Misionero 2 País escondido

19 de abril

 CAMBIO DE CORAZÓN

En mi país, es muy peligroso ser cristiano. Por esa razón, para evitar los peligros, en mi escuela muy poquita gente sabe que yo creo en Jesús.

Algunos niños de mi clase tienen la costumbre de robar a sus propios compañeros e incluso a los maestros. Su lenguaje es vulgar y dicen muchas malas palabras. Mis padres, preocupados por que los malos hábitos de estos muchachos, que solían ser mis amigos, tuvieran una mala influencia sobre mí, me pidieron que dejara de ser amigo de ellos. Todos los días yo veía a mi madre orando por mí, pidiéndole a Dios que me protegiera de las malas influencias de aquellos muchachos, pero yo seguía teniéndolos como amigos. Sin embargo, en casa continuaba participando en la adoración con mi madre y mi hermana.

Mi padre bebía y fumaba, y no participaba de la adoración ni nos acompañaba a la iglesia. A veces, cuando nos veía orando por él, nos tomaba por el cabello y nos obligaba a mirar hacia arriba en medio de la oración. Cuando nosotros no estábamos orando y él no estaba borracho, papá se comportaba maravillosamente. Nos llevaba a pasear y estaba con nosotros. Pero, cuando orábamos o íbamos a la iglesia, se burlaba de todos nosotros.

ENCERRADOS

A veces, cuando se emborrachaba, mi papá evitaba que fuéramos a la iglesia trancando con llave la puerta de la casa. Él se iba y nos dejaba a nosotros dentro, encerrados.

Como cerraba desde afuera, nos era imposible salir, así que nos quedábamos orando y llorando. Pero estudiábamos con mamá la Escuela Sabática en casa. Cantábamos, estudiábamos la lección y repetíamos los versículos para memorizar. Después, en vez de predicar un sermón, mamá leía un texto bíblico y nos lo explicaba.

Cuando papá regresaba a la seis de la tarde, nos dejaba salir, pero para entonces ya había terminando el sábado, así que tras una oración para despedirlo, cenábamos con papá. A veces, cuando papá no cerraba con llave la puerta desde afuera, nosotros podíamos abrir y nos íbamos corriendo a la iglesia. Otros sábados, papá cerraba con llave por dentro y se quedaba en casa para asegurarse de que no fuéramos a ninguna parte. Pero, cuando estaba sobrio, nos dejaba ir a la iglesia.

CAMBIOS

El año pasado murió mi abuela, la madre de mi papá.

Mi papá y mi abuela siempre habían estado muy unidos, y después de que ella murió él comenzó a cambiar. Mamá animaba muchas veces a papá a orar, y le aseguraba que Dios lo ayudaría a superar la muerte de su mamá. Papá comenzó, entonces, a leer la Biblia. Dejó de burlarse de nosotros y de tirarnos del cabello cuando hacíamos el culto. En vez de eso, se sentaba con todos nosotros en la habitación mientras adorábamos a Dios. Aunque no participaba, escuchaba nuestras oraciones.

Luego, nos fuimos dando cuenta de que poco a poco él iba dejando de beber.

Mi papá había prometido que dejaría la bebida, y cumplió su palabra. Aún sigue fumando, pero seguimos orando por él, y la verdad es que fuma mucho menos de lo que fumaba antes.

Mi padre nunca ha ido con nosotros a la iglesia, pero cuando oramos en la casa entra en la habitación y se sienta en silencio. Hemos podido verlo transformarse poco a poco en el hombre que Dios quiere que sea. Ahora que no toma, es un hombre más feliz. Nos encanta compartir tiempo con él y ser sus hijos.

Mi papá también habló conmigo sobre las malas influencias que yo tenía en la escuela. Me aconsejó que no me juntara con esas amistades. Entonces, un día aprendí por las malas que mis padres tenían razón. Me peleé con ellos y dejamos de ser amigos. Es interesante ver cómo Dios está trabajando no solo en la vida de mi padre, sino también en la mía.

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