Escuela Sabática | 22 de noviembre 2018 | La muerte y la resurrección | Pr. Daniel Herrera

Jueves 22 de noviembre
LA MUERTE Y LA RESURRECCIÓN
En la Creación, “Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7). Este relato de la creación de la humanidad revela que la vida procede de Dios. La inmortalidad ¿es un aspecto intrínseco de esta vida? La Biblia nos dice que solo Dios es inmortal (1 Tim. 6:16); los seres humanos no reciben la inmortalidad al nacer. A diferencia de Dios, ellos son mortales. La Biblia compara nuestra vida con una “neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Sant. 4:14), y al morir nuestra vida deja de existir, en un estado que es comparado con el del sueño, en el que no hay conciencia (ver Ecl. 9:5, 6, 10; Sal. 146:4; Sal. 115:17; Juan 11:11-15). Aunque la gente nace mortal y está sujeta a la muerte, la Biblia habla de Jesucristo como la fuente de la inmortalidad, y nos dice que él ofrece la promesa de la inmortalidad y la vida eterna a todo el que cree en su salvación. “La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23). Jesús “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Tim. 1:10). “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). De modo que hay esperanza de vida después de la muerte.
Lee 1 Corintios 15:51 al 54; y 1 Tesalonicenses 4:13 al 18. ¿Qué nos enseñan estos pasajes sobre la vida después de la muerte y cuándo se les otorgará la inmortalidad a los seres humanos?
El apóstol Pablo aclara que Dios les otorga la inmortalidad a las personas, no en el momento de la muerte, sino en la resurrección, cuando suene la última trompeta. Mientras los creyentes reciben la promesa de la vida eterna en el momento en que aceptan a Jesús como su Salvador, la inmortalidad se otorga solo en la resurrección. El Nuevo Testamento no conoce de almas que van al cielo inmediatamente después de la muerte; esta enseñanza tiene sus raíces en el paganismo, especialmente en la filosofía de los antiguos griegos, y no se encuentra ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo Testamento.
¿De qué manera nuestra comprensión de la muerte nos ayuda a apreciar aún más la promesa de la Segunda Venida? ¿De qué modo esta creencia nos une poderosamente como adventistas del séptimo día?
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