Notas de Elena | Domingo 31 de mayo 2015 | Huye del fariseísmo | Escuela Sabática


Domingo 31 de mayo: Huye del fariseísmo
Lo que distingue en forma más especial al pueblo de Dios de los cuerpos religiosos populares no es solo su profesión, sino sus caracteres ejemplares y el principio del amor desinteresado. La influencia poderosa y purificadora del Espíritu de Dios sobre el corazón, llevada a cabo mediante palabras y obras, los separa del mundo y los señala como el pueblo peculiar de Dios. El carácter y la disposición de los seguidores de Cristo serán como los de su Maestro. Él es el modelo, el ejemplo santo y perfecto dado a los cristianos para que lo imiten. Sus verdaderos seguidores amarán a sus hermanos y estarán en armonía con ellos. Amarán a sus vecinos como Cristo les ha dado el ejemplo y harán cualquier sacrificio si por ello pueden persuadir a las almas a que dejen sus pecados y se conviertan a la verdad.
La verdad, profundamente enraizada en los corazones de los creyentes, brotará y llevará fruto en justicia. Sus palabras y acciones son los canales median-te los cuales los principios puros de la verdad y la santidad son transmitidos al mundo. Hay bendiciones y privilegios especiales para aquellos que aman la verdad y caminan de acuerdo con la luz que han recibido. Si descuidan hacer-lo, su luz se les volverá tinieblas. Cuando el pueblo de Dios se vuelve autosuficiente, el Señor los deja librados a su propia sabiduría. Se promete misericordia y verdad a los humildes de corazón, a los obedientes y fieles (Testimonios para la iglesia, tomo 3, p. 68).
Los fariseos construían las tumbas de los profetas, adornaban sus sepulcros y se decían unos a otros: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres no habríamos participado con ellos en el derramamiento de la sangre de los siervos de Dios. Al mismo tiempo, se proponían quitar la vida de su Hijo. Esto debiera ser una lección para nosotros. Debiera abrir nuestros ojos acerca del poder que tiene Satanás para engañar el intelecto que se aparta de la luz de la verdad. Muchos siguen en las huellas de los fariseos. Reverencian a aquellos que murieron por su fe. Se admiran de la ceguera de los judíos al rechazar a Cristo. Declaran: Si hubiésemos vivido en su tiempo, habríamos recibido gozosamente sus enseñanzas; nunca habríamos participado en la culpa de aquellos que rechazaron al Salvador. Pero cuando la obediencia a Dios requiere abnegación y humillación, estas mismas personas ahogan sus convicciones y se niegan a obedecer. Así manifiestan el mismo espíritu que los fariseos a quienes Cristo condenó (El Deseado de todas las gentes, pp. 570, 571).
Ningún hombre es un juez adecuado del deber de otro hombre. El hombre es responsable ante Dios; y cuando los hombres finitos y errantes se atribuyen la jurisdicción de sus semejantes, como si el Señor los comisionara a hacer y deshacer, todo el cielo se llena de indignación. Se establecen extraños principios con respecto al control de las mentes y a las obras de los hombres por parte de jueces humanos, como si estos hombres finitos fueran dioses.
¿Y qué ocurre con algunos que están llevando estas sagradas responsabilidades? Los hombres que no tienen una disposición espiritual, que no están consagrados a Dios, no tienen ninguna comisión que realizar, ninguna autoridad que ejercer, con respecto a los deseos o las acciones de sus semejantes. Pero a menos que los hombres estén diariamente en comunión con Dios, en lugar de buscarlo a él con todo su corazón para obtener una capacitación para la obra, asumirán el poder de dictadores sobre la conciencia de otros. Un sentido de la presencia divina pasmaría y subyugaría el alma, pero éstos carecen de este sentido. Sin el amor de Dios que arda en el alma, el amor a los hombres se enfría. Los corazones no son tocados frente a los lamentos humanos. El egoísmo ha dejado su impronta profanadora sobre la vida y el carácter, y algunos nunca pierden esta imagen e inscripción. ¿Ha de confiarse la conducción de la causa de Dios a tales manos? ¿Han de ser las almas por quienes Cristo murió manejadas a voluntad por hombres que han rechazado la luz que les fue dada del cielo? Debemos temer las leyes hechas por los hombres, y los planes y métodos que no están de acuerdo con los principios de la Palabra de Dios concernientes a la relación del hombre con sus semejantes. “Todos vosotros sois hermanos” (Testimonios para los ministros, p. 355).

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