Capítulo 3 | Libro Complementario | Amenazas a la unidad del evangelio (Gál. 2:1-14)

AMENAZAS A LA UNIDAD DEL EVANGELIO
(GÁL. 2:1-14)

“Los falsos hermanos […] a escondidas […] entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud” (Gál. 2:4).
“Cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar” (Gál. 2:11).
Gálatas 1 introdujo la idea de que había quienes estaban procurado pervertir el evangelio. El capítulo 2 comienza encarando el problema con mayor intención, mientras sigue la validación de Pablo de su apostolado y su mensaje. El capítulo demuestra que el evangelio es fundacional para la unidad. Los primeros 14 versículos destacan dos amenazas a la unidad del evangelio.

LA AMENAZA DE JERUSALÉN (GÁL 2:1-10)
La primera amenaza se encuentra entre algunos de los “falsos hermanos” de Jerusalén, que habían procurado pervertir el evangelio.
Con respecto al evangelio, John Stott escribe que Pablo “ha mostrado en el capítulo 1 que su evangelio provino de Dios, y no del hombre. Ahora, muestra en la primera parte del capítulo 2 que su evangelio era precisamente el mismo que el de los otros apóstoles; no era diferente. Para probar que su evangelio era independiente de los otros apóstoles, enfatizó que él hizo solo una visita a Jerusalén en catorce años, y que esta duró solo quince días. Para probar que su evangelio era, sin embargo, idéntico al de ellos, ahora enfatiza que cuando hizo una visita apropiada a Jerusalén su.evangelio fue endosado y aprobado por ellos”.1
Gálatas 2:1 al 10 se divide bastante naturalmente en tres secciones. La primera consta de los versículos 1 y 2, que dan la razón del viaje de Pablo a Jerusalén. Debemos notar varias cosas acerca de estos versículos.
Primera, él nos dice que fue “en obediencia a una revelación” (vers. 2, NVI). Ese pensamiento es especialmente importante para que él lo presente en su Carta a los Gálatas. Su punto es que los “verdaderos apóstoles” no lo llamaron a Jerusalén para poder averiguar sus conceptos; no. Fue una revelación de Dios la que lo impulsó hacia la capital judía.
Segunda, el propósito de la visita era presentar ante los líderes, en Jerusalén, el evangelio que ya había presentado a los gentiles, “para que todo mi esfuerzo no fuera en vano” (vers. 2, NVI). Es importante notar que Pablo no estaba inseguro de su evangelio, en el sentido de que necesitara de la aprobación humana. Más bien, él temía que la obra divisiva de los judaizantes pudiera tener un impacto destructivo en su obra. De este modo, era crucial que él venciera la influencia de ellos al demostrar que él y los apóstoles de Jerusalén estaban en armonía acerca de la naturaleza del evangelio.
Con todo esto, Pablo demuestra que no es un anarquista que rechaza el orden eclesiástico; que él no es alguien que tiene otra visión de la verdad y que avanza por su propia cuenta. Por lo contrario, el apóstol creía en el orden eclesiástico y en trabajar con los demás líderes, aun cuando hubiera diferencias serias entre ellos.
La tercera cosa que debemos observar en cuanto a los versículos 1 y 2 es que llevó consigo a Tito. Eso no fue por azar. Tito, siendo un griego incircunciso convertido al cristianismo, serviría como un caso de prueba en la lucha de Pablo contra aquellos, en Jerusalén, que enseñaban que “si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos” (Hech. 15:1).
Aquí, Pablo toca un tema delicado. Después de todo, los apóstoles, en Jerusalén, habían actuado en un contexto judío, en el cual todos los varones eran circuncidados y habían estado en armonía con las leyes judías desde su nacimiento. Los otros apóstoles mismos, sin duda, no veían tan claramente como Pablo lo que significaba predicar el cristianismo en un contexto gentil.
Como resultado, J. B. Lightfoot señala: “Pablo está ante el dilema del temor de decir demasiado y el temor de decir demasiado poco. Él debe mantener su propia independencia y, no obstante, no debe comprometer la posición de los Doce. ¿Cómo puede justificarse, sin parecer condenarlos? Hay necesidad de hablar claramente, y hay necesidad de ser reservado”.2 Una táctica que él usó en esa situación delicada fue hablar “en privado a los que tenían cierta reputación” (Gál. 2:2).
