Martes 16 de septiembre
LA RESURRECCIÓN Y EL JUICIO
Lo que hemos estudiado hasta ahora podría llevarnos a pensar que la resurrección será solamente para unos pocos. Pero, Jesús afirmó que llegaría el tiempo en el que “todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y […] saldrán a resurrección” (Juan 5:28, 29; énfasis añadido). Creyentes y no creyentes, justos y pecadores, salvos y perdidos, todos serán resucitados. Tal como lo declaró Pablo: “ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos” (Hech. 24:15).
Si bien todos, finalmente, seremos resucitados de entre los muertos, cada uno tendrá uno de dos destinos eternos. ¿Cuáles son estos? Juan 5:28, 29.
La universalidad de la resurrección no significa que en el día final todos serán llevados a una vida eterna, maravillosa y feliz. “Los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Dan. 12:2).
La Biblia enseña que Dios juzgará la vida de todo ser humano, decidiendo el destino eterno de cada persona que alguna vez vivió (Ecl. 12:14; Rom. 2:1-11). La ejecución de la sentencia divina, no obstante, no ocurre de inmediato luego de la muerte de cada individuo, sino solamente después de su resurrección. Hasta entonces, tanto los salvos como los perdidos descansan inconscientes en el polvo de la tierra. La resurrección, en sí misma, no es ni una recompensa ni un castigo. Es la precondición para recibir la vida eterna o la condenación eterna.
Al referirse a las dos resurrecciones, Jesús indicó que nuestro destino será decidido sobre la base de la calidad moral de nuestros actos (buenos o malos). Este hecho, sin embargo, no significa que son las obras las que nos salvan. Al contrario, Jesús enseñó claramente que nuestra salvación depende exclusivamente de nuestra fe en él como nuestro Salvador (Juan 3:16). ¿Por qué, entonces, son tomadas en consideración las obras? Porque estas muestran si nuestra fe en Cristo y nuestra entrega a él son genuinas o no (Sant. 2:18). Nuestras obras demuestran si aún estamos “muertos en” nuestros “delitos y pecados” (Efe. 2:1) o “muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom. 6:11).
Medita en el destino final que nos espera a cada uno. Si hay alguna cosa interponiéndose entre la vida eterna y tú, ¿por qué no eliges, ahora mismo, deshacerte de eso? Después de todo, ¿puede haber algo más valioso que la vida eterna?
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