Domingo 11 de enero: La ley en nuestra vida
Desde el principio, Satanás ha venido presentando a los hombres un cuadro de las ganancias que pueden obtenerse por la transgresión. Así sedujo a los ángeles. Así tentó a Adán y a Eva a que pecaran. Y así sigue todavía apartando a las multitudes de la obediencia a Dios. Representa el camino de la transgresión como apetecible; “empero su fin son caminos de muerte” (Proverbios 14:12). ¡Felices aquellos que, habiéndose aventurado en ese camino, aprenden cuán amargos son los frutos del pecado, y se apartan de él a tiempo! En su misericordia, Dios no dejó a David abandonado para que fuese atraído a la ruina total por los premios engañosos del pecado (Patriarcas y profetas, p. 779).
Declara el salmista: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. Y Pablo escribió a Timoteo: “Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra”.
La vida de Dios, que comunica vida al mundo, está en su palabra. Fue por su palabra como Jesús sanó las enfermedades y echó fuera demonios. Por su palabra, calmó el mar y resucitó muertos; y la gente dio testimonio de que su palabra tenía poder. El habló la palabra de Dios como la había hablado a todos los escritores del Antiguo Testamento. Toda la Biblia es una manifestación de Cristo. Es nuestra única fuente de poder (Obreros evangélicos, p. 263).
A todo aquel que constantemente entrega su voluntad a la voluntad del Infinito, para ser guiado y enseñado por Dios, se le promete un desarrollo progresivo en las cosas espirituales. Dios no impone límites al progreso de los que están “llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y espiritual inteligencia”.
Los que convierten a Dios en su poder eficaz, comprenden su propia debilidad, y el Señor les proporciona su sabiduría. Como se apoyan en Dios día tras día, y cumplen su voluntad con humildad y sincera y rígida integridad, aumenta su conocimiento y capacidad. Mediante su disposición a obedecer reverencian y honran a Dios, y son honrados por él.
El caso de Daniel nos revela el hecho de que el Señor está siempre dispuesto a escuchar las oraciones del alma contrita; cuando busquemos al Señor con todo nuestro corazón, él contestará nuestras peticiones. Aquí se revela dónde obtuvo Daniel su habilidad y entendimiento; si estuviéramos dispuestos a pedir sabiduría al Señor, seríamos favorecidos con mayor capacidad y poder del cielo (Meditaciones matinales 1952, p. 113).

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