Jueves 24 de julio: Cristo nos da vida eterna
“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 Pedro 1:10).
Aquí se nos ofrece un seguro de vida que nos garantiza la vida eterna en el reino de Dios. Os ruego que estudiéis estas palabras del apóstol Pedro. Cada cláusula encierra entendimiento e inteligencia.
Al asirnos del Dador de vida, que se entregó por nosotros, recibimos la vida eterna […].
Cristo Jesús es el único que puede juzgar si los seres humanos están en condiciones de recibir la vida eterna. Los portales de la santa ciudad se abrirán ante los que hayan sido humildes, mansos y sencillos seguidores de Cristo, ante los que aprendieron sus lecciones y recibieron el seguro de vida de Jesús por haber formado caracteres según la divina semejanza (Dios nos cuida, p. 66).
Si mediante la fe el hombre llega a ser uno con Cristo, puede ganar vida eterna. Dios ama a los que son redimidos mediante Cristo así como ama a su Hijo. ¡Qué pensamiento! ¿Puede amar Dios al pecador como ama a su propio Hijo? Sí, Cristo ha dicho esto y él se propone hacer exactamente lo que dice. Él honrará todos nuestros proyectos, si nos aferramos de sus promesas mediante una fe viviente y ponemos nuestra confianza en él. Mirad a él, y vivid. Todos los que obedecen a Dios están comprendidos en la oración que Cristo ofreció a su Padre: “Les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aun, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos” (S. Juan 17:26).
¡Maravillosa verdad, demasiado difícil para que la comprenda la humanidad! (Mensajes selectos, t. 1, p. 352).
Lo que bendecirá a la humanidad es la vida espiritual. El que está en armonía con Dios, dependerá constantemente de él para obtener fortaleza. “Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. La obra de nuestra vida debería consistir en avanzar constantemente para alcanzar la perfección del carácter cristiano, esforzándonos siempre por conformarnos a la voluntad de Dios. Los esfuerzos iniciados en la Tierra continuarán por toda la eternidad. Los adelantos hechos aquí nos pertenecerán cuando entremos en la vida futura.
Los que son participantes de la humildad, la pureza y el amor de Cristo, se gozarán en Dios, y esparcirán luz y alegría a todo su alrededor. El pensamiento de que Cristo murió para conseguirnos el don de la vida eterna, basta para poner de manifiesto en nuestro corazón la gratitud más sincera y ferviente, y obtener de nuestros labios la alabanza más entusiasta. Las promesas de Dios son ricas, plenas y gratuitas. Cualquiera que, en la fortaleza de Cristo, cumpla con los requisitos, podrá reclamar estas promesas con toda su riqueza de bendición como propias. Y al recibir abundante provisión del almacén de Dios, podrá, en el viaje de la vida, “andar como es digno del Señor, agradándole en todo”, bendiciendo a sus semejantes y honrando a Dios con su ejemplo piadoso. Mientras nuestro Salvador previene a sus seguidores con la advertencia: “Sin mí nada podéis hacer”, ha unido a ella para nuestro estímulo la grata seguridad de que “el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Hijos e hijas de Dios, p. 329).
Viernes 25 de julio: Para estudiar y meditar
El camino a Cristo, p. 15-20; Mensajes selectos, t. 1, p. 411-414.
escuelasabatica.es

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