Miércoles 7 de mayo
LA LEY IMPOTENTE
Como vimos, aunque en un sentido la Ley “da poder” al pecado, en otro sentido real, la Ley es terriblemente impotente. El mismo objeto ¿puede a la vez ser poderoso e impotente?
Otra vez, la diferencia reside no en la Ley sino en la persona. Para el que descubre que es un pecador, la Ley lo fuerza a reconocer que está en contra de la voluntad de Dios y, en consecuencia, en camino a la muerte. Al descubrir su pecaminosidad, el pecador puede decidir seguir la Ley a la letra. Sin embargo, el hecho de que ya ha pecado lo hace un candidato para la muerte.
Lee Hechos 13:38 y 39; Romanos 8:3; y Gálatas 3:21. ¿Qué nos dicen estos textos acerca de la Ley y la salvación?
Algunas personas creen que una estricta adhesión a la Ley les otorgará la salvación, pero esta no es una enseñanza bíblica. La ley define el pecado (Rom. 7:7), no lo perdona (Gál. 2:24). Pablo destaca que la misma Ley que da poder al pecado también es “débil” (Rom. 8:3). Es capaz de convencer al pecador de sus pecados, pero no puede hacer justo al pecador. Un espejo puede mostrarnos nuestras fallas; pero no puede arreglarlas. Como escribió Elena de White: “La Ley no puede salvar a los que ella condena; no puede rescatar al que perece” (ST, 10 de noviembre de 1890).
Cuando consideramos plenamente el propósito de la Ley, es más fácil de entender por qué Jesús llegó a ser el sacrificio expiatorio para la raza humana. La muerte de Jesús puso a los que antes habían sido seres humanos pecadores en una relación correcta con Dios y con su Ley “santa y justa y buena” (Rom. 7:12). Además, su muerte nos mostró la futilidad de la salvación por guardar la Ley. Después de todo, si la obediencia a la Ley pudiera salvarnos, Jesús no habría tenido que morir en nuestro lugar. El hecho de que él murió revela que la obediencia a la Ley no puede salvarnos. Necesitamos algo mucho más drástico.
Aunque se nos ha prometido poder para cumplir la Ley de Dios, ¿por qué esta obediencia no es suficiente para asegurar nuestra salvación? En un sentido, la respuesta no debería ser muy difícil. Mírate a ti mismo y tu observancia de la Ley. Si tu salvación dependiera de tu obediencia, ¿cuánta esperanza tendrías?

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