Complementario | Lección 3 | El pueblo de Dios en las ciudades | Escuela Sabática

El pueblo de Dios en las ciudades

Esmirna

Esmirna estaba ubicada en una importante encrucijada de rutas comerciales, y tenía el puerto más cómodo y seguro de Asia. Naturalmente, esto hacía que Esmirna fuera un centro político, religioso y cultural. Ostentando un estadio y una biblioteca famosos, y el teatro público más grande de la provincia, se ganó el título de “la gloria de Asia”.

La ciudad también era un centro de adoración al emperador. Como un acto de lealtad, se requería que todos los ciudadanos fueran al templo una vez al año para quemar incienso ante la estatua del emperador y proclamar: “¡César es Señor!” Los que lo hacían recibían un certificado que les permitía conseguir un trabajo o comerciar; lo que no lo hacían enfrentaban la persecución o la muerte.

Jesús se presenta a la iglesia de Esmirna como “el primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió” (Apoc. 2:8). Estas características de Jesús corresponden adecuadamente a su situación. Él comprende su posición porque él también fue perseguido hasta el punto de la muerte. Ellos están en pobreza extrema; tal vez muchos no tienen trabajo o son desterrados; algunos sufrieron prisión o aun la muerte: todo por Cristo. Los judíos que se estaban distanciando de los cristianos y los ridiculizaban son llamados por Jesús como la “sinagoga de Satanás” (vers. 9).

Los cristianos de Esmirna comprensiblemente vivían en constante temor; lamentablemente, como Jesús lo advirtió, diez días de persecución estaban por delante. Pero Jesús los instó a permanecer fieles, hasta la muerte, y ellos recibirían la “corona de la vida” (vers. 10). La guirnalda que daban a los ganadores en los antiguos Juegos Olímpicos difícilmente duraría para siempre, pero la corona de Jesús promete a los fieles de Esmirna es la vida eterna, que será dada en la segunda venida de Cristo (2 Tim. 4:8).

Los vencedores de Esmirna reciben la promesa de que no serán dañados por la muerte segunda (ver Apoc. 2:11). La muerte física es un sueño temporario y no es una tragedia, por causa de la esperanza de la resurrección. Hay que temer la segunda muerte, la muerte eterna, de la cual no hay resurrección.

La experiencia de la iglesia de Esmirna coincide con la persecución severa de los cristianos en todo el Imperio Romano durante los siglos segundo y tercero. Los “diez días” (vers. 10) mencionados en el mensaje pueden aplicarse proféticamente a la notoria persecución imperial iniciada por el emperador Diocleciano y continuada por su sucesor Galerio (303-313 d.C.). De este modo, la iglesia de Esmirna podía representar el período de la historia eclesiástica desde el comienzo del siglo segundo hasta aproximadamente el año 313 d.C., cuando Constantino el Grande proclamó el famoso edicto de Milán que otorgó libertad religiosa a los cristianos.

Pérgamo

Durante más de dos siglos y medio, Pérgamo sirvió como la capital política, intelectual y religiosa de Asia, y fue una de las ciudades élite del mundo helenístico. Ostentaba una biblioteca que rivalizaba con la de Alejandría, con cerca de doscientos mil tomos. De todos los templos magníficos a Atenea, Dionisio y Esculapio, el enorme altar de Zeus, del cual se elevaba humo continuamente, era el más importante. Del inmenso asclepeion, justo fuera de la ciudad, salían historias de curaciones milagrosas por “el Salvador” Esculapio, el dios griego de la curación. Esta saturación de paganismo hacía realmente que Pérgamo fuera el lugar donde “habita Satanás” (vers. 13).

Jesús viene como “el que tiene la espada aguda de dos filos” (vers. 12). El gobernador romano tenía ius gladii (el derecho de la espada), el poder de la ejecución, un poder que se usó con frecuencia contra los cristianos. Pero el poder sobre la vida y la muerte pertenecen solo a Jesús (cf. Apoc. 1:17,18).