Antes de seguir adelante, debemos notar que la frase algo extraña: “los que tenían cierta reputación” aparece otra vez en los versículos 6 y 9, y no tenía el propósito de manchar la autoridad y la dignidad de los apóstoles de Jerusalén sino, más bien, una forma de suavizarlo para sus lectores gálatas, que habían estado escuchando a los judaizantes, que prácticamente deificaban a los apóstoles de Jerusalén, en desmedro de Pablo. Una vez más, Pablo afirma que su propio cargo apostólico está a la par de los dirigentes de Jerusalén.
Gálatas 2:3 al 5 constituye el segundo segmento del pasaje que va del versículo 1 al 10, y trata de las circunstancias relacionadas con la lucha por el intento de los “falsos maestros” (vers. 4) de que Tito fuera circuncidado. Pablo, finalmente, obtendrá la aprobación de los líderes de Jerusalén en ese punto, pero solo después de lo que debió haber sido una lucha agotadora. Como Pablo lo indica, “ni por un momento accedimos a someternos” (vers. 5). Pero aquí el verdadero problema no era la circuncisión; más bien, “que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros” (vers. 5). Ese era el problema más profundo. Como observa Stott, el “asunto de importancia fundamental” tenía que ver con “la verdad del evangelio, es decir, de la libertad cristiana frente a la esclavitud. El cristiano ha sido liberado de la Ley en el sentido de que su aceptación ante Dios depende enteramente de la gracia de Dios en la muerte de Jesucristo, recibida por fe. Introducir las obras de la Ley y hacer que nuestra aceptación dependa de nuestra obediencia a las reglas y los reglamentos era llevar a un hombre libre otra vez a la esclavitud. Tito era un caso probatorio de este principio. Es cierto que él era un gentil incircunciso, pero era un cristiano convertido. Habiendo creído en Jesús, había sido aceptado por Dios en Cristo, y eso, decía Pablo, era suficiente. Nada más era necesario para su salvación, como confirmó más tarde el concilio de Jerusalén (ver Hech. 15)”.3 Pablo quedaría más que gozoso con las consecuencias de la reunión de Jerusalén.
El tercer segmento de Gálatas 2:1 al 10 encuentra a las “columnas” de los apóstoles extendiendo a él y a Bernabé la mano derecha del compañerismo, y confiándoles la responsabilidad principal de la misión a los gentiles, mientras los dirigentes de Jerusalén se concentraban en la misión a los judíos (vers. 6-10). El solamente del versículo 10 es significativo, en el sentido de que indica que los líderes de Jerusalén no tenían problemas con el mensaje del evangelio de Pablo. Pero, al despedirse, querían que recordaran a los pobres de entre los creyentes judíos, tarea a la que Pablo dedicará mucho tiempo (ver, p. ej., Rom. 15:26; 2 Cor. 8:1-4; 9:1, 2). Para él, ese cuidado era un resultado natural de la Ley del amor (Gál. 5:14).
Y ¿qué puede aprender la iglesia del siglo XXI de la experiencia de Pablo en estos pasajes? Por un lado, necesitamos reconocer que la unidad de la iglesia internacional es importante. Pero, en segundo lugar, necesitamos comprender más claramente que tal unidad no tiene su base en una armonía absoluta en cada detalle, pero debe haber un acuerdo en el núcleo esencial del mensaje bíblico centrado en el evangelio, y su operación en la vida cristiana (como lo ilustrarán los últimos cuatro capítulos de Gálatas).
