Diálogo Bíblico | Jueves 23 de noviembre 2017 | Salvos de la muerte | Escuela Sabática

Jueves 23 de noviembre
SALVOS DE LA MUERTE
Lee Romanos 7:21 al 23. ¿Has tenido esta misma lucha en tu propia vida, incluso como cristiano?
En este pasaje, Pablo compara la ley de sus miembros (su cuerpo) con la ley del pecado. “Con la carne”, dice Pablo, servía a “la ley del pecado” (Rom. 7:25). Pero servir al pecado y obedecer su ley implica la muerte (ver Rom. 7:10, 11, 13). Por lo tanto, su cuerpo (cuando funcionaba en obediencia al pecado) se lo podría describir apropiadamente como “este cuerpo de muerte”.
La ley de la mente es la Ley de Dios, la revelación que Dios hace de su voluntad. Bajo la convicción del Espíritu Santo, Pablo aceptó esta ley. Su mente decidió guardarla, pero cuando lo intentó no pudo porque su cuerpo quería pecar. ¿Quién no ha sentido esa misma lucha? En tu mente sabes lo que quieres hacer, pero tu cuerpo clama por algo más.
¿De qué modo podemos ser rescatados de esta difícil situación en la que nos encontramos? Rom. 7:24, 25.
Algunos se han preguntado por qué, después de alcanzar el apogeo glorioso en la expresión: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”, Pablo debe referirse una vez más a las luchas del alma de las que al parecer ha sido liberado. Algunos interpretan que la expresión de acción de gracias es una exclamación entre paréntesis. Creen que esa exclamación viene naturalmente después del grito: “¿Quién me librará?” Sostienen que antes de proceder con un amplio análisis de la gloriosa liberación (Rom. 8), Pablo resume lo que ha dicho en los versículos anteriores y reconoce una vez más el conflicto contra las fuerzas del pecado.
Otros sugieren que, con “yo mismo”, Pablo quiere decir: “por mi cuenta, dejando a Cristo fuera de escena”. Cualquiera que sea la interpretación de Romanos 7:24 y 25, hay algo que debe quedar en claro: por nosotros mismos, sin Cristo, somos indefensos contra el pecado. Con Cristo, tenemos vida nueva en él, en la que (si bien el ego aparecerá constantemente) las promesas de victoria son nuestras si decidimos reclamarlas. Así como nadie puede respirar, toser ni estornudar por ti, nadie puede decidir entregarse a Cristo por ti. Solo tú puedes tomar esa decisión. No hay otra manera de obtener para ti las victorias que se nos han prometido en Jesús.

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