Jesús sabía que los cristianos de Pérgamo vivían en el mismo corazón de las actividades de Satanás. Ellos habían sido excluidos por rehusarse a aceptar la adoración al emperador y a honrar a los dioses paganos. Algunos, como Antipas, habían pagado con su vida. No obstante, la mayoría se había mantenido sin vacilar, fiel, frente a esta persecución.

Jesús sigue separando a los que estaban comprometiendo su cristianismo: los nicolaítas y los que “retienen la doctrina de Balaam” (Apoc. 2:14,15). Como Balaam, que sedujo a los israelitas para que cedieran en mantener relaciones ilícitas con mujeres moabitas y para que practicaran la idolatría (Núm. 31:16), estas personas estimulaban a sus compañeros cristianos a ceder en la adoración al emperador y otras actividades sociorreligiosas paganas (Apoc. 2:14), a diferencia de la iglesia de Efeso, que resistió firmemente a los nicolaítas.

Jesús los anima a negarse a hacer concesiones con el paganismo, y advierte que, si no se arrepienten, él vendrá contra ellos con la espada de dos filos del juicio que tiene en su boca (vers. 12,16). Así como Balaam fue muerto con la espada (Jos. 13:22), así serán juzgados los nicolaítas. La única manera de evitar este destino es arrepentirse y hacer un cambio completo en su relación con Cristo.

Además del maná escondido, que es “el pan de ángeles” (Sal. 78:25), Cristo promete a los vencedores que él reemplazará los certificados de trabajo emitido por los romanos, que les fueran negados por su rechazo a participar en la adoración al emperador, con piedras blancas grabadas con nombres nuevos. Estas piedras les otorgarán privilegios mucho más allá de cualquier placer pagano.

Después de que la iglesia finalmente ganó su lucha con el paganismo en el año 313 d.C., lo que siguió a la conversión de Constantino el Grande, los cristianos ya no temieron más persecuciones o presiones externas. No obstante, las concesiones todavía infestaron a la iglesia cuando filosofías y costumbres paganas penetraron en ella, y reemplazaron gradualmente la Biblia como la fuente de enseñanzas y creencias. Aunque muchos permanecieron firmemente fieles, los siglos cuarto y quinto presenciaron la declinación espiritual y la apostasía mientras la iglesia luchaba con la tentación de las concesiones.

Tiatira

Tiatira, el hogar de asociaciones locales de profesiones u oficios en lugar de templos regionales o centros administrativos, era la menos importante de las siete ciudades a las que se dirige Apocalipsis. Estas asociaciones o gremios controlaban los numerosos oficios en la ciudad, y una persona no podía realizar transacciones sin ser miembro de ellas. Cada gremio, sin embargo, tenía un patrono, un dios acompañado de festivales, a menudo con actividades inmorales tales como el uso de prostitutas sagradas. Rehusar la participación resultaba en consecuencias terribles, sanciones severas, o expulsión del gremio. Estas penalidades eran un desafío significativo para los cristianos que vivían en el siglo primero.

Jesús viene a Tiatira como el Hijo de Dios. Sus ojos llameantes significan su capacidad de ver lo que está en las partes más íntimas de los humanos (Apoc. 2:23), escudriñar la mente y el corazón (el asiento de la inteligencia), una capacidad que solo pertenece a Dios (Jer. 17:10). Los pies de bronce bruñido de Jesús enfatizan su actitud inflexible contra las influencias seductoras en la iglesia.

Jesús describe a la iglesia de Tiatira como amante, fiel, orientada hacia el servicio y perseverante. En contraste con Efeso, sus obras posteriores de amor son mayores que las primeras. En el Nuevo Testamento, el amor y la fe van juntos (Gál. 5:6; Efe. 1:15; 1 Tes. 3:6); además, el servicio es un resultado del amor y la perseverancia es un producto de la fe (Col. 1:23; 2 Tes. 1:3,4).

No obstante, Tiatira ha tolerado a una mujer influyente, a quien Jesús le da el apodo de Jezabel. En el Antiguo Testamento, Jezabel fue la notoria reina, esposa de Acab, que condujo a Israel a la apostasía (1 Rey. 16:31-33). En forma similar a los nicolaítas, esta “Jezabel” pretendía ser una profetisa de Dios y afirmaba que estaba bien que los cristianos aceptaran los requerimientos de los gremios (Apoc. 2:20), y “cosas sacrificadas a los ídolos y a cometer fornicación” (vers. 14, 15). Su influencia condujo a muchos a hacer concesiones con el paganismo.

