Lección 4 | Reprensión y retribución | Escuela Sabática


Sábado 17 de octubre

En esta generación, muchos están siguiendo el mismo camino que los judíos incrédulos. Han presenciado las manifestaciones del poder de Dios; el Espíritu Santo ha hablado a su corazón; pero se aferran a su incredulidad y resistencia. Dios les manda advertencias y reproches, pero no están dispuestos a confesar sus errores, y rechazan su mensaje y a sus mensajeros. Los mismos medios que él usa para restaurarlos llegan a ser para ellos una piedra de tropiezo.

Los profetas de Dios eran aborrecidos por el apóstata Israel porque por su medio eran revelados los pecados secretos del pueblo. Acab con­sideraba a Elías como su enemigo porque el profeta reprendía fielmente las iniquidades secretas del rey. Así también hoy los siervos de Cristo, los que reprenden el pecado, encuentran desprecios y repulsas. La ver­dad bíblica, la religión de Cristo, lucha contra una fuerte corriente de impureza moral. El prejuicio es aún más fuerte en los corazones huma­nos ahora que en los días de Cristo. Jesús no cumplía las expectativas de los hombres; su vida reprendía sus pecados, y le rechazaron. Así también ahora la verdad de la Palabra de Dios no armoniza con las costumbres e inclinaciones naturales de los hombres, y millares rechazan su luz. Impulsados por Satanás, los hombres ponen en duda la Palabra de Dios y prefieren ejercer su juicio independiente. Eligen las tinieblas antes que la luz, pero lo hacen con peligro de su propia alma. Los que cavilaban acer­ca de las palabras de Cristo encontraban siempre mayor causa de cavi­lación hasta que se apartaron de la verdad y la vida. Así sucede ahora. Dios no se propone suprimir toda objeción que el corazón camal pueda presentar contra la verdad. Para los que rechazan los preciosos rayos de luz que iluminarían las tinieblas, los misterios de la Palabra de Dios lo serán siempre. La verdad se les oculta. Andan ciegamente y no conocen la mina que les espera (El Deseado de todas las gentes, pp. 538, 539).

Tenemos una obra que hacer en la formación del carácter según el modelo divino. Hay que extirpar todos los malos hábitos. Los impuros deben hacerse puros de corazón; los egoístas deben quitar su egoísmo; los orgullosos deben despojarse de su orgullo; los autosuficientes deben vencer su confianza propia, y comprender que no son nada sin Cristo. Todos seremos tentados severamente, y nuestra fe será probada hasta el máximo…

Necesitamos estar anclados en Cristo, arraigados y fundados en la fe. Satanás obra mediante sus instrumentos. Elige a los que no han estado bebiendo de las aguas vivas, cuyas almas están sedientas de algo nuevo y extraño, y que están siempre listos para beber de cualquier fuente que se les presente. Se oirán voces que dirán: “He aquí está Cristo”, o “Allí está”; pero no debemos creerles. Tenemos evidencias inconfundibles de la voz del verdadero Pastor, y él nos llama para que lo sigamos. Dice: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre” (Juan 15:10). Conduce a sus ovejas por las sendas de la obediencia humilde a la ley de Dios, pero nunca los anima a transgredirla (A fin de conocerle, p. 302).

Domingo 18 de octubre: Los dos caminos

Como los judíos de los días de Cristo, muchos hoy escuchan y creen, pero no están dispuestos a subir a la plataforma de la obediencia y aceptar la verdad tal como es en Jesús. Temen perder ciertas ventajas mundanales. Mentalmente están de acuerdo con la verdad, pero la obe­diencia implica llevar la cruz de la abnegación y el sacrificio, y dejar de confiar en el hombre y poner carne por su brazo; por eso se apartan de la cruz. Podrían sentarse a los pies de Jesús para aprender diariamente de él y saber exactamente qué es la vida eterna, pero no están dispuestos a hacerlo.

Toda persona salvada debe someter sus propios planes, sus pro­yectos ambiciosos, que implican glorificación propia, y debe seguir la dirección de Cristo. Se debe someter la mente a Cristo para que él la limpie, la purifique y la refine. Esto ocurrirá cada vez que se acepten debidamente las enseñanzas del Señor Jesús. Es difícil que el yo muera cada día, aunque la admirable historia de la gracia de Dios se presente con toda la riqueza de su amor, que él revela a las almas necesitadas (Cada día con Dios, p. 64).

