Jueves 18 de septiembre: Jesús conquistó la muerte

Cristo era salud y fortaleza en sí mismo, y cuando los dolientes eran traídos a su presencia, siempre era reprochada la enfermedad. Por esa razón no fue inmediatamente a ver a Lázaro. No podría haber visto su sufrimiento sin aliviarlo. No podría haber visto la enfermedad y la muerte sin combatir el poder de Satanás. Fue permitida la muerte de Lázaro para que pudiera ser presentada su resurrección, como la última evidencia cumbre para los judíos, de que Jesús era el Hijo de Dios.
Y en todo ese conflicto con el poder del mal siempre estuvo delante de Cristo la oscura sombra en la que él mismo debía entrar. Estuvo siempre delante de él el medio por el cual debía pagar el rescate de esas almas… Cuando resucitó a Lázaro, sabía que por esa vida debía pagar el rescate en la cruz del Calvario (A fin de conocerle, p. 50).
Al demorar en venir a Lázaro, Jesús tenía un propósito de misericordia para con los que no le habían recibido. Tardó, a fin de que al resucitar a Lázaro pudiese dar a su pueblo obstinado e incrédulo, otra evidencia de que él era de veras “la resurrección y la vida”. Le costaba renunciar a toda esperanza con respecto a su pueblo, las pobres y extraviadas ovejas de la casa de Israel. Su impenitencia le partía el corazón. En su misericordia, se propuso darles una evidencia más de que era el Restaurador, el único que podía sacar a luz la vida y la inmortalidad. Había de ser una evidencia que los sacerdotes no podrían interpretar mal. Tal fue la razón de su demora en ir a Betania. Este milagro culminante, la resurrección de Lázaro, había de poner el sello de Dios sobre su obra y su pretensión a la divinidad (El Deseado de todas las gentes, p. 487).
La resurrección de Cristo de entre los muertos fue el sello del Padre al cumplimiento de su misión. Fue la manifestación pública de que aceptaba plenamente el sacrificio de Jesús en nuestro favor. Se había cumplido, en forma perfecta y completa, lo que Dios requería. Ningún ser humano hubiera podido, mediante sus obras, alcanzar los requerimientos divinos. Cuando en la cruz Jesús declaró: “¡Consumado es!”, hubo gozo y gloria en el cielo, y sentimientos de derrota en la confederación del mal. Cuando inclinó su cabeza y murió, les pareció a todos que el Capitán de nuestra salvación había sido derrotado; pero fue él quien conquistó la muerte y abrió las puertas de las glorias eternas para que todos los que creen en él, no se pierdan, sino que tengan vida eterna (Review and Herald, 29 de enero de 1895). La resurrección y la ascensión de nuestro Señor constituyen una evidencia segura del triunfo de los santos de Dios sobre la muerte y el sepulcro, y una garantía de que el cielo está abierto para quienes lavan las vestiduras de su carácter y las emblanquecen en la sangre del Cordero. Jesús ascendió al Padre como representante de la familia humana, y allí llevará Dios a los que reflejan su imagen para que contemplen su gloria y participen de ella con él…
Nos hallamos todavía en medio de las sombras y el torbellino de las actividades terrenales. Consideremos con sumo fervor el bienaventurado más allá. Que nuestra fe penetre a través de toda nube de tinieblas, y contemplemos a Aquel que murió por los pecados del mundo. Abrió las puertas del paraíso para todos los que le reciban y crean en él. Les da la potestad de llegar a ser hijos e hijas de Dios (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 433).

Recomendado

Comentarios de Facebook

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*