Jueves 17 de julio: Llenos del Espíritu Santo
En el transcurso de la dispensación hebrea la influencia del Espíritu de Dios se reveló en forma señalada, pero no plena. Durante siglos se habían elevado oraciones pidiendo el cumplimiento de la promesa divina referente al otorgamiento de su Espíritu; ninguna de esas fervientes súplicas había sido olvidada.
Cristo decidió que cuando él ascendiera al cielo, concedería un don a los que habían creído y a los que creerían en él. ¿Qué don sería lo suficientemente rico para señalar y embellecer su ascención baria el trono del Intercesor? Debía ser digno de su grandeza y condición de rey. Resolvió dar su representante, la tercera persona de la Divinidad. Este don no se podía sobrepujar.
Cristo quería dar todos los dones en uno, y por lo tanto, su donación fue el Espíritu divino, poder santificador, que ilumina y convierte […].
El Espíritu fue dado según la promesa de Cristo, y como un fuerte viento descendió sobre los que estaban congregados, llenando toda la casa. Descendió con plenitud y poder como si por siglos hubiera estado contenido; y se derramó sobre la iglesia, para que ésta lo transmitiera al mundo […].
Los creyentes se convirtieron de nuevo. Los pecadores se unieron con los cristianos para buscar la perla de gran precio […].
Cada cristiano veía en su hermano la divina imagen de la benevolencia y el amor. Un solo interés prevalecía. Un solo tema sorbía todos los demás. Todos los pulsos latían en sano concierto.
La única ambición de los creyentes era ver quién podía revelar con mayor perfección la semejanza del carácter de Cristo, y quién podía hacer más para ensanchar su reino.
Se envió el Espíritu Santo como el tesoro más preciado que el hombre pudiera recibir (Meditaciones matinales 1952, p. 37).
Solo mediante la confesión y el abandono del pecado, la oración ferviente y la consagración a Dios, los discípulos pudieron estar preparados para el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Una obra semejante, pero en un grado superlativo, debe hacerse ahora. Luego, lo único que necesita realizar el agente humano es solicitar la bendición, y esperar que el Señor lo perfeccione. Es Dios quien comienza y termina la obra que hace al creyente completo en Cristo Jesús. Sin embargo, no debemos ser descuidados con la gracia representada por la lluvia temprana.
Únicamente los que viven en armonía con la iluminación obtenida, recibirán más luz. A menos que avancemos diariamente en la ejemplificación de las activas virtudes cristianas, no estaremos en condiciones de reconocer la manifestación del Espíritu Santo en la lluvia tardía. Alrededor, otros corazones la podrán estar recibiendo, pero nosotros no lo advertiremos ni la recibiremos (Recibiréis poder, p. 27).
A nosotros hoy, tan ciertamente como a los primeros discípulos, pertenece la promesa del Espíritu. Dios dotará hoy a hombres y mujeres del poder de lo alto, como dotó a los que, en el día de Pentecostés, oyeron la palabra de salvación. En este mismo momento su Espíritu y su gracia son para todos los que los necesitan y quieran aceptar su palabra al pie de la letra.
Notemos que el Espíritu fue derramado después que los discípulos hubieron llegado a la unidad perfecta, cuando ya no contendían por el puesto más elevado. Eran unánimes. Habían desechado todas las diferencias. Y el testimonio que se da de ellos después que les fue dado el Espíritu es el mismo. Notemos la expresión: “La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hechos 4:32). El Espíritu de Aquel que había muerto para que los pecadores viviesen animaba a toda la congregación de los creyentes.
Los discípulos no pidieron una bendición para sí mismos.
Sentían preocupación por las almas. El evangelio había de ser proclamado hasta los confines de la Tierra y solicitaban la medida de poder que Cristo había prometido. Entonces fue cuando se derramó el Espíritu Santo y miles se convirtieron en un día.
Así puede suceder ahora. Desechen los cristianos todas las disensiones, y entréguense a Dios para salvar a los perdidos. Pidan con fe la bendición prometida, y ella les vendrá. El derramamiento del Espíritu en los días de los apóstoles fue “la lluvia temprana”, y glorioso fue el resultado. Pero la lluvia tardía será más abundante (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 210, 211).
Viernes 18 de julio: Para estudiar y meditar
Joyas de los testimonios, t. 3, p. 209-214; Los hechos de los apóstoles, p. 39-46.

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Notas de Elena - Escuela Sabática Tercer trimestre 2014

Notas de Elena – Escuela Sabática Tercer trimestre 2014

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