Domingo 3 de agosto: Nacer de nuevo
“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (S. Juan 3:5).

Nicodemo estaba asombrado, tanto como indignado, ante estas palabras. Se consideraba no solo intelectual, sino hombre pío y religioso […]. No podía armonizar esta doctrina de la conversión con su concepto de lo que constituía la religión. No podía encontrar una explicación satisfactoria de la ciencia de la conversión; pero, mediante un ejemplo, Jesús le mostró que ésta no podía explicarse por ninguno de sus métodos precisos. Jesús le señaló el hecho de que no podía ver el viento, y sin embargo podía discernir su acción. Quizá nunca podría explicar el proceso de la conversión, pero podía discernir su efecto. Él oía el sonido del viento, que sopla de donde quiere, y podía ver el resultado de su acción. No estaba a la vista el agente operador […].
Ningún razonamiento humano del hombre más docto puede definir las operaciones del Espíritu Santo sobre la mente y el carácter de los hombres. Sin embargo, pueden verse los efectos en la vida y en las acciones (Conflicto y valor, p. 292).
El Espíritu Santo es un agente libre, activo e independiente.
El Dios del cielo usa su Espíritu Santo como le place; y las mentes humanas, el juicio humano y los métodos humanos no pueden poner límites a su actuación, ni prescribir el canal mediante el cual ha de actuar, como tampoco es posible ordenarle al viento: “Te pido que soples en cierta dirección, y que te conduzcas de tal o cual manera”. Como el viento sopla con fuerza, y a su paso dobla y quiebra árboles altos, así el Espíritu Santo influye sobre los corazones humanos, y ningún hombre finito puede limitar su obra […].
Nicodemo no estaba dispuesto a admitir la verdad, porque no comprendía todo lo que estaba relacionado con la actuación del poder de Dios; sin embargo, aceptó los hechos de la naturaleza, aunque no podía explicarlos ni comprenderlos. Como otros hombres de todas las edades, pensaba que la fidelidad en las ceremonias y prácticas eran más esenciales para la religión que la profunda obra del Espíritu de Dios […].
La fuente del corazón debe ser purificada antes que las corrientes puedan manar puras. No hay seguridad para quien tiene una religión meramente legal, una forma de piedad. La vida del cristiano no es una modificación o mejora de la antigua, sino una transformación de la naturaleza. Hay una muerte al yo y al pecado, y una vida totalmente nueva. Este cambio puede ser producido solo por la eficiente obra del Espíritu Santo (Recibiréis poder, p. 325).
Aunque no podamos ver al Espíritu de Dios, sabemos que hombres que han estado muertos en la iniquidad y en los pecados, se convencen de sus faltas y se convierten bajo su influencia.
Los descuidados y los descarriados aprenden a obrar con seriedad.
Los endurecidos se arrepienten de sus pecados y los incrédulos llegan a creer. Los jugadores, los borrachos y los licenciosos se tornan formales, sobrios y puros. Los rebeldes y los obstinados se tornan humildes y semejantes a Cristo. Cuando vemos estos cambios en el carácter podemos tener la seguridad de que el poder de Dios que convierte ha transformado a todo hombre.
No hemos visto al Espíritu Santo, pero hemos visto la evidencia de su trabajo en el carácter de los que han sido cambiados, de los que habían sido pecadores endurecidos y empedernidos. Así como el viento descarga su violencia sobre elevados árboles y los derriba, así también el Espíritu Santo puede obrar en los corazones humanos, y ningún hombre finito puede limitar la obra de Dios.
El Espíritu de Dios se manifiesta en diversas formas en hombres diferentes. Una persona, bajo la acción de este poder puede temblar ante la Palabra de Dios. Sus convicciones pueden ser tan profundas que sentimientos huracanados y tumultuosos parecen luchar en su corazón, y todo su ser queda postrado a causa del poder de la verdad que convence. Cuando el Señor habla de perdón al alma penitente, ésta se llena de ardor, de amor a Dios y de fervor y energía, y el espíritu vivificador que ha recibido no puede ser reprimido. Cristo es en él como una fuente de agua que brota para vida eterna […]. Otras personas son llevadas a Cristo en forma más apacible (El evangelismo, p. 213, 214).
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