La prostitución espiritual de Jezabel presagia la ramera de la gran Babilonia, la que en el tiempo del fin seducirá a los líderes del mundo para que sirvan a Satanás (Apoc. 17:1-7). Siendo que las actividades de una prostituta ocurren en una cama, la cama es donde Jezabel y sus consortes -aquellos que toleran sus enseñanzas- serán juzgados. Si no se arrepienten, Jesús los arrojará junto con sus descendientes a aflicciones; así se enfatiza la seriedad de sus acciones.

Al remanente que no experimentó con el arcano conocimiento de Jezabel, Jesús promete no añadirles a sus cargas, y sencillamente los exhorta a mantener firme lo que tienen. Además, promete a los fieles una parte en su victoria y autoridad sobre las naciones (Apoc. 2:26, 27). También les da la estrella de la mañana, que es un símbolo de Jesús (Apoc. 22:16). Todo esto significa que, en última instancia, Jesús se dará a sí mismo a ellos, el mayor don de todos.

Durante la Edad Media, la iglesia afrontó peligros no de afuera sino de adentro. Los que pretendían autoridad divina pusieron las tradiciones por encima de la Biblia. Un sacerdocio humano y reliquias sagradas reemplazaron el sacerdocio de Cristo, y las obras llegaron a ser el medio de salvación. Aquellos que defendían una fe bíblica enfrentaron persecuciones severas y la muerte.

Sardis

Sardis tuvo una historia espléndida. Seis siglos antes, había sido unas de las ciudades más grandes del mundo, como capital del opulento reino de Lidia. Era conocida como un centro del comercio de lana, industrias del teñido y confección de vestimentas, lo que proveía a sus ciudadanos un estilo de vida lujoso. Ubicada en un monte especialmente empinado, con una sola ruta de acceso, la ciudad era una fortaleza natural. Comprensiblemente, los ciudadanos se sentían muy confiados, demasiado, y descuidaban negligentemente la vigilancia de las murallas de la ciudad, si es que lo hacían. No obstante, la ciudad fue capturada por sorpresa en dos ocasiones: primero, por Ciro el Grande, de Persia (547 a.C.); y más tarde, por Antíoco III (214/213 a.C.). En ambas ocasiones, los soldados enemigos treparon el acantilado de noche y encontraron los muros sin guardias, por lo que tomaron rápidamente la ciudad arrogante y sin defensas.

El tono de Jesús es alarmante y agudo desde el principio, y solo da reprensiones. No es por ningún pecado específico sino por la complacencia y el letargo espirituales. A pesar de la reputación de la iglesia de estar viva, él la encuentra muerta espiritualmente, lo que refleja una ciudad que existe sobre la base de su reputación pasada. Las obras de Sardis no alcanzan el nivel esperado; les falta el poder transformador del evangelio (Apoc. 3:2). Sus concesiones con el ambiente pagano habían sido eficaces en matar su espiritualidad y su testimonio.

Jesús anima a la iglesia a ser vigilante y recordar cómo había oído y recibido el evangelio al principio (vers. 2,3). La única manera de volver a encender su devoción a Dios era mantener frescas en su mente sus experiencias pasadas y aplicarlas al presente. El arrepentimiento resultante los arrancaría de su letargo y, por el Espíritu de Dios, daría energía de nuevo a su amor y devoción.

Pero, si no se arrepentían, Jesús vendría inesperadamente contra ellos con juicios, como un ladrón en la noche. Si la iglesia no vigilaba, su destino sería un espejo de la historia de la ciudad; dos veces inesperadamente conquistada por falta de vigilancia. En forma similar, Cristo los visitaría con juicios si dejaban de vigilar; sería demasiado tarde para arrepentirse (vers. 3b).

