Elíseo mandó a buscar a la buena mujer. -Para esta misma época, el próximo año, tendrás un hijo en tus brazos -le dijo con una sonrisa. Y al año siguiente, la mujer y su esposo tenían un hijo varón. El niño creció y creció. Pero, un caluroso día de verano salió al campo, donde su padre es­taba trabajando y de pronto, exclamó: -¡Me duele la cabeza! ¡Me duele la cabeza! El papá llamó a uno de sus siervos. -Mi hijo está enfermo. Rápido, llévaselo a su madre. El siervo llevó al niño a la casa. La mamá lo sostuvo en sus brazos y trató de ponerlo có­modo. Pero el niño murió. El corazón de la mamá estaba muy triste. Subió a la planta alta y colocó al ryño en la cama de Elíseo. Luego, corrió a buscar a Elíseo. Elíseo volvió con la mujer a la casa. Subió a su habitación y cerró la puerta. Elíseo oró y oró. Y Dios contestó su oración. ¡Dios puso nuevamente vida en el niño! El niñito estornudó siete veces. Luego, abrió los ojos. Eliseo abrió la puerta del dormitorio. -Ve a buscar a la madre -le dijo a Giezi. La mamá del niño vino corriendo. Vio a su hijo sentado. Lo levantó. Lo abrazó, lo besó y lo abrazó nuevamente. Le agradeció a Dios por bendecirla tanto. La mujer sunamita había sido una ben­dición para Eliseo. Pero el Señor la bendijo a ella aún más; ile dio dos veces el mismo hijo!

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Infantes, Menores

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