En ese segundo punto, Richard Longenecker escribe que “los cristianos hoy también necesitan comprender que puede haber diferencias entre los verdaderos creyentes, y que tales diferencias -especialmente cuando involucran comprensiones que difieren en cuanto a la logística redentora o diferencias de cultura- no necesitan separarnos. En realidad, donde existe un acuerdo básico en lo esencial del evangelio, Gálatas 2:1 al 10 pone delante de nosotros un prototipo de reconocimiento mutuo y preocupación de los unos por los otros, a pesar de nuestras diferencias. Nos enseña, de hecho, algo de cómo distinguir entre las cosas que realmente importan y las que son de menor importancia (las llamadas adiáforas), dónde estar firmes y dónde hacer concesiones, y aun cuándo desafiar a la gente y las presiones, y cuándo dar la mano y reciprocar con expresiones de mutua preocupación”.4 Pablo mismo tuvo que aprender algunas de esas lecciones. Por ejemplo, cuando los judaizantes procuraron “obligar” a Tito a circuncidarse, él lo resistió con fuerza. Por otra parte, más tarde Timoteo fue circuncidado “por causa de los judíos” (Hech. 16:1-3). ¿Por qué esa diferencia en sus reacciones, entre los casos de Tito y de Timoteo? Con Tito, Pablo estaba luchando por el reconocimiento de que los gentiles no necesitaban la circuncisión para ser cristianos justificados. El problema se había solucionado en Gálatas 2:1 al 10 y ratificado por el concilio de Hechos 15. Después de esos eventos, ninguno tenía más base para “forzar” a ninguno a circuncidarse para ser justificado. Se había ganado la batalla. Como lo dice Stott, “una vez que un principio vital del evangelio se ha establecido, Pablo estaba dispuesto a hacer concesiones reglamentarias” sobre una base voluntaria.5 Eso fue especialmente cierto con respecto a la misión. Pablo sabía dónde estaba el centro vital del evangelio, y estaba dispuesto a inclinarse en aquellos problemas que no amenazaban ese centro. También, se daba cuenta de la naturaleza de la misión de la iglesia; y él podía ser flexible en lo no esencial, a fin de cumplir la misión.
Muchas personas en la iglesia hoy necesitan aprender de Pablo la lección de la flexibilidad basada en principios. Demasiadas personas piensan que cada colina es una colina por la cual vale la pena morir. Y la iglesia demasiado a menudo está en ruinas, porque sus miembros no tienen la virtud de la discreción, que Pablo ejemplificó tan adecuadamente.

AMENAZAS EN ANTIOQUÍA (GÁL. 2:11-14)
En el versículo 11, la escena cambia de Jerusalén a Antioquía. Los versículos 9 y 10 habían concluido con la armonía establecida entre Pablo y Bernabé y las autoridades de Jerusalén. Estos últimos les habían extendido la mano del compañerismo, y parecía haber una buena comprensión mutua.
Pero las dificultades no habían terminado. Los siguientes versículos conducen a uno de los episodios más tensos del Nuevo Testamento, cuando los dos principales apóstoles se enfrentan en un conflicto abierto. Pablo escribe que tuvo que oponerse a Pedro “cara a cara” en público (vers. 11).
Esta vez, el problema surgió acerca de judíos que compartían una comida con gentiles, en vez de sobre la circuncisión. Pero, en el fondo, los dos problemas tenían la misma base: la creencia de algunos de los judíos más estrictos de que los gentiles primero tenían que llegar a ser judíos antes de que pudieran ser miembros plenos de la iglesia cristiana.
Las comidas compartidas habían sido comunes entre los cristianos desde el Pentecostés (Hech. 2:46), y funcionaban como una poderosa ilustración de la unidad de la iglesia de Dios en Cristo. Pero, en Antioquía sería una comida compartida entre judíos y gentiles.
La dificultad era que el pueblo judío, bajo el liderazgo de grupos tales como los fariseos, había llegado a verse como más y más exclusivos, de modo que un judío estricto no hacía negocios con los gentiles ni debía comer con ellos, etc. Aun tocar a un gentil, creían, los hacía ritualmente impuros.
Anteriormente, Pedro había sostenido esos conceptos separatistas. Pero Dios le había dado una revelación especial sobre ese preciso tema. En Jope, había recibido una visión en la que una sábana llena de criaturas inmundas bajaba del cielo. Luego oyó una voz, que decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Cuando él objetó, se le dijo: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común”. La visión se repitió tres veces, indicando énfasis. Poco después, Pedro acompañó a los siervos del centurión romano al hogar gentil y, por ende, desde la perspectiva judía rígida, un hogar inmundo. Al llegar, Pedro dijo: “Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo”. Después de predicar a aquellos gentiles que “todos los que en él [Jesús] creyeren recibirán perdón de pecados por su nombre”, los bautizó (Hech. 10:13, 15, 28, 43).