No obstante, no todos habían muerto espiritualmente. Algunos mantuvieron sus ropas limpias de paganismo (vers. 2, 4). Jesús promete que son dignos de caminar con él en ropas blancas, que simbolizan su fidelidad a él; el cumplimiento de la promesa se describe en Apocalipsis 7:9 al 17. A los vencedores, Jesús les dará ropas blancas y una promesa: no borrar sus nombres del libro de la vida, y así confesar sus nombres ante el Padre y sus ángeles.

Este período de la historia tiene que ver con el escolasticismo protestante, que siguió al remozamiento producido por la Reforma, y que arrojó a la iglesia a un formalismo sin vida. Progresivamente, la gente se enfocó en polémicas y controversias doctrinales hasta llegar a un estado de letargo espiritual. Hacia el final, la creciente marea del racionalismo filosófico y del secularismo sobrepasó la gracia salvadora del evangelio, y dio lugar al racionalismo y la argumentación teológica. A pesar de la apariencia de vitalidad, la iglesia estaba realmente muerta.

Filadelfia

Filadelfia era una ciudad próspera que estaba sobre la ruta comercial imperial, que conectaba todos los lugares del este con todos los lugares del oeste. Desde su origen, Filadelfia tenía el propósito de servir como una ciudad misionera para promover la lengua y la cultura griegas en las regiones de Lidia y Frigia. Su ubicación geográfica, sin embargo, la sometió a terremotos ocasionales. El más severo ocurrió en el año 17 d.C., que devastó Filadelfia, Sardis, y otras ciudades de los alrededores.

La presentación de Jesús a Filadelfia es rica en alusiones al Antiguo Testamento. “El Santo” es una descripción de Dios (Apoc. 3:7; cf. Isa. 43:15; 54:5; Hab. 3:3), así como una designación de Jesús en el Nuevo Testamento (Mar. 1:24; Juan 6:69). Su posesión de la llave de David es una alusión a Isaías 22:22. Jesús es el que tiene plena autoridad y acceso a los almacenes del cielo, lo que explica por qué puede hacer grandes promesas a su iglesia.

En contraste con Sardis, Filadelfia no recibió ninguna reprensión. Guardaron la palabra de Jesús y no lo negaron (Apoc. 3:8b). Como los de Esmirna, también sufrieron la oposición de los judíos, pero Jesús le asegura a esta iglesia que ya se está ocupando de sus adversarios. Viene el día cuando aquellos que los perjudican serán forzados a admitir que Dios está con ellos.

Pero esta iglesia no está espiritualmente fuerte. Como Sardis, sufre la influencia de su ambiente pagano, lo que impacta significativamente en su vida espiritual y su testimonio. A pesar de su debilidad, Cristo promete poner delante de ellos una puerta abierta de oportunidades. Cuando él abre esa puerta, ni siquiera todo el poder del enemigo es capaz de cerrarla.

Jesús también promete preservar a los feligreses de Filadelfia durante el tiempo de severas pruebas que ha de caer sobre los impíos, que viene sobre “los que habitan la tierra” (Apoc. 3:10). A pesar de que se acercan tiempos difíciles, Jesús promete proteger a su pueblo fiel durante este tiempo de pruebas. Todo lo que él pide es que perseveren con esa pequeña chispa de fidelidad que tienen. Si lo hacen, ni Satanás ni los humanos podrán tomar la corona de victoria reservada para ellos.

A los vencedores se les promete ser columnas permanentes -símbolos de la iglesia del Nuevo Testamento (1 Tim. 3:15)- en el templo en la Nueva Jerusalén, con los nombres de Dios, de la Nueva Jerusalén y de Cristo escritos sobre ellos. A los fieles se les promete que siempre estarán en la presencia de Dios y lo servirán en su Templo (Apoc. 7:15).

La situación de la iglesia de Filadelfia se compara con la situación del cristianismo durante los siglos XVIII y XIX, que es un período caracterizado por un gran reavivamiento en el protestantismo. Diversos movimientos revitalizaron la fe genuina en la gracia salvífica de Cristo, lo que resultó en una restauración del espíritu del compañerismo cristiano y del sacrificio propio. La iglesia, durante este período, fue impulsada por un deseo genuino de llevar el evangelio a todo el mundo. Durante este tiempo, hubo una proclamación más amplia del evangelio que nunca.

