Miércoles 14 de mayo
LA META DE LA LEY (Rom. 9:30 a 10:4)
El título de la lección de esta semana viene de Romanos 10, versículo 4: “el fin de la ley es Cristo”. Muchos que han sido condicionados de antemano para pensar en forma negativa acerca de la Ley automáticamente interpretan el texto como si dijera: “Cristo hizo que la Ley sea obsoleta”. Sin embargo, esta lectura va en contra de muchas referencias, tanto en la Epístola a los Romanos como otras partes del Nuevo Testamento, que analizan la relevancia permanente de la Ley.
Lee Romanos 9:30 a 10:4. ¿Cómo explica Pablo aquí de qué modo la salvación es por la fe y no por el cumplimiento de la Ley?
Como en el resto de la Epístola a los Romanos, el propósito de Pablo en estos versículos es demostrar la verdadera fuente de justicia. La Ley es un indicador de justicia, pero es impotente para que la gente se vuelva justa. Por eso, Pablo describe una paradoja: las naciones (gentiles) que ni siquiera se esforzaron por la justica la obtuvieron, mientras que Israel, que se esforzó por guardar la justa Ley, no la logró. Pablo no excluye a los judíos de la justicia; ni tampoco dice que todo no judío es justo; sencillamente, dice que la Ley no le da la justicia a un pecador, sea este judío o gentil.
Muchos judíos eran sinceros en su deseo de justicia, pero su búsqueda era inútil (Rom. 10:2). Eran celosos en servir a Dios, pero querían hacerlo con sus propias condiciones. Tomaron un objeto de la revelación de Dios (la Ley) y lo confundieron con la Fuente de su salvación. Por buena que sea la Ley, no lo es lo suficiente como para salvar a nadie. De hecho, en vez de hacer que una persona sea justa, la Ley destaca la pecaminosidad de la persona; amplía la necesidad de justicia. Por esto, Pablo describe a Cristo como el “fin” de la Ley. Él no es el “fin” en el sentido de finiquitar la Ley, sino en el sentido de ser la “meta” o “blanco” de la Ley, aquel a quien la Ley señala: conduce a una persona a Cristo cuando el pecador arrepentido lo busca para su salvación. La Ley recuerda a todos los cristianos que Jesús es nuestra justicia (Rom. 10:4).
Quien toma en serio la Ley siempre está expuesto al peligro del legalismo o de procurar establecer “su propia justicia”. Al esforzarnos por obedecer la Ley de Dios, ¿de qué manera podemos cuidarnos para no caer en lo que puede llegar a ser una trampa muy sutil?

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