Lección 6 | Lunes 31 de julio 2017 | El Dios Inmutable: alcanzado por fe, no por obras | Escuela Sabática Joven

LUNES 31 JULIO

EL DIOS INMUTABLE: ALCANZADO POR FE, NO POR OBRAS

Logos | Gén. 9:11-17; 15:6; 22:17,18; Mat. 5:17,18; Rom. 3:20; 4:15; 5:20; Gál. 2:16

El propósito de la ley (Rom. 3:20; 4:15; 5:20)

Cuando desconocemos la ley (cualquier parte de ella), no sabemos lo que es transgredirla. Como el Señor no quiere que ninguno se pierda, ha puesto en marcha un mecanismo para que conozcamos qué es el pecado: nos dio su ley por escrito en el Monte Sinaí. Esta ley fue preservada hasta nuestros días en las Sagradas Escrituras, y funciona como un sistema de advertencia que nos dice si hay pecado en nuestra vida. Pablo explica esto en Romanos 3:20, al escribir: “Mediante la ley cobramos conciencia del pecado”. Para que quede claro, Pablo no dice que de alguna manera la ley nos ofrece salvación. En Romanos 4:15 declara que la consecuencia de quebrantar la ley es la ira de Dios, con lo que nuevamente confirma que “donde no hay ley, tampoco hay transgresión”. Si la ley fuera lo único que Dios hizo por nosotros, estaríamos perdidos; pero, afortunadamente, la ley es parte de un sistema doble, y la segunda parte tiene que ver con la fe y la gracia salvadora de Dios. En Romanos 5:20, Pablo explica mejor cómo entiende el propósito de la ley al exponer el pecado; y al mismo tiempo menciona lo único que puede redimirnos: su gracia expiatoria. “En lo que atañe a la ley, esta intervino para que aumentara la transgresión. Pero, allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. La grada y la fe en la promesa de Dios tienen un papel mucho más emocionante en nuestra vida, si es que decidimos seguir a Cristo.

El rescate que provee su promesa (Gén. 15:6; 22:17,18)

Dios promete muchas veces en la Biblia que nos salvará de nuestros pecados, para pasar de la muerte eterna a la vida eterna con él. El Señor le detalla esta promesa a Abraham en Génesis 22, al declarar en parte que sus “descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos. Puesto que me has obedecido, todas las naciones del mundo serán bendecidas por medio de tu descendencia” (Gén. 22:17, 18). Quienes acepten esta promesa, un día recibirán la victoria sobre sus enemigos. Entrarán en el gozo de una eternidad junto con quien les prometió el rescate: Jesucristo. No reclamamos la promesa guardando la ley ni mediante alguna otra acción que realicemos. El Señor nos extiende esta promesa, y nos pide que no la reclamemos haciendo alguna gran hazaña (guardar la ley), sino simplemente creyendo en él. Eso es fe. “Luego el Señor lo llevó afuera y le dijo: ‘Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas, a ver si puedes. ¡Así de numerosa será tu descendencia!’ Abram creyó al Señor, y el Señor se lo reconoció como justicia” (Gén. 15:5, 6). Creer en el Señor suena como algo simple, pero requiere una fe fuerte, creer en el Señor Jesucristo.

Fe en Jesucristo (Gál. 2:16)

La fe en la promesa determina la diferencia entre la vida y la muerte. En general, es un concepto más difícil de entender que una simple lista de cosas para hacer (por ej.: guardar la ley). Pablo distingue claramente entre tener fe en la promesa y guardar la ley, al declarar quién es el que nos salva: “Sin embargo, al reconocer que nadie es justificado por las obras que demanda la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en él y no por las obras de la ley; porque por estas nadie será justificado” (Gál. 2:16). Las obras realizadas para guardar la ley quedan atenuadas porque, como se mencionó anteriormente, el objetivo de la ley es ser un indicador de los pecados. Renunciar al control y poner nuestra fe en el Señor, creyendo en lo que dice, nos lleva a tener una relación eterna con Jesucristo.

Confiar en nuestro inmutable Señor (Gén. 9:11-17; Mat. 5:17,18)

¿Cambia Dios su palabra, su parecer? Pablo declara expresamente que no. Lo que sí cambian, y a menudo de manera impredecible, son nuestras expectativas. En un versículo, Pablo descarta la noción de que Jesús haya querido cambiar la Palabra de Dios y deshacerse de su ley; y lo hace enfatizando por encima de toda duda que su Palabra es inmutable. Cristo dijo: “No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento. Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido” (Mat. 5:17,18). Aquella promesa a Abraham no es la única que todavía se aplica a nosotros hoy; también se da con otra que se encuentra en Génesis 9: “He colocado mi arcoíris en las nubes, el cual servirá como señal de mi pacto con la tierra. […] Nunca más las aguas se convertirán en un diluvio para destruir a todos los mortales. Cada vez que aparezca el arcoíris entre las nubes, yo lo veré y me acordaré del pacto que establecí para siempre con todos los seres vivientes que hay sobre la tierra” (Gén. 9:13,15,16). Cuando Dios le prometió esto a Noé, creó una señal visible que testifique a todas las generaciones que él es inmutable. El arcoíris es una representación perfecta de la infalibilidad de la Palabra de Dios. Dios nos pide que tengamos fe en él, que creamos en él y reclamemos sus promesas.

Para pensar y debatir

Considerando nuestra naturaleza humana, ¿qué es más difícil: guardar la ley o tener fe?

Si el propósito de la ley es señalar el pecado, y si Dios nunca cambia, entonces, las definiciones de pecado, ¿estarían abiertas a la posibilidad de ser modificadas? ¿Por qué sí o por qué no?

Jeremy Vetter, Moscow, Idaho, EE. UU.

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