Sábado 10 de octubre

El Señor había predicho por medio de sus profetas que Israel sería gobernado por un rey; pero de ello no se desprende que esta forma de gobierno fuera la mejor para ellos, o según su voluntad. El permitió al pueblo que siguiera su propia elección, porque rehusó guiarse por sus consejos. Oseas declara que Dios les dio un rey en su “furor” (Oseas 13:11). Cuando los hombres deciden seguir su propio sendero sin buscar el consejo de Dios, o en oposición a su voluntad revelada, les otorga con frecuencia lo que desean, para que por medio de la amarga experiencia subsiguiente sean llevados a darse cuenta de su insensatez y a arrepentirse de su pecado. El orgullo y la sabiduría de los hombres constituyen una guía peligrosa. Lo que el corazón ansia en contradic­ción a la voluntad de Dios resultará al fin en una maldición más bien que en una bendición.

Dios deseaba que su pueblo le considerase a él solo como su legislador y su fuente de fortaleza. Al sentir que dependían de Dios, se verían constantemente atraídos hacia él. Serian elevados, ennoblecidos y capacitados para el alto destino al cual los había llamado como su pueblo escogido. Pero si se llegaba a poner a un hombre en el trono, ello tendería a apartar de Dios los ánimos del pueblo. Confiarían más en la fuerza humana, y menos en el poder divino, y los errores de su rey los inducirían a pecar y separarían a la nación de Dios (Patriarcas y profetas, p. 656).

Como intérprete del significado de los juicios que empezaban a caer sobre Judá, Jeremías se mantuvo noblemente en defensa de la jus­ticia de Dios y de sus designios misericordiosos aun en los castigos más severos. El profeta trabajaba incansablemente. Deseoso de alcanzar a todas las clases, extendió la esfera de su influencia más allá de Jerusalén a las regiones circundantes mediante frecuentes visitas a varias partes del reino.

En los testimonios que daba a la congregación, Jeremías se refería constantemente a las enseñanzas del libro de la ley que había sido tan honrado y exaltado durante el reinado de Josías. Recalcó nuevamente la importancia que tenía el estar en pacto con el Ser misericordioso y com­pasivo que desde las alturas del Sinaí había pronunciado los preceptos del Decálogo. Las palabras de amonestación y súplica que dejaba oír Jeremías llegaban a todas las partes del reino, y todos tuvieron oportu­nidad de conocer la voluntad de Dios concerniente a la nación (Profetas y reyes, p. 316).

Domingo 18 de octubre: Bajo el gobierno de Josías

Con la ascensión de Josías al trono, desde el cual iba a gobernar treinta y un años, los que habían conservado la pureza de su fe empe­zaron a esperar que se detuviera el descenso del reino; porque el nuevo rey, aunque tenía tan solo ocho años, temía a Dios, y desde el mismo principio “hizo lo recto en ojos de Jehová, y anduvo en todo el camino de David su padre, sin apartarse a diestra ni a siniestra” (2 Reyes 22:2) (Profetas y reyes, p. 283).

Al leer el rey las profecías de los juicios que habrían de caer presta­mente sobre los que persistiesen en la rebelión, tembló acerca del futu­ro. La perversidad de Judá había sido grande; ¿cuál sería el resultado de su continua apostasía?

En los años anteriores, el rey no había sido indiferente a la idolatría que prevalecía. “A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho”, se había consagrado plenamente al servicio de Dios. Cuatro años más tarde, cuando tuvo veinte, hizo un esfuerzo fervoroso por evitar la tenta­ción a sus súbditos y limpió “a Judá y a Jerusalén de los altos, bosques, esculturas, e imágenes de fundición. Y derribaron delante de él los alta­res de los Baales, e hizo pedazos las imágenes del sol, que estaban pues­tas encima; despedazó también los bosques, y las esculturas y estatuas de fundición, y desmenuzólas, y esparció el polvo sobre los sepulcros de los que les habían sacrificado. Quemó además los huesos de los sacerdo­tes sobre sus altares, y limpió a Judá y a Jerusalén” (2 Crónicas 34:3-5).

Sin conformarse con la obra esmerada que hacía en la tierra de Judá, el joven gobernante extendió sus esfuerzos a las porciones de Palestina antes ocupadas por las diez tribus de Israel, de las cuales que­daba tan solo un débil residuo. Dice el relato: “Lo mismo hizo en las ciudades de Manasés, Ephraín, y Simeón, hasta en Neftalí”. Y no volvió a Jerusalén antes de haber atravesado a lo largo y a lo ancho esta región de hogares arruinados y “hubo derribado los altares y los bosques, y quebrado y desmenuzado las esculturas, y destruido todos los ídolos por toda la tierra de Israel” (versículos 6, 7).

