Miércoles 24 de diciembre
EL “NUEVO” PACTO
Hebreos describe el Nuevo Pacto como “mejor” que el Antiguo Pacto (Heb. 8:1, 2, 6). La pregunta obvia es: ¿Por qué estableció Dios el Pacto Antiguo, si era defectuoso? Pero el problema no es con el Pacto, sino con la respuesta de la gente a él.
Lee Hebreos 7:19; 8:9; y 10:1 al 4. ¿Qué problemas con el Pacto Antiguo se mencionan?
Los hijos de Israel “no permanecieron fieles” al Pacto (Heb. 8:9), sino que fueron desobedientes. Los sacrificios de animales en el Pacto Antiguo nunca podían quitar los pecados (Heb. 10:4); es decir, el problema del pecado permanecía. Solo “la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” podía expiar el pecado, aun los cometidos bajo el Pacto Antiguo (Heb. 10:10; 9:15). Y eso era porque “nada perfeccionó la ley”, pero sí lo hizo “la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios” (Heb. 7:19) por medio de la promesa del Nuevo Pacto.
En un sentido, el Nuevo Pacto no es nuevo: desde la promesa en el Edén de que la simiente aplastaría la cabeza de la serpiente, el plan de salvación siempre estuvo fundado en la muerte de Cristo, “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8; ver también Jer. 32:40; Heb. 13:20, 21; Juan 13:34).
“El Pacto de la gracia no es una verdad nueva, porque existió en la mente de Dios desde toda la eternidad. Por esto se lo llama el Pacto Eterno” (FILB, 77).
Pablo nos muestra que algo especial sucede cuando nos volvemos al Señor. Dios prometió, en relación con el Pacto Eterno: “Pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer. 32:40). Sin fe, traer sacrificios de animales era como pagar por los pecados. Mirando a Jesús, en cambio, quien “sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Heb. 12:2, 3), vemos el inmenso costo del pecado; las buenas nuevas son que el costo ha sido pagado, “por la sangre del pacto eterno” (13:20). Este “nuevo” pacto transforma la manera en que miramos todo, como el mandamiento de amarnos unos a otros. No es nuevo (Lev. 19:18), solo que no hemos de amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos, sino como “yo [Jesús] os he amado” (Juan 13:34).
¿Cómo podremos alguna vez aprender a amar a otros como Jesús nos amó?

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