Ningún hombre por sí mismo puede comprender sus errores. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Quizá los labios expresen una pobreza de alma que no reconoce el corazón. Mientras se habla a Dios de pobreza de espíritu, el corazón quizá está henchido con la presunción de su humildad superior y justicia exaltada. Hay una sola forma en que podemos obte­ner un verdadero conocimiento del yo. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los hombres a exaltarse en su justicia propia. Cuando contemplemos su pureza y excelencia, veremos nuestra propia debilidad, nuestra pobreza y nuestros defectos tales cuales son. Nos veremos perdidos y sin esperanza, vestidos con la ropa de la justicia propia, como cualquier otro pecador. Veremos que si alguna vez nos salvamos, no será por nuestra propia bondad, sino por la gracia infinita de Dios {Palabras de vida del gran Maestro, p. 123).

No podemos ni conseguir ni practicar por nosotros mismos la reli­gión de Cristo, porque nuestros corazones son engañosos mas que todas las cosas; pero Jesús… nos ha mostrado que podemos ser limpios de pecado. “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9), nos dice… Al mirar a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, captaremos la luz de su ros­tro, reflejaremos su imagen, y creceremos a la plena estatura de hom­bres y mujeres en Cristo Jesús (La maravillosa gracia de Dios, p. 248).

Lunes 19 de octubre: El pecado de Judá

A los que se sienten seguros por causa de sus progresos y se creen ricos en conocimiento espiritual, les cuesta recibir el mensaje que declara que están engañados y necesitan toda gracia espiritual. El cora­zón que no ha sido santificado es engañoso “más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9). Se me mostró que muchos se ilusionan creyéndose buenos cristianos, aunque no tienen un solo rayo de la luz de Jesús. No tienen una viva experiencia personal en la vida divina. Necesitan humillarse profunda y cabalmente delante de Dios antes de sentir su verdadera necesidad de realizar esfuerzos fervientes y perse­verantes para obtener los preciosos dones del Espíritu.

Dios conduce a su pueblo paso a paso. La vida cristiana es una cons­tante batalla y una marcha. No hay descanso de la lucha. Es mediante esfuerzos constantes e incesantes como nos mantenemos victoriosos sobre las tentaciones de Satanás. Como pueblo, estamos triunfando en la claridad y fuerza de la verdad. Somos plenamente sostenidos en nuestra posición por una abrumadora cantidad de claros testimonios bíblicos. Pero somos muy deficientes en humildad, paciencia, fe, amor, abne­gación, vigilancia y espíritu de sacrificio según la Biblia. Necesitamos cultivar la santidad bíblica. El pecado prevalece entre el pueblo de Dios. El claro mensaje de reprensión enviado a los laodicenses no es recibido. Muchos se aferran a sus dudas y pecados predilectos, a la par que están tan engañados que hablan y sienten como si nada necesitasen. Piensan que es innecesario el testimonio de reproche del Espíritu de Dios, o que no se refiere a ellos. Los tales se hallan en la mayor necesidad de la gra­cia de Dios y de discernimiento espiritual para poder descubrir su falta de conocimiento espiritual. Les falta casi toda cualidad necesaria para perfeccionar un carácter cristiano. No tienen el conocimiento práctico de la verdad bíblica que induce a la humildad en la vida y a conformar la voluntad a la de Cristo. No viven obedeciendo a todos los requerimien­tos de Dios (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 328, 329).

Cuando Jesús habla de un nuevo corazón, se refiere a la mente, a la vida, a todo el ser. Tener un cambio de corazón quiere decir apartar los efectos de este mundo y aferrarse de Cristo. Tener un nuevo corazón es tener nueva mente, nuevos propósitos, nuevos motivos. ¿Cuál es la señal de un nuevo corazón?: una vida nueva. Hay una muerte diaria y de cada hora al egoísmo y al orgullo.

Entonces se manifestará un espíritu de amabilidad, no intermiten­te, sino continuamente. Habrá un cambio decidido en la actitud, en el comportamiento, en las palabras y en los actos hacia todos aquellos con quienes os relacionéis. No magnificaréis sus debilidades, no las pon­dréis bajo una luz desfavorable. Obraréis de acuerdo con los métodos de Cristo, manifestando al prójimo el amor que Cristo os manifestó.

En lugar de revelar y publicar las faltas de los demás, haréis los esfuerzos más pacientes para curarlas y vendarlas… Un hombre de espíritu áspero no tiene razonamiento, es rudo; no es espiritual; no tiene un corazón de carne, sino un insensible corazón de piedra. Su único auxilio consiste en caer en la Roca y quebrantarse. El Señor pondrá a los tales en la encrucijada, y los probará con fuego, como se prueba al oro. Cuando vea su imagen reflejada en ellos, los sacará (Hijos e hijas de Dios, p. 102).

