“La ira de los perseguidores era igualada por la fe de los már­ tires. No sólo los hombres, sino aun delicadas señoras y doncellas desplegaron un valor inquebrantable. ‘Las esposas se colocaban al lado de sus maridos en la hoguera y, mientras éstos eran envueltos en las llamas, ellas les susurraban palabras de consuelo o les can­taban salmos para animarlos’ ” (Elena G. de White, El conflicto de los siglos, p. 281). “De modo que, al predicar el evangelio de la gracia de Dios, Wesley, como su Maestro, procuraba ‘engrandecer” la ley y hacerla ‘honorable’. Hizo fielmente la obra que Dios le encomendara, y glo­riosos fueron los resultados que se le concedió contemplar. Hacia el fin de su larga vida de más de 80 años -de los cuales consagró más de medio siglo a su ministerio itinerante- sus fieles adhéren­tes sumaban más de medio millón de almas” (ibíd., p. 307).

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Juveniles, Menores

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