Jueves 22 de enero: Uno u otro

A los ojos del mundo, los que sirven a Dios pueden parecer débiles. Aparentemente se pueden estar hundiendo bajo las ondas, pero cuando viene la próxima ola se los ve aparecer de nuevo más cerca de la ori¬lla. “Yo les doy vida eterna -dice nuestro Señor- nadie las arrebatará de mi mano” (S. Juan 10:28). Aunque caigan los reyes y las naciones desaparezcan, las almas que por fe se vinculen con los propósitos divi¬nos, vivirán para siempre. “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:3) (Cada dia con Dios, p. 352). Despertando como de un sueño al oír esta sentencia de juicio pronunciada contra él y su casa, Salomón sintió los reproches de su conciencia y empezó a ver lo que verdaderamente significaba su locura. Afligido en su espíritu, y teniendo la mente y el cuerpo debilitados, se apartó cansado y sediento de las cisternas rotas de la tierra, para beber nuevamente en la fuente de la vida… No podía esperar que escaparía a los resultados agostadores del pecado; no podría nunca librar su espíri¬tu de todo recuerdo de la conducta egoísta que había seguido; pero se esforzaría fervientemente por disuadir a otros de entregarse a la insen¬satez (Conflicto y valor, p. 196). La verdadera sabiduría es un tesoro tan duradero como la eterni¬dad. Muchos de los que el mundo llama sabios lo son solo en su propia estima. Contentos con las adquisiciones de la sabiduría mundanal, nunca entran en el jardín de Dios, para llegar a relacionarse con los tesoros de sabiduría contenidos en su Santa Palabra. Considerándose sabios, son ignorantes con respecto a la sabiduría que todos deben tener para alcanzar la vida eterna… El hombre ignorante, si conoce a Dios y a Jesucristo, tiene una sabiduría más duradera que la del hombre más sabio que desprecia la instrucción de Dios. La sabiduría divina ha de ser una lámpara a sus pies… Todo lo que pueda ser sacudido, lo será; pero arraigado y basado en la verdad, usted podrá mantenerse con aquellas cosas que no pueden ser conmovidas (Dios nos cuida, p. 28). Los que consideran como valiente y viril el tratar los requerimien¬tos de Dios con indiferencia y desprecio, revelan con esto su propia insensatez e ignorancia. Mientras que se jactan de su libertad e inde¬pendencia, están realmente en la servidumbre del pecado y de Satanás. Un claro concepto de lo que es Dios y de lo que él requiere que seamos, producirá en nosotros una sana humildad. El que estudia correctamente la Sagrada Palabra aprenderá que el intelecto humano no es omnipotente. Aprenderá que, sin la ayuda que nadie sino Dios puede dar, la fuerza y la sabiduría humanas no son sino debilidad e ignorancia. El que sigue la dirección divina, ha hallado la única fuente ver¬dadera de gracia salvadora y felicidad real, y ha obtenido el poder de impartir felicidad a todos los que lo rodean. Nadie, sin religión, puede disfrutar realmente de la vida. El amor a Dios purifica y ennoblece todo gusto y deseo, intensifica todo afecto y da realce a todo placer digno. Habilita a los hombres para apreciar y disfrutar de todo lo que es verdadero, bueno y hermoso (Consejos para los maestros, pp. 51, 52).

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