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Notas de Elena | Jueves 21 de abril 2016 | “Deja que los muertos entierren a sus muertos” | Escuela Sabática


Jueves 21 de abril: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”
Él se hizo pobre y de ninguna reputación. Sintió hambre, con frecuencia sed, y muchas veces cansancio en sus labores; pero no tenía dónde reclinar la cabeza. Cuando las frías y húmedas sombras de la noche le rodeaban, con frecuencia la tierra era su cama. Sin embargo, bendijo a los que le aborrecían. ¡Qué vida! ¡Qué experiencia! ¿Podemos nosotros, los que profesamos seguir a Cristo, soportar alegremente las privaciones y sufrimientos como nuestro Señor, sin murmurar? ¿Podemos beber de la copa, y ser bautizados de su bautismo? En caso afirmativo, podemos compartir con él su gloria en su reino celestial. De lo contrario no tendremos parte con él (Testimonios selectos, tomo 3, p. 132). Desde el principio, no había presentado a sus seguidores ninguna esperanza de recompensas terrenales. A uno que vino deseando ser su discípulo, le había dicho: “Las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recueste su cabeza”. Si los hombres pudiesen haber tenido el mundo con Cristo, multitudes le habrían tributado fidelidad; pero no podía aceptar un servicio tal. Entre los que estaban relacionados con él, muchos habían sido atraídos por la esperanza de un reino mundanal. Estos debían ser desengañados (El Deseado de todas las gentes, p. 347). Los fariseos habían juzgado a Mateo según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad. Mateo había escuchado la enseñanza del Salvador. En la medida en que el convincente Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que este gran maestro se fijaría en él. Sentado en su garita de peaje un día, el publicano vio a Jesús que se acercaba. Grande fue su asombro al oírle decir: “Sígueme”. Mateo, “dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió”. No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a cambiar por la pobreza y las penurias. Le bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su obra. Así había sido con los discípulos antes llamados. Cuando Jesús invitó a Pedro y sus compañeros a seguirle, dejaron inmediatamente sus barcos y sus redes. Algunos de esos discípulos tenían deudos que dependían de ellos para su sostén, pero cuando recibieron la invitación del Salvador, no vacilaron ni preguntaron: ¿Cómo viviré y sostendré mi familia? Fueron obedientes al llamamiento, y cuando más tarde Jesús les preguntó: “Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo?” pudieron responder: “Nada” (El Deseado de todas las gentes, pp. 238, 239).
Viernes 22 de abril: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 227-247.

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