Lección 3 | Domingo 9 de julio 2017 | Equilibrio perfecto, al ceder | Escuela Sabática Joven

DOMINGO 9 JULIO

EQUILIBRIO PERFECTO, AL CEDER

Logos | Isa. 1:18; Mat. 5.38-41

En Isaías 1:18, Dios nos da la oportunidad detener una discusión con él. A primera vista, esto parece una invitación a una sesión de debate en la que podemos “ayudar” a Dios a ver las cosas desde nuestra perspectiva. Sin embargo, luego de un análisis detallado, es evidente que aquí Dios nos está dando una oportunidad de elevar nuestro pensamiento para poder entender por qué sus caminos son lo mejor. La oración nos eleva a Dios, no lo baja a él hasta nosotros.

Siempre me ha fascinado el contraste entre la humildad de Jesús cuando le escupían en el rostro poco antes de que sufriera la muerte en la cruz (Mat. 26:67), y la forma en que actuó cuando derribó las mesas de quienes estaban usando el atrio del Templo como un mercado de cambio (Mat. 21:12).

Mateo 5:38 al 41 nos enseña que si alguien nos abofetea en la mejilla, deberíamos permitir que también nos abofeteen la otra. El contraste entre la humildad de Jesús y la firmeza de su carácter es una aplicación del principio de que debiéramos servir a los demás, pero nunca ceder en lo que respecta a nuestros principios bíblicos.

Unidos permaneceremos (1 Cor. 1:10-13)

El matrimonio es un ejemplo excelente para explicar el concepto de ceder. Todos conocemos a personas casadas (o nos hemos casado). Para los hermanos que crecieron juntos en el mismo hogar, a veces es un desafío llevarse bien, a pesar de tener un trasfondo similar y común. Este desafío es aún más grande cuando dos personas que solo se conocen desde hace algunos años se casan y comienzan a vivir juntas.

Aunque es cierto que no podemos elegir a nuestra familia, sí elegimos a la persona con quien nos casamos. La adaptación a la vida marital no siempre se da con tanta facilidad como lo muestran las historias de amor y los cuentos de hadas.

Se debe lograr un equilibrio perfecto al ceder en el matrimonio, para asegurar que el esposo y la esposa conserven su personalidad individual. Deben trabajar de manera armoniosa, como un equipo, al educar hijos que lleguen a ser disciplinados y maduros espiritualmente. De la misma forma, la iglesia necesita lograr un equilibrio perfecto al ceder, para que la obra del Señor se realice eficientemente.

La circuncisión del corazón (Gén. 17:1-22; Jer. 4:4; Hech. 15:1, 5; Rom. 2:29; Gál. 2:3-5; 5:2,6)

Cuando Abram tenía 99 años de edad, el Señor hizo un pacto de circuncisión con él y le cambió el nombre por Abraham. Esto significaba que sería el padre de muchas naciones. Adoramos a un Dios que nos cambiará el nombre antes que veamos el cambio en nuestra vida. Él no nos ve como somos ahora, sino que ve la persona en la que nos está transformando.

Ocurrió un milagro en el vientre de Sara: aunque anteriormente no había sido capaz de tener hijos, tuvo uno, y lo llamó Isaac. La promesa de que Abraham sería padre de muchas naciones incluía el pacto de que todo hombre entre ellos debía circuncidarse.

En el Concilio de Jerusalén, en la era cristiana, algunos les decían a los gentiles que a menos que se sometieran a la circuncisión física, no podían ser salvos. Pablo y Bernabé abordaron esta disputa recalcando que no se les debía dificultar la vida a los gentiles que se convertían a Dios. Se hizo un arreglo especial para ellos, para que también pudieran disfrutar de los beneficios de tener una relación con Dios. Se pudo llegar a esta decisión al comprender que la circuncisión del corazón era aún más importante que la circuncisión física.

Libertad en la cruz (Juan 8:31-36; Rom. 6:6, 7; 8:2,3; 1 Cor. 15:55; Gál. 3:23-25; 4:7,8; Heb. 2:14,15)

Los descendientes de Abraham tenían la idea errónea de que poseían la salvación automáticamente, por ser parte de esa familia. Jesús aclaró esto al explicar que todo aquel que peca es esclavo del pecado; por tanto, la salvación no se obtenía por pertenecer a un determinado árbol genealógico, porque la única manera de recibir vida eterna era y sigue siendo por medio de la cruz.

Los jóvenes pensamos que la libertad es poder ir al mundo y hacer lo que queramos. Nos sentimos aprisionados por los Mandamientos del Señor porque limitan nuestra posibilidad de divertirnos. No obstante, la ley de Dios nos da libertad de las consecuencias del pecado.

Vivimos en un mundo de pecado, y por eso quizá probemos la muerte antes de la segunda venida de Jesús; pero aunque este mundo destruya nuestro cuerpo mortal, viene el día en que se doblará toda rodilla ante el nombre de Jesús, y toda lengua declarará que Jesucristo es el Señor (Fil. 2:10, 11). En ese día, los muertos se levantarán en un abrir y cerrar de ojos, y nuestros cuerpos mortales se vestirán de inmortalidad (2 Cor. 15:52-54).

Para pensar y debatir

¿Por qué es tan importante la unidad de la iglesia?

¿Por qué es importante no ceder a los principios divinos para alcanzar la unidad?

¿Sería justo que obtuviésemos la salvación según la familia en que naciéramos?

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