Lección 3 | Domingo 15 de octubre 2017 | Todos hemos pecados, todos podemos ser justos | Escuela Sabática Joven

DOMINGO 15 DE OCTUBRE
TODOS HEMOS PECADO, TODOS PODEMOS SER JUSTOS
Logos | Romanos 3:10-18; 5:12-21; 1 Corintios 10:13; 1 Timoteo 1:15 ¿Quién ha pecado? (Romanos 3:23)
La plaga del pecado tiene un alcance tan amplio que nadie está libre de ella. Todo aquel que nadó de una mujer ha sido impactado por la tentación del pecado o el resultado que le sigue. El salmista David declara: “Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre” (Salmo 51:5). Es difícil imaginarlo, pero la influencia del pecado está presente aun en la etapa embrionaria de nuestras vidas. Nadie está exento del pecado. “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). “No hay un solo justo, ni siquiera uno” (Romanos 3:10). Todos los que declaren haber nacido justos deben reconocer que nuestro ADN revela rasgos de nuestra naturaleza pecaminosa en el mismo nacimiento. Somos pecadores de manera inherente, a causa de nuestros antepasados y de generaciones de pecado. Nuestros primeros padres cometieron un error crucial que causó un “efecto de goteo” hasta nuestros días. Generación tras generación han sufrido los efectos de su pecado.
“Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (Romanos 5:12).
Identificación y definición del pecado (1 Juan 3:4)
Romanos 7:12 al 14 nos ayuda a ver claramente qué significa estar en lucha contra el pecado. Servimos a un Dios que se empeña en ser justo en sus juicios. Él nos da una oportunidad de ver de manera clara las líneas divisorias. Si conocemos la ley de Dios, reconocemos su voluntad para nosotros y andamos en oposición a sus caminos, quedamos privados de la gloria de Dios. Su ley no es solamente la manifestación del carácter de Dios, también es el guardarraíl para nuestra salvación. Si conocemos la ley, reconocemos el error en nuestros caminos. “Todo el que comete pecado quebranta la ley; de hecho, el pecado es transgresión de la ley” (1 Juan 3:4).
Se ha dicho que el evangelio es buenas nuevas y nuestra situación actual de pecado no es permanente. Aunque fuimos concebidos, formados y nacidos en esta condición, Dios nos ofrece, a cada uno de nosotros, el antídoto que nos permite alcanzar la salvación. Debemos entender que la salvación no se obtiene a través de obras de las cuales presumir y pensar que fue un accionar nuestro, sino que es a través de fe en Jesucristo. Él es quien vino al mundo a salvar a los pecadores, y Pablo, el autor de esta epístola, se considera a sí mismo el más grande de los pecadores. Si Pablo se considera a sí mismo el más grande de los pecadores, ¿quién podrá ser salvo? Y ¿de qué modo? En Mateo 19:25, los discípulos hicieron esta misma pregunta. ¿Quién puede ser salvo? ¡Todos! ¿Cómo podemos ser salvos? “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios” (Efesios 2:8).
Sola fide (Efesios 2:8)

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