Por medio de esa visión, el discípulo obtuvo una victoria sobre sus conceptos discriminatorios. Pero, cuando volvió a Jerusalén, se encontró bajo el fuego de “los que eran de la circuncisión”, que “disputaban con él […] diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?” Él se defendió con éxito sobre la base de la visión, y del hecho de que el Espíritu Santo se derramó sobre los gentiles como lo había hecho con los judíos en Pentecostés (11:1-18). Eso dejó libre a Pedro temporariamente. Pero el poderoso grupo de la circuncisión no quedó convencido.
Sin embargo, Pedro se había convencido sobre ese tema. Eso aparece en Gálatas 2:12, en donde leemos que él “comía con los gentiles”. El tiempo imperfecto del verbo en griego indica que tales comidas habían sido una práctica regular. Él no había olvidado la lección de Hechos 10.
Pero la historia tomó un giro feo, cuando vinieron “algunos de parte de Jacobo”. En ese momento, Pedro se volvió a su antigua forma de ser, y se separaba de los gentiles (Gál. 2:12). ¿Por qué, debemos preguntar, un hombre de la estatura de Pedro como apóstol y profeta abandonó su nueva práctica? El factor más probable era el temor, su debilidad especial, como lo había demostrado la noche antes de la crucifixión.
Pero ¿de qué tendría temor? ¡De la gente!, los representantes del grupo poderoso de la circuncisión que lo había desafiado en Hechos 11. El hecho de que “viniesen […] de parte de Jacobo”, sin embargo, no significa que Jacobo estaba de acuerdo con ellos sino, más bien, que ellos pretendían tener su autoridad. Hechos 15:13 al 21, en el cual esencialmente se puso del lado de Pablo, pronto haría que la posición de Jacobo fuera clara.
La respuesta de Pedro precipita al resto de los cristianos judíos en Antioquía en la misma dirección. Todos se alejan de la mesa del compañerismo con sus hermanos gentiles en la fe. Pablo casi no podía creerlo, pero “aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos” (Gál. 2:13, énfasis añadido). El temor de tener que rendir cuentas por ir en contra de la tradición judía había intimidado totalmente a todos. Todos, es decir, con excepción de Pablo.
En un instante, él vio tres cosas claramente. Primera, como señala A. M. Hunter, si la iglesia seguía el ejemplo de Pedro, “el cristianismo judío y el cristianismo gentil seguirían sus caminos separados, y el ideal de una iglesia del Dios vivo, un cuerpo de Cristo, habría sido sofocado desde su nacimiento”.6
Una segunda cosa que Pablo reconoció era que la acción de Pedro amenazaba el evangelio de la justificación por la fe. En este caso, el discípulo no había negado el evangelio en sus enseñanzas, sino más bien por medio de sus actos. El núcleo del problema era el mismo que el caso de la circuncisión. O la justificación por la fe es suficiente para llegar a ser cristianos, o tenemos que volvernos judíos antes de poder ser miembros plenos del cuerpo de Cristo. De este modo, Pablo se dio cuenta de que la hipocresía de Pedro socavaba el corazón mismo del evangelio.
Lo tercero que notó Pablo era que se necesitaba una acción inmediata y fuerte, si se quería evitar una crisis. Como resultado, públicamente confrontó a Pedro cara a cara (Gál. 2:11). Esa confrontación pavimenta el camino hacia la transición de Pablo a los temas de la justificación por la fe y al morir con Cristo, que dominará el corazón de la epístola.

‘Stott, The Message of Galatians, p. 40.
2 J. B. Lightfoot, The Epistle of St. Paul to the Galatians (Grand Rapids, MI: Zondervan, s. f.,), p. 104.
3 Stott, The Message of Galatians, p. 43.
4 Richard Longenecker, Galatians (Dallas, TX: Word, 1990), p. 62.
5 Stott, The Message of Galatians, p. 44.
6 Archibald M. Hunter, The Letter of Paul to the Galatians, The Letter of Paul to the Ephesians, The Letter of Paul to the Philippians, The Letter of Paul to the Colossians (Richmond VA: John Knox, 1959), p. 23.

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