Domingo 18 de mayo: La ley y los profetas
Son muy pocos los que comprenden el poder de su amor por el dinero hasta que se los pone a prueba. Entonces es cuando muchos que profesan ser seguidores de Cristo muestran que no están preparados para el cielo. Sus obras testifican que aman más el dinero que a su prójimo o a Dios. Tal como el joven rico, preguntan por el camino de la vida, pero cuando éste les es señalado y cuando calculan el costo, y ven que se exige de ellos el sacrificio de las riquezas mundanales, deciden que el cielo cuesta demasiado. Cuanto mayores son los tesoros hechos en la tierra, tanto más difícil resulta para sus poseedores comprender que éstos no les pertenecen sino que les han sido prestados para que los utilizasen para gloria de Dios…
Aquí puede apreciarse el poder de la riqueza. La influencia del amor al dinero sobre la mente humana es casi paralizadora.
Las riquezas infatúan y hacen que muchos que las poseen obren como si estuviesen privados de razón. Cuanto más tienen de este mundo, tanto más desean. Sus temores de llegar a padecer necesidad aumentan con sus riquezas. Se sienten inclinados a amontonar recursos para el futuro. Son mezquinos y egoístas, y temen que Dios no provea para ellos. Esta clase de gente es en realidad pobre delante de Dios. A medida que han acumulado riquezas han ido poniendo su conciencia en ellas y han perdido la fe en Dios y sus promesas.
Los pobres, fieles y confiados, se hacen ricos delante de Dios utilizando juiciosamente lo poco que poseen para bendecir a otros. Sienten que tienen obligaciones hacia su prójimo que no pueden descartar si quieren obedecer el mandamiento de Dios:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Consideran la salvación de sus semejantes de más importancia que todo el oro y la plata contenidos en el mundo.
Cristo señala la forma como los que poseen riquezas y sin embargo no son ricos delante de Dios pueden obtener las riquezas verdaderas. Él ha dicho: “Vended lo que poseéis y dad limosna” (S. Lucas 12:33), y haceos tesoros en el cielo. El remedio que él propone es una transferencia de sus afectos a la herencia eterna.
Al invertir sus recursos en la causa de Dios para ayudar en la salvación de las almas y aliviar a los necesitados, se enriquecen en buenas obras y atesoran “para sí buen fundamento para lo por venir” para “que echen mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:19).
Esto resultará una inversión segura.
Pero muchos muestran mediante sus obras que no se atreven a confiar en el banco del cielo. Prefieren confiar sus recursos financieros al mundo antes que enviarlos delante de ellos al cielo. Estos tienen que realizar una gran obra para vencer la codicia y el amor al mundo. Los ricos pobres, que profesan servir a Dios, son dignos de compasión. Mientras profesan conocer a Dios sus obras lo niegan. ¡Cuán grandes son las tinieblas que rodean a los tales! Profesan fe en la verdad, pero sus obras no corresponden con su profesión. El amor a las riquezas hace a los hombres egoístas, exigentes y despóticos (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 156,157).
Jesús probó al joven rico con la ley de justicia que requiere que el ser humano ame a su prójimo como a sí mismo, pero el joven mostró que estaba destituido del amor por Dios y por los demás. Pensaba que era perfecto, pero cuando fue pesado en la balanza del santuario fue hallado falto… Se fue triste, porque no podía retener sus posesiones y a la vez tener el placer de seguir a Cristo (Review and Herald, 11 de septiembre de 1900).

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Notas de Elena Segundo trimestre 2014 Escuela Sabática

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Lección Diaria

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