Notas de Elena | Domingo 25 de marzo 2018 | La mayordomía y la piedad | Escuela Sabática

Domingo 25 de marzo: La mayordomía y la piedad
En los preceptos de su santa ley, Dios ha dado una perfecta norma de vida; y ha declarado que hasta el fin del tiempo esa ley, sin sufrir cambio en una sola jota o tilde, mantendrá sus demandas sobre los seres humanos. Cristo vino para magnificar la ley y hacerla honorable.
Mostró que está basada sobre el anchuroso fundamento del amor a Dios y a los hombres, y que la obediencia a sus preceptos comprende todos los deberes del hombre. En su propia vida, Cristo dio un ejemplo de obediencia a la ley de Dios. En el sermón del monte mostró cómo sus requerimientos se extienden más allá de sus acciones externas y abarca los pensamientos e intentos del corazón (Los hechos de los apóstoles, p. 402).
Cristo es nuestro modelo, el ejemplo perfecto y santo que se nos ha dado para imitarlo. Nunca podremos igualar al modelo, pero podemos imitarlo y asemejamos a él conforme sea nuestra habilidad. Cuando caemos, desvalidos, sufriendo como resultado de nuestra comprensión de la pecaminosidad del pecado; cuando nos humillamos delante de Dios, afligiendo nuestras almas mediante el verdadero arrepentimiento y la contrición; cuando ofrecemos nuestras fervientes oraciones a Dios en el nombre de Cristo, con toda seguridad seremos recibidos por el Padre al entregamos completamente a Dios. Deberíamos comprender en lo más íntimo de nuestra alma que nuestros esfuerzos son enteramente indignos, porque únicamente en el nombre y el poder del Vencedor podemos ser vencedores…
Pero no podemos esperar obtener la victoria sin sufrimiento, porque Jesús sufrió para vencer por nosotros. Mientras sufrimos en su nombre… deberíamos regocijamos porque tenemos el privilegio de participar en pequeña medida de los sufrimientos de Cristo (A fin de conocerle, p. 267).
La vida cristiana es una batalla y una marcha. En esta guerra no hay descanso; el esfuerzo ha de ser continuo y perseverante. Solo mediante un esfuerzo incansable podemos aseguramos la victoria contra las tentaciones de Satanás. Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla con propósito firme y resuelto.
Nadie llegará a las alturas sin esfuerzo perseverante en su propio beneficio. Todos deben empeñarse por sí mismos en esta guerra; nadie puede pelear por nosotros. Somos individualmente responsables del desenlace del combate; aunque Noé, Job y Daniel estuviesen en la tierra, no podrían salvar por su justicia a un hijo ni a una hija (El ministerio de curación, p. 359).
“Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20), declaró el Salvador.
Todos los que sigan verdaderamente a Cristo llevarán frutos para su gloria. Su vida testifica que el Espíritu de Dios ha realizado una buena obra en ellos, y dan fruto para la santidad. Su vida es elevada y pura.
Las acciones correctas son el fruto inequívoco de la verdadera piedad (La educación cristiana, p. 360).

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