dispuesto a impartir la misma bendición a sus hijos hoy. Su palabra declara: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada” (Santiago 1:5). Cuando el que lleva responsabi- lidad desee sabiduría más que riqueza, poder o fama, no quedará chasquea- do. El tal aprenderá del gran Maestro no solo lo que debe hacer, sino tam- bién el modo de hacerlo para recibir la aprobación divina (Profetas y reyes, p. 21). El temor del Señor es el principio de la sabiduría, y el hombre que acce- de a ser modelado y plasmado a la semejanza divina, es el ejemplar más noble de la obra de Dios […]. El conocimiento experimental de la verdadera piedad, en la consagra- ción y el servicio diarios a Dios, asegura la cultura más elevada de la men- te, el alma y el cuerpo […]. La recepción del poder divino honrará nuestros sinceros esfuerzos en busca de sabiduría para el uso concienzudo de nues- tras facultades más elevadas para honra de Dios y bendición de nuestros semejantes. Como estas facultades son derivadas de Dios y no autocreadas, deberían ser apreciadas como talentos de Dios para ser empleados en su servicio. Las facultades mentales que el cielo nos da deben ser tratadas como los poderes más elevados para gobernar el reino del cuerpo. Los apetitos y las pasiones naturales deben ser puestos bajo el control de la conciencia y los afectos espirituales […]. La religión de Jesucristo nunca degrada a quien la recibe, nunca lo hace rudo o torpe, descortés o presumido, apasionado o duro de corazón. Al con- trario, refina el gusto, santifica el juicio, purifica y ennoblece los pensa- mientos llevándolos en cautividad a Jesucristo (En lugares celestiales, p. 141).

Recomendado

Comentarios de Facebook

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*