Jueves 16 de abril: La Transfiguración
La fe de los discípulos fue grandemente fortalecida en ocasión de la transfiguración, cuando se les permitió contemplar la gloria de Cristo y oír la voz del cielo atestiguando su carácter divino. Dios decidió dar a los seguidores de Jesús una prueba categórica de que era el Mesías prometido, para que en su acerbo pesar y chasco por su crucifixión, no perdiesen completamente su confianza. En ocasión de la transfiguración el Señor envió a Moisés y a Elías para que hablasen con Jesús acerca de su sufrimiento y su muerte. En vez de elegir ángeles para que conversasen con su Elijo, Dios escogió a quienes habían experimentado ellos mismos las pruebas de la tierra.
Elías había andado con Dios. Su obra había sido dolorosa y dura, porque por su intermedio el Señor había reprendido los pecados de Israel. Elías era profeta de Dios, y sin embargo se vio obligado a huir de lugar en lugar para salvar la vida. Su propia nación lo buscaba como una fiera para destruirlo. Pero Dios trasladó a Elías. Los ángeles lo llevaron en gloria y triunfo al cielo.
Moisés fue mayor que cuantos vivieran antes que él. Dios lo honró en extremo, concediéndole el privilegio de hablar con él cara a cara, como un hombre habla con un amigo. Le fue permitido ver la brillante luz y la excelsa gloria que envuelve al Padre. Por medio de Moisés libró el Señor a los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto. Fue Moisés un mediador entre Dios y su pueblo, y a menudo se interpuso entre ellos y la ira del Señor. Cuando Dios se irritó en extremo contra Israel por su incredulidad, sus murmuraciones y sus horrendos pecados, fue probado el amor de Moisés por los israelitas. Dios se propuso destruir al pueblo de Israel y hacer de la posteridad de Moisés una nación poderosa; pero el profeta demostró su amor por Israel intercediendo fervorosamente por ese pueblo. En su angustia suplicó a Dios que borrase su nombre de su libro o que aplacara su ira y perdonase a Israel…
Era el designio de Dios colocar frecuentemente a su pueblo en condiciones adversas, para librarlo de ellas por su poder, a fin de que reconociese su amor y solicitud por ellos, y así fuesen inducidos a servirle y honrarle…
Jesús había dicho a sus discípulos que algunos de los que con él estaban no gustarían la muerte antes de ver llegar el reino de Dios con poder. En ocasión de la transfiguración, esta promesa se cumplió. El semblante de Jesús mudóse allí de modo que brillaba como el sol. Sus vestiduras eran blancas y relucientes. Moisés representaba a los que resucitarán de entre los muertos al producirse el segundo advenimiento de Jesús. Y Elías, que fue trasladado sin conocer la muerte, representaba a los que, cuando vuelva Cristo, serán transformados en inmortales y trasladados al cielo sin ver la muerte. Los discípulos contemplaban con temeroso asombro la excelsa majestad de Jesús y la nube que los cobijaba, y oían la voz de Dios diciendo con terrible majestad: “Este es mi Hijo amado… a él oíd” (Primeros escritos, pp. 162-164).
Viernes 17 de abril: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, pp. 203-210.

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