Así era como Josías, desde su juventud, había procurado valerse de su cargo de rey para exaltar los principios de la santa ley de Dios. Y ahora, mientras el escriba Safán le leía el libro de la ley, el rey discernió en ese volumen un tesoro de conocimiento y un aliado poderoso en la obra de reforma que tanto deseaba ver realizada en la tierra. Resolvió andar en la luz de sus consejos y hacer todo lo que estuviese en su poder para comunicar sus enseñanzas al pueblo, a fin de inducirlo, si era posible, a cultivar la reverencia y el amor a la ley del cielo (Profetas y reyes, p. 292).

Lunes 12 de octubre: Joacaz y Joacim: otro descenso

El profeta recalcó el hecho de que nuestro Padre celestial permite que sus juicios caigan a fin de que “conozcan las gentes que son no más que hombres” (Salmo 9:20). El Señor había advertido de antemano así a su pueblo: “Y si anduviereis conmigo en oposición, y no me quisie­reis oír… os esparciré por las gentes, y desenvainaré espada en pos de vosotros: y vuestra tierra estará asolada, y yermas vuestras ciudades” (Levítico 26:21, 33).

En el tiempo mismo en que los mensajes de la condenación inmi­nente eran comunicados con instancia a los príncipes y al pueblo, su gobernante, Joaquim, que debiera haber sido un sabio conductor espiri­tual, el primero en confesar su pecado y en ejecutar reformas y buenas obras, malgastaba su tiempo en placeres egoístas. Decía: “Edificaré para mí casa espaciosa, y airosas salas”; y esa casa, cubierta “de cedro” y pintada “de bermellón” (Jeremías 22:15), fue construida con dinero y trabajo obtenido por fraude y opresión. Se despertó la ira del profeta, y por inspiración pronunció un juicio contra el gobernante infiel (Profetas y reyes, pp. 316, 317).

Dios quiere que su pueblo revele a un mundo pecaminoso que no lo ha dejado perecer. Debemos esmeramos en ayudar a aquellos que por causa de la verdad son expulsados de sus casas y obligados a sufrir. Cada vez más, habrá necesidad de corazones grandes y generosos, que, llenos de abnegación, se encarguen de esas personas a quienes el Señor ama. Los pobres que haya entre el pueblo de Dios no deben ser dejados sin que sus necesidades sean suplidas. Debe hallarse alguna manera por la cual puedan ganarse la vida. A algunos será necesario enseñarles a trabajar. Otros que trabajan arduamente y se ven recargados hasta lo sumo para sostener sus familias, necesitarán auxilio especial. Debemos interesarnos en esos casos, y ayudarles a conseguir empleo. Debe haber un fondo para ayudar a estas familias pobres dignas, que aman a Dios y guardan sus mandamientos.

Debe ejercerse cautela para que los recursos que se necesitan para esta obra no sean desviados hacia otros fines. Auxiliar a los pobres que, por observar los mandamientos de Dios, se ven reducidos a padecer necesidad, es cosa muy diferente de lo que sería dejarlos en el abandono para ayudar a personas blasfemas que pisoteen los mandamientos de Dios. Y Dios ve la diferencia. Los observadores del sábado no deben pasar por alto a los dolientes y menesterosos del Señor, para asumir la carga de sostener a aquellos que continúan transgrediendo la ley de Dios, a aquellos que se han acostumbrado a esperar ayuda de cualquiera que los quiera sostener. Esta no es la debida clase de obra misionera. No está en armonía con el plan de Dios.

Donde quiera que se establezca una iglesia, sus miembros deben hacer una obra fiel por los creyentes menesterosos. Pero no deben cesar con esto. Deben ayudar también a otros, sin tener en cuenta su fe. Como resultado de un esfuerzo tal, algunos de éstos recibirán las verdades especiales para este tiempo (Joyas de los testimonios, pp. 507, 508).

Debemos cuidar cada caso de sufrimiento y considerarlo como propio, como agentes de Dios para aliviar a los necesitados hasta donde nos sea posible. Debemos ser colaboradores junto con Dios. Hay quienes manifiestan gran aflicción por sus parientes, sus amigos y protegidos, pero que fallan en ser buenos y considerados con aque­llos que necesitan bondadosa simpatía, que necesitan consideración y amor. Con corazones fervientes preguntémonos: ¿Quién es mi prójimo? Nuestros prójimos no son solamente nuestros íntimos y amigos espe­ciales; no son simplemente aquellos que pertenecen a nuestra iglesia o que piensan como nosotros. Nuestros prójimos son toda la familia humana. Debemos ser buenos con todos los hombres y especialmente con aquellos que son de la familia de la fe. Debemos dar al mundo una demostración de lo que significa cumplir la ley de Dios. Debemos amar a Dios por sobre todo y a nuestros prójimos como a nosotros mismos (El ministerio de la bondad, pp. 49, 50).

