Domingo 24 de agosto
SER LA LUZ DEL MUNDO
Lee Mateo 5:14 al 16. ¿Qué nos está diciendo Jesús aquí, a cada uno de nosotros en forma individual y como comunidad de la iglesia?
A lo largo de la Biblia, la luz se asocia íntimamente con Dios. “Jehová es mi luz”, cantó David (Sal. 27:1), y Juan afirmó que “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Juan 1:5). Dios es la fuente de luz. De hecho, lo primero que creó fue la luz, porque la luz es indispensable para la vida.
Dada la estrecha conexión que hay entre la luz y Dios, la Escritura con frecuencia utiliza la luz para simbolizar la verdad, el conocimiento y la piedad. Caminar en la luz significa tener un carácter como el de Dios (Efe. 5:8; 1 Juan 1:7). La luz representa a Dios; la oscuridad, a Satanás. Esa es la razón por la cual es un grave pecado hacer “de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz” (Isa. 5:20).
Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, es “la luz de los hombres […] aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Juan 1:4, 9). Solamente él es la luz que puede iluminar la oscuridad de un mundo envuelto en pecado. A través de él, podemos recibir la “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios” (2 Cor. 4:6); es decir, su carácter.
Cuando aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, nos convertimos en “hijos de la luz” (Juan 12:36; 1 Tes. 5:5). Pero, no tenemos luz en nosotros mismos. Al igual que la luna, lo único que podemos hacer es reflejar la luz que brilla sobre nosotros. Cuando permitimos que Jesús brille a través de nosotros, no haremos buenas obras para demostrar nuestra propia virtud, sino para llevar a las personas a glorificar a Dios.
“Si Cristo mora en el corazón, es imposible ocultar la luz de su presencia. Si los que profesan ser seguidores de Cristo […] no tienen luz para difundir, es prueba de que no tienen relación con la Fuente de luz” (DMJ 37).
¿No sería absurdo encender una lámpara solo para ponerla “debajo del almud, o debajo de la cama” (Mar. 4:21)? Entonces, ¿por qué a veces hacemos eso con la luz de Cristo? Un discípulo escondido no es más útil que una lámpara bajo una vasija en una noche oscura. Por lo tanto, “levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti” (Isa. 60:1).
La luz en sí misma es, en realidad, invisible. Debe reflejarse sobre un objeto; de otra manera no la podemos ver. ¿Qué lección espiritual podemos extraer de esto sobre el modo en que nuestra luz, como creyentes, debe mostrarse?
escuelasabatica.es

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