Lección 5 | Jueves 31 de enero 2019 | El León y el Cordero | Escuela Sabática Joven

JUEVES 31 ENERO
EL LEÓN Y EL CORDERO
Opinión: Apoc. 5:1-10
En los círculos cristianos, a menudo nos enfocamos en que Jesús conquistó la tumba en su capacidad como Hijo de Dios. Hablamos de que el poder de Dios es el único medio por el cual Jesús podría haber resucitado de la tumba. Ese, por supuesto, no es un punto de vista erróneo. Nadie, sino Dios, puede desafiar las leyes de la muerte. Sin embargo, hay un principio de la historia de la resurrección en el que no meditamos lo suficiente: las cicatrices de Cristo y sus implicancias.
En Apocalipsis 5, Juan dice que estaba angustiado porque nadie podía abrir el libro con los siete sellos. Mientras llora, uno de los ancianos se le acerca y lo consuela diciéndole que, de hecho, hay Alguien digno de abrir el libro. En este texto, se describe a Jesús como el León de la tribu de Judá y el Cordero que fue inmolado. Al principio parece que el apóstol está insinuando que la victoria y la credibilidad de Jesús se basan en que es el León de Judá. Sin embargo, al leer los versículos 9 y 10, vemos que la autoridad para abrir el libro está en él como el Cordero que fue inmolado. En otras palabras, Jesús ganó con sus cicatrices.
Jesús es digno de abrir el libro porque fue “sacrificado, y con [su] sangre compr[ó] para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Apoc. 5:9). La credibilidad de Jesús es un resultado de su vulnerabilidad. El poder de Dios era necesario para levantar a Jesús de la muerte: sin embargo, somos atraídos a Cristo porque este poder llegó a su clímax en la vulnerabilidad. Por medio de su muerte encarnó lo que les enseñó a sus discípulos a hacer: “…los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos, y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor” (Mat. 20:25,26).
Nuestro corazón no es atraído a Cristo porque él fue perfecto: nuestro corazón es atraído a él porque se hizo vulnerable. Nadie quiere un amigo perfecto que no puede ofrecer ni una pizca de vulnerabilidad. Así, el Cordero que fue inmolado se levantó con sus cicatrices como parte de su victoria. Jesús nos enseña simpatía y empatía. Nuestro mejor testigo es nuestro testimonio. Las personas no son cautivadas por nuestra retórica a menos que sepan que hemos caminado por donde ellos ahora están caminando. Nuestras cicatrices no son una fuente de vergüenza; así como con el Redentor de la humanidad, nuestras cicatrices prueban que somos dignos.
PARA PENSAR Y DEBATIR
¿Qué tipo de aliento te han dado las cicatrices de Cristo en tu experiencia con él?
¿Cuál es la diferencia entre vulnerabilidad y vergüenza?
Monushka Gracia-Desgage. Boton Rouge. Louisiana. EE.UU.
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