Martes 13 de octubre: El breve reinado del rey Joaquín, rey de Judá

¡Con qué tierna compasión informó Dios a su pueblo cautivo acer­ca de sus planes para Israel! Sabía que si éste se dejaba persuadir por los falsos profetas a esperar una pronta liberación, su posición en Babilonia resultaría muy difícil. Cualquier demostración o insurrección de su parte despertaría la vigilancia y la severidad de las autoridades caldeas, y acarrearía una mayor restricción de sus libertades. De ello resultarían sufrimientos y desastres. El deseaba que se sometiesen a su suerte e hiciesen tan placentera como fuese posible su servidumbre; de manera que el consejo que les daba era: “Edificad casas, y morad; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos… Y procurad la paz de la ciudad a la cual os hice traspasar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz” (Jeremías 29:5-7) (Profetas y reyes, p. 325).

Somos demasiado faltos de fe. ¡Oh, cómo desearía que pudiera inducir a nuestros hermanos a tener fe en Dios! No deben creer que a fin de ejercer fe deben ser acicateados hasta llegar a un alto grado de excitación. Todo lo que tienen que hacer es creer en la Palabra de Dios, así como creen en lo que dicen uno al otro. Él lo ha dicho, y cumplirá su Palabra. Dependa Ud. tranquilamente de las promesas de Dios, porque él quiere decir precisamente lo que dice. Diga: Él me ha hablado en su Palabra, y cumplirá cada promesa que ha hecho. No os volváis impa­cientes. Confiad. La Palabra de Dios es fiel. Proceded como si pudierais confiar en vuestro Padre celestial (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 96, 97).

“Si puedes creer, al que cree todo es posible” (Marcos 9:23). La fe nos une con el cielo y nos da fuerza para contender con las potestades de las tinieblas. Dios ha provisto en Cristo los medios para contrarrestar toda malicia y resistir toda tentación, por fuerte que sea. Pero muchos sienten que les falta la fe, y por eso permanecen apartados de Cristo. Arrójense estas almas, conscientes de su desesperada indignidad, en los brazos misericordiosos de su compasivo Salvador. No miren a sí mis­mas, sino a Cristo. El que sanó a los enfermos y echó fuera los demo­nios cuando andaba con los hombres, sigue siendo el mismo poderoso Redentor. Echad mano, pues, de sus promesas como de las hojas del árbol de la vida: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Al acudir a él, creed que os acepta, pues así lo prometió. Nunca pereceréis si así lo hacéis, nunca (El ministerio de curación, pp. 42, 43).

Es una gran satisfacción tener conciencia de que los ojos del Señor velan sobre nosotros y que sus oídos están dispuestos a escuchar nues­tras oraciones. Saber que tenemos un Amigo infalible a quien podemos confiar todos los secretos del alma, es un privilegio inexpresable.

Los hombres y las mujeres que gocen de la religión de Jesucristo no serán personas inquietas, descontentas, variables; la paz de Cristo en el corazón conferirá solidez de carácter.

No debéis permitir que nada os robe la paz, la serenidad y la segu­ridad de que sois aceptos ahora mismo. Apropiaos de cada promesa; todas son vuestras con la condición de que cumpláis los términos prescriptos por el Señor. El secreto del perfecto descanso en su amor es renunciar a todos nuestros caminos, que parecen tan sabios, y seguir los de Cristo.

El alma consagrada al servicio de Cristo tiene una paz que el mundo no puede dar ni quitar (Mi vida hoy, p. 181).

Miércoles 14 de octubre: Al final de un callejón sin salida

Con lágrimas, rogó Jeremías a Sedequías que se salvase a sí mismo y a su pueblo. Con espíritu angustiado, le aseguró que a menos que escuchase el consejo de Dios, no escaparía con la vida, y todos sus bie­nes caerían en manos de los babilonios. Pero el rey se había encaminado erróneamente, y no quería retroceder. Decidió seguir el consejo de los falsos profetas y de los hombres a quienes despreciaba en realidad, y que ridiculizaban su debilidad al ceder con tanta facilidad a sus deseos. Sacrificó la noble libertad de su virilidad, y se transformó en abyecto esclavo de la opinión pública. Aunque no tenía el propósito fijo de hacer lo malo, carecía de resolución para declararse firmemente por lo recto. Aunque convencido del valor que tenía el consejo dado por Jeremías, no tenía energía moral para obedecer; y como consecuencia siguió avanzando en la mala dirección (Profetas y reyes, p. 337).