Martes 20 de octubre: La advertencia de Jeremías

Pero en lugar de reconocer su pecado, Caín siguió quejándose de la injusticia de Dios, y abrigando envidia y odio contra Abel. Censuró violentamente a su hermano y trató de arrastrarlo a una disputa acerca del trato de Dios con ellos. Con mansedumbre, pero valiente y firme­mente, Abel defendió la justicia y la bondad de Dios. Indicó a Caín su error, y trató de convencerle de que el mal estaba en él. Le recordó la infinita misericordia de Dios al perdonar la vida a sus padres cuando pudo haberlos castigado con la muerte instantánea, e insistió en que Dios realmente los amaba, pues de otra manera no entregaría a su Hijo, santo e inocente, para que sufriera el castigo que ellos merecían. Todo esto aumentó la ira de Caín. La razón y la conciencia le decían que Abel estaba en lo cierto; pero se enfurecía al ver que quien solía aceptar su consejo osaba ahora disentir con él, y al ver que no lograba despertar simpatía hacia su rebelión. En la furia de su pasión, dio muerte a su hermano.

Caín odió y mató a su hermano, no porque Abel le hubiese causa­do algún mal, sino “porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Juan 3:12). Asimismo odiaron los impíos en todo tiempo a los que eran mejores que ellos. La vida de obediencia de Abel y su fe pronta para responder eran un perpetuo reproche para Caín. “Todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, porque sus obras no sean redargüidas” (S. Juan 3:20). Cuanto más clara sea la luz celestial reflejada por el carácter de los fíeles siervos de Dios, tanto más a lo vivo quedan revelados los pecados de los impíos, y tanto más firmes serán los esfuerzos que harán por destruir a los que turban su paz (Patriarcas y profetas, pp. 61, 62).

El pueblo de Dios del tiempo del fin no ha de elegir las tinieblas antes que la luz. Debe buscar la luz, esperar la luz… La luz proseguirá brillando cada vez con mayor intensidad, y manifestará cada vez más claramente la verdad, tal como es en Jesús, para que los corazones humanos y los caracteres humanos mejoren y se disipe la oscuridad moral que Satanás se esfuerza por traer sobre el pueblo de Dios… Al acercamos al tiempo del fin, se necesitará un discernimiento más agudo y más claro, un conocimiento más firme de la Palabra de Dios, una experiencia viva y la santidad de corazón y de vida que debemos tener para servirle (A fin de conocerle, p. 349).

Miércoles 21 de octubre: Un lamento

Dios siempre tiene hombres a quienes confía su mensaje. Su Espíritu actúa sobre el corazón de ellos y los constriñe a hablar. Estimulados por celo santo y con el impulso divino que actúa podero­samente sobre ellos, se dedican a la realización de su deber sin calcular fríamente las consecuencias de presentar a la gente el mensaje que el Señor les ha dado. Pero pronto el siervo de Dios se da cuenta de que ha arriesgado algo. Descubre que él y su mensaje se han convertido en objeto de crítica. Se analizan y comentan todas sus costumbres, toda su vida, toda su propiedad. Su mensaje es desmenuzado y rechazado con el espíritu más mezquino e impío que los hombres crean conveniente emplear de acuerdo con su juicio limitado. ¿Ha hecho ese mensaje la obra que Dios quería que efectuara? No; ha fracasado grandemente porque los corazones de los oyentes no estaban santificados.

Si el rostro del ministro no es un pedernal, si no tiene una fe y un valor indomables, si su corazón no se ha fortalecido por medio de una constante comunión con Dios, comenzará a adaptar su testimonio para agradar el corazón y los oídos impíos de aquellos a quienes se dirige. Al esforzarse por evitar la crítica a la cual se expone, se separa de Dios y pierde el sentido del favor divino, y su testimonio se vuelve tímido y sin vida. Descubre que su valor y su fe se han desvanecido y sus esfuerzos son impotentes. El mundo está lleno de aduladores y disimuladores que se han entregado al deseo de agradar; pero en realidad son pocos los fíeles que no tienen en cuenta el interés propio, sino que aman demasia­do a sus hermanos para tolerar que haya pecado en ellos (Comentario bíblico adventista, tomo 2, p. 1028).

Ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pecado. Los hombres que han vivido más cerca de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala, los hombres a los cuales Dios había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ningu­na justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplen a Cristo (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 124, 125).

“El Señor no tarda su promesa” (2 Pedro 3:9). Él no se olvida de sus hijos ni los abandona, pero permite a los malvados que pongan de manifiesto su verdadero carácter para que ninguno de los que quieran hacer la voluntad de Dios sea engañado con respecto a ellos. Además, los rectos pasan por el homo de la aflicción para ser purificados y para que por su ejemplo otros queden convencidos de que la fe y la santidad son realidades, y finalmente para que su conducta intachable condene a los impíos y a los incrédulos.

Dios permite que los malvados prosperen y manifiesten su enemis­tad contra él, para que cuando hayan llenado la medida de su iniquidad, todos puedan ver la justicia y la misericordia de Dios en la completa destrucción de aquéllos. Pronto llega el día de la venganza del Señor, cuando todos los que hayan transgredido su ley y oprimido a su pueblo recibirán la justa recompensa de sus actos; cuando todo acto de crueldad o de injusticia contra los fieles de Dios será castigado como si hubiera sido hecho contra Cristo mismo (El conflicto de los siglos, p. 52).

Todo barco que navega en el mar de la vida, necesita llevar a bordo al divino Piloto; pero cuando se levantan las tormentas y arrecian las tempestades, muchas personas arrojan el Piloto al agua y confían su barco en manos de hombres finitos, o tratan de conducirlo ellos mis­mos. Luego sobreviene el desastre y el naufragio y culpan al Piloto por haber caído en las peligrosas aguas. No os confiéis a la dirección de los hombres… Obrad bajo el divino Guía (La fe por la cual vivo, p. 102).

Jueves 22 de octubre: Una situación desesperada

[Este testimonio fue escrito en 1863 en medio de la guerra civil en Estados Unidos].

El terrible estado en que se encuentra nuestra nación exige profun­da humildad de parte del pueblo de Dios. La pregunta supremamente importante que debiera preocupar a todos es: “¿Estoy preparado para el día de Dios? ¿Podré soportar la prueba que me espera?”

Vi que Dios está purificando y probando a su pueblo. Lo refinará como se hace con el oro, hasta que la escoria quede consumida y su imagen pueda reflejarse en ellos. No todos manifiestan un espíritu de abnegación ni la disposición a soportar dificultades y a sufrir por amor de la verdad, que es lo que Dios requiere. Sus voluntades no han sido subyugadas; no se han consagrado plenamente a Dios y no han buscado otros placeres, sino el placer supremo de hacer su voluntad. Los minis­tros y el pueblo carecen de espiritualidad y de verdadera piedad. Será sacudido todo lo que pueda serlo. El pueblo de Dios pasará por grandes pruebas, y todos deben afianzarse, arraigarse y consolidarse en la ver­dad, porque si no lo hacen ciertamente resbalarán. Si Dios reconforta y alimenta el alma con su presencia inspiradora, podrán resistir aunque el camino sea tenebroso y esté cubierto de espinas. Las tinieblas pronto se disiparán y la luz auténtica brillará para siempre (Testimonios para la iglesia, tomo 1, p. 317).

Cristo insta a su pueblo que ore sin cesar. Esto no significa que debiéramos estar siempre de rodillas, sino que la oración ha de ser como el aliento del alma. Nuestros pedidos silenciosos, doquiera estemos, han de ascender a Dios, y Jesús nuestro Abogado suplica por nosotros, sos­teniendo con el incienso de su justicia nuestros pedidos ante el Padre.

El Señor Jesús ama a su pueblo, y lo fortalece cuando éste pone su confianza en Cristo y depende plenamente de él. Vivirá mediante su pueblo, dándole la inspiración de su Espíritu santificante, impartiendo al alma una transfusión vital de sí mismo. Cristo obra mediante las facultades de los suyos y hace que ellos elijan la voluntad de Cristo y procedan de acuerdo con el carácter de él. Entonces ellos dicen con el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

El Señor no dejará a sus hijos afligidos y probados para que sopor­ten las tentaciones de Satanás. Tenemos el privilegio de confiar en Jesús. Los cielos están henchidos de ricas bendiciones, y es nuestro el privilegio de tener el gozo de Cristo en nosotros para que nuestro gozo sea completo. No tenemos porque no pedimos o porque no oramos con fe (A fin de conocerle, p. 80).

Viernes 23 de octubre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 73-79.

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