Laodicea

Debido a su ubicación favorable sobre la ruta comercial principal entre Efeso y Siria, Laodicea era uno de los grandes centros comerciales del mundo antiguo. Su riqueza provenía mayormente de la lujosa lana negra que se usaba para la fabricación de vestimentas y su posición como un gran centro bancario, que almacenaba grandes cantidades de oro.

Laodicea también ostentaba una escuela de medicina que producía un ungüento para los ojos hecho con un polvo de Frigia mezclado con aceite. La ciudad era tan rica que rechazó la ayuda imperial después de un terremoto devastador en el año 60 d.C., comentando que no era necesaria. De hecho, lo único negativo era la falta de agua, que debía ser traída a la ciudad por medio de un acueducto de casi diez kilómetros (seis millas). Alimentada tanto por un manantial termal como por fresca agua de las montañas, la ciudad ganó la reputación de tener agua tibia.

Laodicea estaba en tan malas condiciones que Jesús no tuvo nada positivo que decir de ella. A pesar de la ausencia de acusaciones específicas de pecados, apostasía o herejías, ninguna otra iglesia recibió una reprensión tan severa de Jesús. Compara el suministro de agua con los feligreses, ni refrescantes ni calientes, sino tibios, y como tales él está a punto de vomitarlos de su boca (Apoc. 3:16).

La iglesia refleja la complacencia de una ciudad segura de sí misma. Al creer que su riqueza era una señal del favor divino, no siente necesidad. Tristemente, su riqueza material no se traslada a la riqueza espiritual. En realidad, experimenta el efecto exactamente opuesto. En este caso, la palabra griega para “pobre” (ptójos) significa pobreza extrema. Además, su falta de percepción espiritual propia los ha dejado espiritualmente ciegos. ¡Qué irónico para una ciudad conocida por su tratamiento ocular!

Jesús aconseja a la iglesia que compre de él tres cosas. La primera es oro refinado en fuego, que haría que los laodicenses fueran verdaderamente ricos, un símbolo de una fe probada (1 Ped. 1:7). Segundo, Jesús ofrece vestiduras blancas para cubrir su desnudez, un símbolo de la salvación (Apoc. 3:4-6; 7:9,13,14; Isa. 61:10), y una relación correcta con Dios (Apoc. 3:4). Finalmente, él ofrece colirio para sanar sus ojos, a fin de que puedan ver con exactitud su condición y el valor de la herencia que Cristo pone a su disposición (cf Efe. 1:17, 18). Que estos elementos no están disponibles gratuitamente indica que los laodicenses deben dar algo a cambio de lo que necesitan. Lo que deben entregar es su orgullo, su complacencia y su autosuficiencia a fin de recibir las riquezas de Cristo.

Jesús no los ha abandonado, y está haciendo todo lo posible para que se den cuenta de su situación y rompan las cadenas de la autosuficiencia. El único remedio es el arrepentimiento verdadero y un nuevo comienzo con Cristo. Jesús concluye su apelación con una notable imagen de él parado a la puerta, y llamando (Apoc. 3:20; cf. Cantares 5:2-6). De repente, Jesús se está dirigiendo a los individuos dentro de la iglesia. Aquellos que le abren la puerta gozarán de una cena íntima y amante con Cristo, lo que indica una relación profunda y personal.

Típicamente, el número de las promesas está en proporción a la declinación de la condición espiritual de la iglesia. Pero Laodicea recibe solo una promesa: compartir el Trono de Jesús. Pero esta promesa, cumplida cuando Cristo regrese a la Tierra (Apoc. 20:4-6), incluye a todas las demás promesas dadas. Sentarse con Jesús en su Trono es tener todas las cosas.

Nuestra propia condición es un eco de la autosuficiencia y la actitud tibia de Laodicea. Luchamos con la autenticidad y hacer más que sencillamente los movimientos exteriores. Los tiempos nos urgen, y enfrentamos levantamientos políticos, religiosos y seculares no experimentados por las generaciones previas. La advertencia de Cristo a Laodicea es un mensaje directo para nosotros y tiene implicaciones de largo alcance para todos los que viven al final de la historia de la Tierra.

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