La nación judía está ante nosotros como un ejemplo del agota­miento de la vasta paciencia de Dios. Con la destrucción de Jerusalén se simboliza la destrucción del mundo. Los labios del que siempre pronunciaba bendiciones sobre los arrepentidos y animaba a los pobres y dolientes, y proporcionaba alegría a los humildes, pronunciaron una maldición sobre las personas a quienes él había presentado la luz pero que no quisieron apreciarla ni aceptarla. Él declaró a aquellos que pensaban evadir la clara y distinta Palabra de Dios, y albergaban tradi­ciones humanas, que serían hallados culpables de toda la sangre de los profetas que habían sido muertos desde el principio del mundo.

Vez tras vez Dios reprendió a los judíos por su conducta impía, mediante severos castigos; pero ellos lo provocaron con sus obras de impiedad al menospreciar la ley del Señor de los ejércitos, y finalmente, al negar reverencia a su Hijo unigénito. Cada siglo de transgresiones atesoró ira para el día de la ira. Jesús instó a la obstinada e impeni­tente nación a que llenara la medida de su iniquidad. Sus obras impías no fueron olvidadas ni pasadas por alto. Cuando el tiempo del juicio retributivo llegó a su plenitud, salió la orden desde el lugar sagrado del Altísimo para que se defendiera el honor de Dios y se magnificara su ley (Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1151).

Jueves 15 de octubre: El remanente

En el fin del tiempo se levantarán personas que crearán confusión y rebelión entre el pueblo que profesa obedecer la ley de Dios. Pero tan ciertamente como cayeron los castigos divinos sobre los falsos profetas en los días de Jeremías, con la misma seguridad los obradores de ini­quidad de hoy recibirán una medida completa de castigo, pues el Señor no ha cambiado. Los que profetizan mentiras animan a los hombres a que consideren livianamente el pecado. Pero cuando se manifiestan los terribles resultados de sus malos actos, procuran si es posible, que aparezca como responsable de sus dificultades el que los ha amonestado fielmente, así como los judíos culparon a Jeremías de sus desgracias.

Los que marchan por el camino de rebelión contra el Señor, siem­pre pueden encontrar falsos profetas que justifiquen sus actos y los adulen para su propia destrucción. Con frecuencia las palabras menti­rosas ganan muchos amigos, como lo ejemplifica el caso de estos falsos maestros entre los israelitas. Estos llamados profetas, en su celo fingido por el Señor ganaron muchos más creyentes y seguidores que los ver­daderos profetas que daban el sencillo mensaje del Señor (Comentario bíblico adventista, tomo 4, pp. 1179, 1180).

Así las profecías de los juicios venideros llegaban mezcladas con promesas de una gloriosa liberación final. Los que decidiesen hacer su paz con Dios, y vivir en santidad en medio de la apostasía prevaleciente, recibirían fuerza para cada prueba, y serían habilitados para testificar por él con gran poder. Y en los siglos venideros la liberación obrada en su favor excedería por su fama la realizada para los hijos de Israel en tiempo del Éxodo. Llegarían días, declaró el Señor por su profeta, cuando no dirían “más: Vive Jehová que hizo subir los hijos de Israel de la tierra de Egipto; sino: Vive Jehová que hizo subir y trajo la simiente de la casa de Israel de tierra del aquilón, y de todas las tierras adonde los había yo echado; y habitarán en su tierra” (Jeremías 23: 7, 8). Tales eran las admirables profecías expresadas por Jeremías durante los años finales de la historia del reino de Judá, cuando los babilonios ascendían al gobierno universal, y ya reunían sus ejércitos sitiadores contra los muros de Sión.

Como la música más dulce, estas promesas de liberación caían en oídos de aquellos que eran firmes en su adoración de Jehová. En los hogares de encumbrados y humildes, donde los consejos de un Dios observador del pacto seguían siendo objeto de reverencia, las palabras del profeta se repetían una y otra vez. Los niños mismos se conmovían hondamente y en sus mentes juveniles y receptivas se hacían impresio­nes duraderas (Profetas y reyes, p. 315).

Viernes 16 de octubre: Para estudiar y meditar

Profetas y reyes, pp. 64-71

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1 Comment

  • Silvia 1 año ago

    Desde hace 4 dias estamos en la leccion 4, por favor no sean malitos den las notas del Espiritu de Profecia