Jueves 8 de mayo: La maldición de la Ley (Gálatas 3:10-14)

Los símbolos y las sombras del servicio ceremonial más las pro-fe¬cías, daban a los israelitas una visión velada y borrosa de la mise-ricordia y de la gracia que serían traídas al mundo mediante la reve-lación de Cristo. A Moisés se le reveló el significado de los símbo-los y de las som¬bras que señalan a Cristo; él vio el fin de lo que iba a desaparecer cuando, a la muerte de Cristo, el símbolo se encontró con la realidad simbolizada [“tipo” y “antitipo”]. Él vio que única-mente por medio de Cristo el hom¬bre puede guardar la ley moral. Por la transgresión de esta ley el hombre introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado vino la muerte. Cristo se convirtió en la propiciación por el pecado del hombre. El brindó su perfección de carácter en lugar de la pecaminosidad del hombre. Tomó sobre sí la maldición de la desobediencia. Los sacrificios y las ofrendas anun-ciaban de antemano el sacrificio que él iba a hacer. El cordero sacri-ficado simbolizaba al Cordero que debía quitar el pecado del mun-do.
Lo que iluminó el rostro de Moisés fue que vio el propósito de lo que iba a desaparecer, que contempló a Cristo como revelado en la ley. El ministerio de la ley, escrito y grabado en piedra, era un mi-nisterio de muerte; sin Cristo, el transgresor era dejado bajo la mal-dición de la ley, sin esperanza de perdón. Dicho ministerio no tenía gloria en sí mismo; pero el Salvador prometido, revelado en los símbolos y las sombras de la ley ceremonial, hacía gloriosa la ley moral.
Cristo llevó la maldición de la ley, sufriendo su castigo; llevando a su término el plan por el cual el hombre había de ser puesto en condi¬ciones de poder guardar la ley de Dios y ser aceptado por me-dio de los méritos del Redentor; y mediante su sacrificio se proyec-tó gloria sobre la ley. Entonces, la gloria de lo que no iba a perecer —la ley de Dios, de los Diez Mandamientos, su norma de justicia— fue vista claramente por todos los que contemplaron el fin de lo que iba a perecer.
“Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. Cristo es el Aboga-do del peca¬dor. Los que aceptan su evangelio lo contemplan a cara descubierta; ven la relación de la misión de él con la ley, y recono-cen la sabiduría de Dios y su gloria como reveladas por el Salvador. La gloria de Cristo se revela en la ley, la cual es una representación de su carácter, y la eficacia transformadora de él se siente en el al-ma hasta que los hombres llegan a ser transformados a su semejan-za. Son hechos participantes de la naturaleza divina, y crecen más y más a semejanza de su Salvador, avanzando paso tras paso en con-formidad con la voluntad de Dios, hasta que alcanzan la perfección.
La ley y el evangelio están en perfecta armonía. El uno sostiene al otro. La ley se enfrenta con toda su majestad a la conciencia, haciendo que el pecador sienta su necesidad de Cristo como la pro-piciación por el pecado. El evangelio reconoce el poder y la inmu-tabilidad de la ley. “Yo no conocí el pecado sino por la ley”, decla-ra Pablo. El significado del pecado, inculcado por la ley, impulsa al pecador hacia el Salvador; y el hombre, en su necesidad, puede presentar los poderosos argumen¬tos proporcionados por la cruz del Calvario; puede reclamar la justicia de Cristo, pues es impartida a cada pecador arrepentido (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1096).

Viernes 9 de mayo: Para estudiar y meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 706-713.

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Notas de Elena Segundo trimestre 2014 Escuela Sabática

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