Lección 3 | La condición humana | Escuela Sabática Joven Semanal

Salvación solo por la fe: El libro de Romanos – Cuarto trimestre 2017

Era una fría noche de invierno en la que conducía desde la universidad hada la casa de la familia de mi novia, para pasar la víspera de Año Nuevo. Era la primera vez que asistía a clases durante esa época del año. Estaba estudiando ingeniería mecánica, y solo me faltaban doce créditos para graduarme. Cuando era niño, mi maestra de la escuela primaria les había expresado a mis padres en una reunión de padres: “Ricky nunca tendrá éxito con las matemáticas”. Me reí un poquito, recordando toda esa situación, y me sentí bien por todo lo que había podido lograr.

Mientras conducía, me comenzó a costar respirar, y pensé: ¡Oh, no! ¡No otra vez! Desde mi nacimiento, había padecido de asma. Algunos días eran mejores que otros pero, año tras año, me daba cuenta de que no lograba vencerlo. Cuanto más me acercaba a la casa, menos podía controlar mi respiración. Decidí dar la vuelta e ir a la sala de emergencias. Cuando llegué al hospital, había perdido totalmente el control de mi respiración y mi medicación de emergencias no estaba funcionando.

El personal de urgencias me hizo ingresar inmediatamente y comenzaron a tratarme. Nada parecía funcionar y comencé a alarmarme. Los médicos estaban preocupados, no sabían qué hacer. Mi madre había llegado y me decía que resistiera. Por primera vez en mi vida, sentí que ya no podía luchar con eso. Le dije a Dios que me estaba dando por vencido y que, si me iba a ayudar, ese era el momento. Esta condición había controlado mi vida entera y, en ese momento, supe que no podía luchar solo. Si Dios no intervenía, moriría.

Mi madre se acercó a mí y me dio una botella de agua. Tomé un trago, y dos minutos después todavía no había tosido. No podía creerlo. Inhalé y exhalé; para mi sorpresa, podía respirar. Los médicos vinieron corriendo a mi habitación, asombrados y sin poder creer lo que veían.

Todos nacimos en la condición del pecado. Amarra nuestros espíritus, invade nuestros pensamientos y paraliza nuestro caminar. No podemos tratarlo por nosotros mismos, ni es algo de lo cual podamos escondernos. Lo que necesitamos es una actitud de entrega, un momento en el que sepamos que no podemos resistirlo solos y entender que, si Dios no interviene ahora, moriremos. Las buenas noticias son que Dios está allí, al lado tuyo, esperando aceptarte tal como eres y darte una vida completamente nueva. ¿Le entregarás tu vida hoy?

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