Domingo 21 de septiembre: La promesa

Fue nuestro Señor mismo quien prometió a sus discípulos: “Si yo fuere y os preparare el lugar, vendré otra vez, y os recibiré conmigo”.
El compasivo Salvador fue quien, previniendo el abandono y el dolor de sus discípulos, encargó a los ángeles que los consolaran con la seguridad de que volvería en persona, como había subido al cielo. Mientras los discípulos estaban mirando con ansia al cielo para percibir la última vislumbre de Aquel a quien amaban, fue atraída su atención por las palabras: “¡Varones galileos, ¿por qué os quedáis mirando así al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá del mismo modo que le habéis visto ir al cielo!” El mensaje de los ángeles reavivó la esperanza de los discípulos. “Volvieron a Jerusalén con gran gozo: y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios”. No se alegraban de que Jesús se hubiese separado de ellos ni de que hubiesen sido dejados para luchar con las pruebas y tentaciones del mundo, sino porque los ángeles les habían asegurado que él volvería.
La proclamación de la venida de Cristo debería ser ahora tal como la que fue hecha por los ángeles a los pastores de Belén, es decir, buenas nuevas de gran gozo. Los que aman verdaderamente al Salvador no pueden menos que recibir con aclamaciones de alegría el anuncio fundado en la Palabra de Dios de que Aquel en quien se concentran sus esperanzas para la vida eterna volverá, no para ser insultado, despreciado y rechazado como en su primer advenimiento, sino con poder y gloria, para redimir a su pueblo (Hijos e hijas de Dios, p. 368).
Nuestra ciudadanía está en el cielo. Debiéramos comprender más claramente el valor de las promesas que Dios nos ha hecho, y apreciar más profundamente el honor que nos ha dado. Dios no puede dispensar mayor honor a los mortales que el de adoptarlos en su familia, dándoles el privilegio de llamarlo Padre… Somos extranjeros y peregrinos en este mundo. Hemos de esperar, velar, orar y trabajar (La maravillosa gracia de Dios, p. 57).
Una de las verdades más solemnes y más gloriosas que revela la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar la gran obra de la redención. Al pueblo peregrino de Dios, que por tanto tiempo hubo de morar “en región y sombra de muerte”, le es dada una valiosa esperanza inspiradora de alegría en la promesa de la venida de Aquel que es “la resurrección y la vida” para hacer “volver al hogar a sus hijos exiliados”. La doctrina del segundo advenimiento es verdaderamente la nota tónica de las Sagradas Escrituras (¡Maranata: El Señor viene!, p. 11).

Compartir

Recomendado

Comentarios de Facebook

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*