Domingo 27 de julio: Reconocer nuestra necesidad
El gran peligro con aquellos que profesan creer la verdad para este tiempo, es que sientan que deben recibir las bendiciones divinas porque han hecho un sacrificio o han realizado una buena obra. ¿Acaso te imaginas que debido a que has decidido guardar el sábado del Señor, Dios está obligado contigo? ¿Crees que has hecho méritos para recibir sus bendiciones?¿El sacrificio que has hecho te parece suficiente mérito para recibir los ricos dones de Dios? Si aprecias lo que ha hecho Cristo por ti, verás que no hay mérito en ti mismo ni en tus obras. Por el contrario, verás tu condición perdida y te sentirás pobre en espíritu. Hay solo una cosa que el pobre en espíritu puede hacer: mirar continuamente a Jesús y creer en Aquel a quien el Padre ha enviado (Signs of the Times, 9 de mayo de 1892).
De todos los pecados, el más incurable es el orgullo, la suficiencia propia. Detiene todo avance y todo crecimiento en la gracia.
Ha causado la ruina de miles y miles de almas. Alguien puede ser un gran pecador, pero si comprende que ha pecado contra Dios, si se arrepiente y confiesa su pecado, y restituye a quien ha dañado, recibirá el perdón. Dios declara: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (S. Juan 6:37). Su promesa al alma contrita y arrepentida es: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).
Pero cuando alguien está tan lleno de suficiencia propia que no puede ver sus faltas, ¿cómo puede ser limpio de su pecado? ¿Cómo puede mejorar si piensa que es perfecto en todos sus caminos? La suficiencia propia fue la ruina de los dirigentes de Israel. No aceptaban a Cristo porque pensaban que no necesitaban un Salvador; no reconocían sus pecados acariciados, ni creían que debían arrepentirse para ser perdonados.
Muchos cristianos tienen tal suficiencia propia que no sienten la necesidad de que Cristo more en sus corazones. Y no solo ellos sufren una gran pérdida sino el mundo, que debería ver la luz que iluminaría las tinieblas del error reflejada a través de ellos. En lugar de mostrar a Cristo, muestran su pobre y egoísta humanidad.
Algunos sienten que ya no necesitan nada más en su experiencia cristiana. Creen que “son ricos, y están enriquecidos, y de ninguna cosa tienen necesidad”. Pero si se vieran como Dios los ve, se darían cuenta que son “desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos”. A los tales, el “Testigo fiel y verdadero” les dice: ” Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, el manto de la justicia de Cristo, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apocalipsis 3:17, 18) (Signs of the Times, 9 de abril de 1902).

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