“Fue para que esta verdad jamás se borrara de la mente de los hombres que Dios instituyó el sábado en el Edén; y mientras el que él sea nuestro Creador siga siendo motivo para que lo adoremos, el sábado seguirá siendo su señal y monumento. Si el sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos y las incli­naciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como objeto de reverencia y adoración, y jamás habría habido un idóla­tra, un ateo o un infiel. La observancia del sábado es una señal de lealtad al Dios verdadero, “que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de agua”. De esto se desprende que el mensaje que manda a los hombres adorar a Dios y guardar sus mandamientos los ha de invitar especialmente a observar el cuarto mandamiento” (Elena G. de White, El conflicto de los siglos, p. 491).

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Juveniles, Menores

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